sábado, 22 de agosto de 2009

Economía sin deliberación es totalitarismo

Una de las características que ayudan a describir mejor el funcionamiento de los regímenes totalitarios es la de su intento permanente por desviar la atención hacia cuestiones de menor trascendencia, consiguiendo así dejar al margen de la vista y de la crítica aquellos otros temas que tienen una importancia suprema. En este sentido, cualquier recurso es válido si consigue sus objetivos, y sabemos gracias al paso de la historia que muchas han sido y son las posibles formas de lograrlo. Desde el pan y el circo hasta la censura más extrema vivida en sanguinarias dictaduras.

Hoy en día, en nuestras sociedades democráticas actuales, se percibe también el uso de dicha estrategia, que aunque de una forma mucho más sutil y perfeccionada logra igualmente que los asuntos cruciales queden al margen de las voluntades de las personas. Este es el método que utiliza el liberalismo realmente existente, aquel que se practica en la realidad social y que poco tiene que ver con el que venden los manuales de economía.

Los liberales han conseguido con su discurso, y con la notable ayuda de los grandes medios de comunicación, separar del debate público aquello que para ellos no debe ser discutido socialmente. Así, cuestiones como la distribución de la riqueza han pasado a un segundo plano y se les ha otorgado un estatus ideológico. Se puede opinar, dicen, pero quienes se pronuncian sobre estos temas se están dejando influir por sus preferencias ideológicas. En cambio, asuntos como la estabilidad de precios y todas aquellas cuestiones relacionadas con la política monetaria son presentadas bajo la forma de problemas técnicos. En este caso, dicen los liberales, hablamos de soluciones técnicas despolitizadas y desideologizadas ante problemas comunes que nos afectan a todos por igual.

Sin embargo, detrás de este planteamiento se esconde la realidad de los intereses y las verdaderas preferencias ideológicas. Efectivamente, la distribución de la renta es un problema económico cuya solución está determinada por las preferencias ideológicas de quienes las propongan. La diferencia de ingresos entre el 20% más rico y el 20% más pobre era de 30 a 1 en 1960, de 60 a 1 en 1990 y de 80 a 1 en nuestros días, y las medidas a tomar para revertir esta tendencia o agudizarla dependerán de en qué lugar en esta escala se encuentre el propulsor de las mismas.

Lo mismo ocurre con las cuestiones monetarias. La decisión de mantener la estabilidad de los precios afectará más gravemente a aquellos que dispongan de más dinero y, en particular, a aquellos que más préstamos hayan realizado. Los prestamistas pierden capacidad adquisitiva cada vez que el dinero que han prestado pierde valor, pues más fácil les resulta a los prestatarios devolverlos en el plazo acordado. De la misma forma, una subida en los tipos de interés de referencia (o una sola insinuación en este sentido por parte de la autoridad) será desigual para las familias endeudadas y para los bancos, ya que mientras los primeros verán aumentada la carga de la deuda, los segundos se beneficiarán de ese mismo incremento.

La decisión de otorgar una credencial técnica y superior a las cuestiones monetarias es, efectivamente, una decisión política que esconde intereses económicos subyacentes. Y por supuesto también tiene consecuencias. La más grave para la democracia es el silencio al que se somete desde las esferas de poder, especialmente desde los medios de comunicación, a quienes acusamos a esta forma de entender la economía como tramposa, hipócrita y falaz.

No en vano, ya hemos visto su verdadera naturaleza con las multimillonarias inyecciones de dinero que han realizado los bancos centrales, y que a riesgo de generar altos niveles de inflación han tenido como objetivo salvar a los bancos de la quiebra que ellos mismos habían provocado. Así, los liberales han demostrado en este caso que las restricciones técnicas que eran teóricamente válidas para asuntos como la pobreza, el hambre o la desigualdad no han sido tales cuando de salvar el dinero de los ricos se ha tratado. Los liberales han revelado así una vez más su hipocresía y su engaño al resto de la sociedad.

La propia independencia del banco central es también una falacia en sí misma. ¿Por qué el banco central europeo no da prioridad al empleo y sí lo hace con la estabilidad de precios? ¿No es acaso esa una decisión política con importantes consecuencias sociales? Las medidas de respuesta a las crisis han revelado aquí también a quién beneficia este modo de actuar del banco central, y ponen en entredicho la función social del mismo. Su autonomía está legitimada por un discurso absolutamente falso e ideológico, y su democratización es parte ineludible de cualquier programa progresista.

En definitiva, nos encontramos en pleno siglo XXI con temas y asuntos económicos sobre los cuales se aplica una sutil censura, mientras que de otros temas ni siquiera es posible opinar. Los temas fundamentales, aquellos que sirven para configurar la economía y la forma en la que producimos, intercambiamos y consumimos, quedan entonces al antojo de unas pocas personas que tienen poder y dinero y que deciden en función de sus propios intereses. Se revela así el verdadero espíritu del liberalismo realmente existente: el espíritu del totalitarismo.

Juan Torres López y Alberto Garzón EspinosaAltereconomía

jueves, 30 de julio de 2009

Impacto del clasismo y machismo

España no es un país pobre. En realidad, nuestro nivel de riqueza económica está muy próximo al promedio de los países de la Unión Europea de los Quince (UE-15), el grupo de países más ricos de la Unión Europea. El PIB per cápita de España es ya el 93% del promedio de la UE-15. El Estado del bienestar español (las transferencias públicas –tales como las pensiones y ayudas a las personas vulnerables a la pobreza– y los servicios públicos –tales como sanidad, educación, servicios de ayuda a las familias, servicios sociales, vivienda social, prevención de la exclusión social, integración de los inmigrantes, entre otros–); sin embargo, está poco financiado y poco desarrollado. El gasto público social (es decir, el gasto que se invierte en el Estado del bienestar) por habitante no es el 93% del promedio de la UE-15, sino sólo el 71%.

Si fuera 93%, el nivel que nos correspondería por el desarrollo económico que tenemos, nos tendríamos que gastar 70.000 millones de euros más de los que nos gastamos ahora en las transferencias y servicios públicos del Estado del bienestar. Esta cantidad significa una enorme subfinanciacion en la España Social que padecen predominantemente las CCAA (responsables de la gestión de los servicios del Estado del bienestar) y los ayuntamientos (las cenicientas de la democracia española que también comparten responsabilidades de gestión con las CCAA en los servicios sociales).

Este enorme déficit social se debe a la distribución de poder que existe en nuestro país, donde unas clases sociales tienen más poder que otras y un género –el masculino– tiene más poder que otro –el femenino–. En España, el 30-35% de la población de mayor renta (que incluye la burguesía, la pequeña burguesía y las clases medias profesionales de renta alta) tiene un enorme poder económico, político y mediático. Tal poder se expresa de muchas maneras, pero una de ellas es que su aportación al erario público es más baja que en la mayoría de países de la UE-15. Según las cifras facilitadas por los técnicos del Ministerio de Hacienda, un empresario en España declara menos ingresos que un trabajador, hecho, por cierto, que no ocurre en ningún otro país de la UE-15. Esta menor aportación de este grupo social a los fondos del Estado explica, en gran parte, que los ingresos (debidos a impuestos) al Estado (y por lo tanto los fondos públicos) sean menores que en la mayoría de países de la UE-15 (España, 38% del PIB; UE-15, 43% del PIB). De ahí la deficiencia de gasto público, incluyendo gasto público social, de España, el más bajo de la UE-15. Este 30-35% de la población de renta superior no queda afectado directamente por las insuficiencias del Estado del bienestar y utiliza predominantemente los servicios privados. Envían a sus hijos a las escuelas privadas (sean o no concertadas) y, cuando caen enfermos, van a la sanidad privada o, en el caso de las élites políticas, a la sanidad pública, donde reciben un trato preferencial.

Pero la parte del Estado del bienestar que está menos desarrollada es la referida a las transferencias y servicios de ayuda a las familias, y ello a pesar de la retórica oficial que pone a las familias en el centro de su discurso. España es uno de los países en los que el Estado tiene a sus familias más abandonadas. Y en España, cuando decimos familias, queremos decir mujer. Sólo un 6% de infantes está en escuelas de infancia públicas (llamadas guarderías en España) y sólo un 18% de las personas con dependencia recibe servicios domiciliarios. Tales porcentajes están por debajo de la mayoría de países de la UE-15.
El subdesarrollo de tales servicios de ayuda a la familia tiene enormes costes. Uno, humano, es que la mujer española cubre las enormes insuficiencias del Estado del bienestar: cuida a los niños, a los jóvenes que viven en casa hasta los 32 años, a los compañeros y compañeras, y a los ancianos. Y un 52% también trabaja en el mercado laboral. Es una carga enorme que explica que la mujer española de 35 a 55 años tiene tres veces más enfermedades debidas al estrés que el hombre del mismo grupo etario.

Otra consecuencia es la baja fecundidad, la más baja de la UE-15. La mujer joven tiene difícil encontrar vivienda (para lo cual requiere un contrato fijo) y no tiene los servicios de ayuda a las familias –centros de infancia y servicios domiciliarios de atención a la dependencia– que le permitan compaginar sus responsabilidades familiares con su proyecto personal profesional. De ahí que retrase formar una familia y, cuando tiene hijos, tiene menos de los que desea (que son dos hijos). Existe la dificultad añadida de que el varón no se corresponsabiliza en las tareas familiares en la manera en que lo hace el promedio de la UE-15. Gasta siete horas semanales en labores familiares, comparando con 15 en la UE-15 y 22 en Suecia.


Y la tercera consecuencia del subdesarrollo de tales servicios de ayuda a las familias es la subutilización de una enorme cantera de trabajadoras. Si España tuviera el nivel de participación laboral de la mujer que tiene Suecia, habría tres millones más de trabajadoras creando riqueza, pagando impuestos y cotizando a la Seguridad Social.

Hay una relación clara entre porcentaje de población adulta que trabaja y el nivel de riqueza del país. España tiene un porcentaje muy similar de participación del varón en el mercado de trabajo al existente en la UE-15. El déficit de participación laboral se da entre las mujeres. De ahí la gran importancia de tales servicios de ayuda a las familias para mejorar la situación económica del país, realidad de difícil aceptación por los equipos económicos de los sucesivos gobiernos españoles, que continúan pensando en infraestructura física (telecomunicaciones y transporte) y educación como inversión, pero no en los servicios del Estado del bienestar, que son incluso más importantes para mejorar el nivel de riqueza del país y su bienestar social.

Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra, y director del Observatorio Social de España

Fuente: Público

martes, 28 de julio de 2009

Distribución de la renta y estabilidad macroeconómica

La economía es una lucha constante para apropiarse de rentas pero ese aspecto esencial de la vida económica se suele ocultar. La teoría económica clásica que sirve de base teórica a las políticas liberales afirma que los aspectos distributivos no son un asunto que concierna a la Economía. Y en el discurso de los políticos de esta ideología (en incluso a veces en el de quienes afirman ser más progresistas) se suele afirmar que “primero hay que crecer para luego poder distribuir”. Una idea que es completamente engañosa porque lo cierto es que al mismo tiempo que se lleva a cabo cualquier tipo de actividad productiva se están repartiendo ya, en ese mismo instante, las rentas que se generan originariamente (y a las que ya después se podrán añadir las que resulten de la redistribución que haga el estado).

Así, cuando los empresarios reclaman contención salarial para crear empleo o para invertir más, lo que verdaderamente están pidiendo es que aumente su beneficio, sus rentas del capital. Cuando los trabajadores reivindican más prestaciones sociales lo que quieren es recibir más rentas salariales (en forma de salarios indirectos en este caso). Cuando la patronal o los bancos defienden la privatización de las pensiones o que se reduzcan los impuestos, buscan aumentar la parte que reciben de la renta global y cuando los trabajadores quieren leyes más protectoras lo que están buscando es que haya condiciones que les permitan obtener más fácilmente salarios más elevados, una parte más grande de la tarta.

Precisamente por eso, no es posible establecer que una determinada solución distributiva, un reparto determinado de la renta, es mejor que otro o más conveniente o apropiado, como casi siempre nos quieren hacer creer. En cuestiones de distribución no se pueda establecer un criterio objetivo e indiscutible sobre cuál es el reparto más favorable para la economía porque cada uno de los partícipes en el reparto tendrá una idea sobre su bondad. Una idea que dependerá, lógicamente, de la parte que le corresponda o de sus preferencias éticas, del criterio que cada uno tenga sobre lo que es justo o injusto.

Y como la distribución es inseparable de la producción, resulta entonces que ésta, el modo en que se lleva a cabo, tampoco es independiente de nuestra preferencia, de la opción ética que realicemos sobre un resultado distributivo u otro.

Cuando los economistas liberales afirman que la economía no tiene que ver con la distribución, con la ética, lo que buscan en realidad es que no se ponga en cuestión el orden económico establecido por quienes tienen poder para ello y que, lógicamente, suelen ser quienes más se benefician del estado de cosas existente, de la solución de reparto dominante.

Por el contrario, cuando se reconoce que la economía es también, y sobre todo, distribución de la renta lo que se deduce es que el modo de llevar a cabo la actividad económica no es algo neutro o determinado técnicamente, sino que es dependiente de las preferencias éticas dominantes en cada momento, de las preferencias de quienes tengan poder suficiente para imponerlas, más o menos democráticamente al conjunto de la sociedad.

Por eso, la política económica que no responde a una deliberación social previa o que no lleva consigo una discusión explícita sobre sus efectos sobre la distribución de la renta y la riqueza es una deleznable expresión más del totalitarismo.

Pero no solo eso.

La distribución de la renta es una cuestión que tiene que ver con la ética, como acabo de señalar, pero es también algo que influye muy directamente sobre la marcha global de la vida económica, sobre el grado de eficiencia que puede conseguirse y sobre la estabilidad e inestabilidad con que pueden llevarse a cabo los procesos económicos.

Como han demostrado sin ningún tipo de dudas muchos economistas, la distribución de la renta es una determinante esencial de la evolución de variables económicas como el consumo, el ahorro, incluso la inversión y, en consecuencia, también del equilibrio o desequilibrio económico que entre todas ellas puede llegar a darse, así como en la dinámica del crecimiento económico. Además, por supuesto, de determinar el bienestar efectivo de cada sujeto económico que, al fin y al cabo, debería ser el fin último de la actividad y la política económicas.

No es de ninguna manera casual, por ejemplo, que en el último periodo en que se ha producido un deterioro extraordinario del peso de los salarios en el conjunto de las rentas las crisis financieras y monetarias se hayan multiplicado las crisis (96 bancarias y 176 monetarias según el Banco Mundial entre 1973 y 2000); que la mayor recesión desde 1929 se haya producido en Estados Unidos cuando la distancia entre los niveles más altos y más bajos de rentas alcanzaba el nivel máximo desde entonces; o que la mayor destrucción de empleo durante la crisis se produzca España que es el único país de la OCDE en donde el poder adquisitivo de los salarios bajó -un 4%- entre 1995 y 2005.

Más beneficio y rentas del capital han implicado más ahorro y menos salarios y, por tanto, menos capacidad de gasto, menos demanda y menos capacidad potencial de crecimiento. Es decir, más peligro de crisis y recesión económica

En consecuencia, revertir el proceso de incremento de las desigualdades que se viene produciendo desde hace treinta años y lograr un reparto más justo de la renta no es solo una (deseable) aspiración moral. Es también el pre-requisito de la estabilidad macroeconómica futura, la garantía de que la economía no entre en una deriva irreversible hacia la crisis global y permanente y, por supuesto, la única manera de reactivar los mercados y de crear condiciones adecuadas para la creación de empleo e. incluso, de beneficios empresariales que no procedan simplemente de la especulación financiera.

Evidentemente, no se trata tan solo de frenar la financiarización de nuestras economías para regenerar la actividad productiva. Es un paso previo, pero también hay que tener en cuenta que ésta misma es fuente de profundas, injustas e ineficiente desigualdades que, al fin y al cabo, son las que provocan deterioro de la economía real. Se debe tratar de modificar el modo de crear actividad económica para que ésta se lleve a cabo de un modo sostenible, más justo e incluso más eficaz desde el punto de vista de la economía de los recursos que utilizamos para crear bienes y servicios. Es decir, con un reparto más eficiente y equitativo de las rentas.

Y de esto es de lo que en estos momentos habría que hablar para salir de la crisis. No hacer explícita la cuestión del reparto de las rentas no solamente es dar por hecho que se acepta un estado de cosas que ha provocado, por ejemplo, que de 2002 a 2005 solo el 10% más rico de los hogares españoles aumentara sus rentas medias. Es asumir que la salida de la crisis será en falso y que volveremos a repetir los desastres que estamos viviendo.

Los trabajadores, con sus organizaciones sindicales a la cabeza, deberían luchar para que cualquier medida o cualquier acuerdo que se tome en esta coyuntura se inserte en un pacto de rentas que haga posible instaurar otra pauta distributiva. Esa y no otra es la base para cambiar de verdad de modelo productivo y la única posibilidad de abandonar el injusto e ineficiente que hasta ahora ha tenido la economía española.

Juan Torres – Consejo Científico de ATTAC España

Artículo publicado en Tribuna de los Servicios a la Ciudadanía.

Dimensión ética de la crisis económica actual

Los fatales instintos humanos de la avaricia y la soberbia sólo se pueden dominar mediante algunas normas éticas elementales. La rápida propagación de la crisis financiera desde unos pocos países desarrollados hasta absorber la economía mundial es una prueba tangible de que es necesario reformar en profundidad el sistema financiero y comercial internacional para que refleje las necesidades y las nuevas condiciones del siglo XXI. Es importante reconocer que esta crisis no es sólo económica sino también social y ética.

La crisis ha puesto de relieve las deficiencias de las políticas de algunas autoridades nacionales e instituciones internacionales que se basaban en doctrinas económicas, según las cuales los mercados libres corregían rápidamente sus fallos y eran eficientes. Estas hipótesis erróneas formaron también las bases de la globalización; también ha permitido, que los efectos de un sistema económico se propaguen rápidamente por todo el mundo dando lugar a recesiones y a una mayor pobreza.

La búsqueda de una estrategia común, que nos permita amortiguar la crisis financiera y económica internacional, que nos golpea con más fuerza a los países del tercer mundo; pasa por una ética global. El empobrecimiento de estas naciones subdesarrolladas ha permitido el derroche ajeno, hoy por fin pareciera detenerse al patinar la locomotora norteamericana. Este escalofriante frenazo descalabró la economía en el mundo.

La ONU se encuentra en posición de definir un marco ético para la reconstrucción de la economía global; sin embargo, no hay duda de que ha reconocido la “dimensión ética de la crisis económica actual”.

En la otra cara de la crisis está el contrastante Tercer Mundo, donde sobreviven milagrosamente en la pobreza unas tres cuartas partes de la población mundial agobiada por el peso de la corrupción política, sin recibir renta ni beneficio de sus propios recursos naturales. Esta cara de la crisis asoma muy poco en los titulares del mundo. Estos países ni siquiera pueden darse el lujo de entrar en crisis porque simplemente nunca han salido de ella.

El 2% de la población mundial concentra en las opulentas elites económicas del primer mundo el 80% de las riquezas de la tierra. En estas potencias habita también una minoría de la humanidad, con envidiables estándares sociales de vida en un estado paranoico de consumo, que devora los recursos del planeta a un ritmo implacable.

Los países ricos, cuya abundancia es proporcional a la pobreza mundial, han multiplicado desde 1950 por tres y en algunos rubros hasta por seis el consumo global de madera, carne, acero, textiles, cuero y energía. Despilfarrando los fabulosos recursos naturales de las naciones empobrecidas en Asia, África y América Latina.

El cataclismo financiero también está ligado a la crisis ambiental. El mundo se acaba pero no por el Apocalipsis bíblico, sino por el consumo despiadado de las naciones industrializadas donde se generan además la mayoría de los gases tóxicos y desechos radioactivos que alteran el clima dañando el ambiente y la vida en general. Y son adicionalmente responsables de arruinar el único protector solar efectivo y gratuito que tenemos: la capa de ozono.

El desastre de la economía mundial tiene una paradoja que retrata el mundo en que vivimos, los ricos y poderosos causantes de la calamidad tienen pase VIP (Very Important Person, por sus siglas en inglés), para salvarse primero, además con el dinero ajeno continúan derrochando en lujos y extravagancias. Al mismo tiempo, las elites de los países pobres, con contadas excepciones, se caracterizan por emplear los mismos métodos de acumulación de la riqueza.

Por un lado, se estima que alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, de reducir a la mitad la pobreza para 2015, se lograría si se dedicara el 25% de los gastos militares de Alemania, Estados Unidos de América, Francia, Inglaterra y Japón. El 84% de las exportaciones de armamentos de los países desarrollados al mundo, incluyendo a los países más pobres, se origina en los países del G-8: Alemania, Canadá, Francia, Inglaterra, Italia, Japón, Rusia y USA.

Al mismo tiempo, las desigualdades económicas y sociales siguen siendo las principales causas que provocan, en el mundo entero, la pobreza, el hambre, los conflictos, la violencia, las migraciones y la agresividad contra el medio ambiente. Esto muestra que la reflexión sobre los valores éticos comunes, es más urgente que nunca.

Sin embargo, ¿cómo explicar, a la luz de los principios éticos y humanitarios más elementales, los datos de la ONU y de la FAO: de las seis mil quinientos millones de personas que habitan hoy el planeta, casi cuatro mil millones viven por debajo de la línea de pobreza, de los cuales mil trescientos millones por debajo de la línea de la miseria, y 950 millones sufren desnutrición crónica?

Si queremos sacar algún provecho de la actual crisis financiera, debemos pensar no sólo cómo salvar empresas, bancos y países insolventes, sino en cómo cambiar el rumbo de la historia, yendo a la raíz de los problemas y avanzando lo más rápidamente posible en la construcción de una sociedad basada en la satisfacción de las necesidades humanas; de respeto a los derechos de la naturaleza y de participación de todos los estamentos de la sociedad en un contexto de libertades políticas.

El desafío consiste en construir un nuevo modelo económico y social que ponga las finanzas al servicio de un nuevo sistema democrático, fundado en la satisfacción de todos los derechos humanos.

Una manera de hacerlo es transformar la ONU, reformada y democratizada, en un foro idóneo para articular las respuestas y soluciones a la crisis actual. No encontraremos salida si no nos damos cuenta de que nuevos valores deben ser rigurosamente asumidos, como volver moralmente inaceptable la pobreza absoluta, en especial el hambre y desnutrición y que todos los gobiernos de los países miembros, sin distinción alguna, deben asumir estas responsabilidades y dar el ejemplo, cada uno dentro de sus posibilidades.

La experiencia histórica demuestra que el hacer efectivas esas metas, exige transformaciones estructurales profundas en el modelo de sociedad que predomina hoy; de modo que se puedan reducir significativamente las profundas asimetrías entre naciones y las desigualdades entre personas.

Gustavo Adolfo Vargas, Jurista, Politólogo y Diplomático.
Fuente: Attac Informativo (Grano de Arena)

lunes, 27 de julio de 2009

Élites: Especulación y Reforma

Para quienes describen el neoliberalismo como una etapa de “capitalismo salvaje” responsable de la crisis actual, vale recordar que la historia muestra algo diferente. En los últimos 500 años del sistema dominante, que en occidente conocemos como “capitalismo,” las élites, con el respaldo de sus estados, han impuesto un nivel de usurpación de recursos y de explotación de seres humanos -incluyendo negociar con ellos y sus hijos como esclavos- que les ha servido para acumular crecientes riquezas y poder. El nivel de especulación ha ido creciendo, pero el fenomeno especulativo mismo ha existido desde un principio.

El fenómeno de las burbujas especulativas tampoco es nuevo, muy por el contrario, es esencia y padrón del sistema dominante. Las burbujas especulativas no se han limitado tampoco a valores financieros, han incluido productos, infraestructura y recursos naturales, todos valores vulnerables de sobreprecio y especulación. La mitificación del proceso ha sido tal que hasta el lugar físico donde estos valores se negocían, las Bolsas de Valores, han logrado tal nivel de solemnidad que ni que fuesen templos. Estos lugares sagrados, especialmente “distinguidos,” se los ubica casualmente por el nombre de las calles donde están asentados. Hablamos casualmente de Wall Street ( New York ), Bay Street ( Toronto ), Borsenplatz ( Frankfurt ) y otros.

Pero a pesar del aire dignificado con que se les quiere investir, los templos del agio tienen una historia para nada glamorosa y menos sagrada. Edwin Hunt y James Murray, en su libro sobre la historia de los negocios (History of Business in Medieval Europe, 1200-1550) detallan el desarrollo y fundación de la primera Bolsa. Oude Bourse fue fundada en Antwerp, en las Provincias Unidas, lo que hoy es Bélgica, en 1533, y vino a reemplazar a las ferias temporales que antes existían a través de toda Europa -pero principalmente en Londres, Paris, Champagne, Lyon, Frankfurt, Brujas, Medina del Campo. Ya en el siglo 14 se transaban acciones mineras en Leipzig. En estas “ferias de valores” se mezclaba el juego y el festín con la compra de valores. Funcionaban como especies de casinos donde el carnaval creaba el espacio para la especulación. Al tiempo que se alimentaba la ambición se alimentaba la desgracia, pues muchos lo perdían todo. La mentalidad de casino fue nutrida en las Bolsas desde su origen; por ellos, no puede estrañarnos que las prestigiosas “blue chips” de hoy se hayan originado en las famosas fichas azules del casino de Montecarlo.

El vínculo del juego con la especulación fue muy temprano. Cicerón mismo advirtió a los romanos sobre los peligros que él adivinaba ya en la compra de acciones en el Publicani Romano. Para Milton Friedman, sin embargo, la especulación no presentaba problemas y las defendía abiertamente, cuestionando a quienes levantaban criticas al juego especulativo de las Bolsas. Friedman acusaba a los críticos de “tener prejuicio natural en contra del juego”-sin ver el otro lado de su argumento: que el mismo tenía prejuicio a favor del juego.

La cultura del mundo especulativo tiene sus raíces, y ha encontrado liderazgo, entre holandeses, británicos y norteamericanos. Pero también ha tenido adeptos entre flandeses, judíos, franceses hugonotes o calvinistas, y entre ellos habían muchos financistas, banqueros y comerciantes. Juntos formaban una clase empresarial y adinerada que se dedicó y que enfatizó las inversiones, las patentes y las leyes de propiedad, tanto como los avances en la ciencia, la industria, el comercio y las finanzas. Eran ricos, promulgaban patentes y leyes y determinaban estándares, y se habían hecho ricos en la especulación (Wealth and Democracy, Kevin Phillips).

Holanda, Gran Bretaña, Estados Unidos

Las tres naciones, Holanda (Provincias Unidas), Gran Bretaña y Estados Unidos, han producido, desde sus clases dominantes, más de dos docenas de quiebres, cracs, o tiempos de pánico entre 1720 y 1975. Incluso antes de este período, en 1630 en Holanda, se produce el auge de los tulipanes, o “tulipomania”, que hizo participar a toda la clase media de la época plantando tulipanes en lugares inusitados -pues el precio de los tulipanes llegó a las nubes y se pensaba que seguiría subiendo sin cesar, aunque nadie sabía por qué se plantaban estas flores. Naturalmente el precio de los tulipanes se desmoronó, fue una especulación en medio de otra especulación, que era la de viviendas caras y las de los bonos de valor. Eventualmente los años dorados de Holanda llegaron a su fin, para mitad del siglo 18 Holanda aunque aún tenía una fachada de riqueza, detrás experimentaba declinación industrial, empobrecimiento de la agricultura, alto consumo de drogas (alcohol) y multitudes de mendigos y de ladrones, lo que provocó la Revoluciónes de 1760 y la de 1781. La Revolución de 1781 la llevó a eventualmente seguir el modelo francés más distributivo.

Charles Kindleberger, economista, identifica que la mayoría de las crisis en Gran Bretaña estuvieron conectadas a la tecnología. Por ejemplo, hay una secuencia de aumento de construcción, por ejemplo caminos y canales en 1772, con venta de acciones y luego con un colapso -que se repite con construcción de canales en 1793 y 1797 y venta de acciones que también colapsan. La especulación más grandes fue la de las textiles y las de las líneas ferroviarias, que aumentan, se venden las acciones, y luego colapsan. Se construyeron tantas líneas ferroviarias que muchas no fueron jamás usadas. El proceso de comprar acciones del ferrocarril fue tan popular en Inglaterra que aparecieron Bolsas de Valores en Bristol, Liverpool, Manchester, Glasgow, Edinburgo y la especulación llegó a tal que de 27 millones de británicos, 3 millones habían adquirido acciones del ferrocarril, aunque sólo ganaron con ellas el uno por ciento de los accionistas involucrados.

A finales del siglo 19 los ricos en Gran Bretaña habían acumulado grandes fortunas en conexión con estas burbujas y sus negocios de ultramar. La decadencia del nivel de vida de la clase trabajadora, sin embargo, era tal que a principios del siglo 20 la impulsó a que se organizara, movilizara y confrontara a la clase dominante, incluyendo la lucha feminista por el derecho político de la mujer, juntos planteaban la necesidad de una sociedad socialista. Las luchas en Gran Bretaña iban en aumento hasta que las interrumple la Primera Guerra Mundial. Los liberales británicos del siglo 19 ya no engañaban a los trabajadores de su país, que forman su propio partido, el Partido Laborista, que para 1920 era una poderosa fuerza política. Ramsey McDonald, fue el primer Primer Ministro Laborista, y fue elegido en 1924, quien identificó a la plutocracia británica como un obstáculo para el país. Su gobierno implanta un estado de bienestar social, con mayor impuesto a la renta , contratos colectivos y mayor redistribución. La élite comenzó a perder dominio sobre la riqueza: para 1911 el 1% más rico tenía el 69% de la riqueza, pero para 1930 tenía el 55% y para 1955 tenía el 42%, esto fue debido a las reformas del estado de bienestar social.

Una diferencia fundamental entre Estados Unidos y los países europeos es que en este último la aristocracia no existe. Es la clase política la esencial en asegurar el enriquecimiento. Para 1819 los Estados Unidos vivían de la especulación de la tierra, fomentado por el gobierno federal. Antes que esto las primeras fortunas se habían acumulado en New England en manos, mayoritariamente, de piratas con carta concesion del gobierno llamados “privateers.” Para 1830 ya el President Jackson atacó a los bancos y los privilegios de los ricos. A partir de la guerra civil, el gobierno federal es el comprador número uno de productos, pagados con bonos, y con ello florece también la corrupción -el estado es comprador pero no regulador, o “laissez fair”. La élite se asegura que la intervención del gobierno, en sus asuntos, es limitada. Entre 1860 y 1890 Estados Unidos se convierte en potencia industrial y comercial, la “GILDED AGE” que menciona Mark Twain, años de gran acumulación a la vez que de collapsos económicos. Por ejemplo, en 1857 hay un colapso de ventas de acciones del ferrocarril, en 1873 y en 1890 hay dos colapsos grandes también y con ello una decadencia. Para 1886 hay descontento popular, por ejemplo la huelga y matanza en Chicago en Haymarket por la que recordamos mundialmente el Primero de Mayo. Como respuesta al descontento popular surge el populismo-progresismo que toma el poder en 1903 con Teodore Roosevelt, quien reglamenta la inversión, reforma los impuestos de herencia y más regulaciones. Eran tiempos en que el partido socialista en los Estados Unidos iba en aumento, tenía un millón de votos y varios cargos en gobiernos estatales y locales. Roosevelt es un freno efectivo a la radicalización del pueblo americano.

Pero para 1920 Estados Unidos estaba de nuevo inmerso en la especulación bursatil y la ideología dominante también había girado en favor del juego. Con la ley seca muchos se enriquecen con la venta ilegal de alcohol, entre ellos Joseph P. Kennedy, padre de John Fitzgerald y Robert Kennedy. La burbuja que comienza en 1925 y llega hasta 1929 se basa fundamentalmente en tecnología: automóbiles, radios, lavadoras, otros accesorios del hogar y máquinas agrícolas. Posterior a la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos es el primer acreedor del mundo, tenía excedentes de dinero, y era el mayor poder industrial del mundo también. La inevitable caída llegó en 1929, con la depresión más grande hasta ese entonces. El segundo Roosevelt impone las reformas necesarias para salir de este crac: el “New Deal”, las nuevas bases de un estado de bienestar social moderno. Este estado incluye impuestos a las rentas, educación pública, asistencia social, redistribución por parte del estado, sindicalización, papel del estado como impulsor de la economía y como regulador. En 1933 se promulga la Glass-Steagal Act, regulación que fue derogada por propuesta del Senado, que firmó como ley Bill Clinton en 1999.

El estado de bienestar que creó Franklin Roosevelt llegó a su máximo en los años 60 y declinó definitivamente a partir de los años 80. Vuelve a emerger la creciente acumulación de la élite durante las presidencias de Ronald Reagan, George Bush padre, Bill Clinton y George Bush hijo. En la década de 1990 emerge la burbuja de las telecomunicaciones y de la computación (punto com) que revienta en el año 2000. Se esperaba una reforma pero no llegó. Lo que emerge es Septiembre 11, 2001 y un mayor control político por parte de la élite, y la emergencia de una nueva burbuja, la de las inmobiliarias, y una economía de guerra mucho más intensa, con la marcada ascendencia de los “neo-con” y la invasión a Iraq. La burbuja de la inmobiliaria llega a límites no imaginados antes con las subprimes. Los instrumentos financieros incluyen “contratos sobre futuro” altamente especulativos y las famosas “derivatives.”

¿Fin del Proceso?

El 2009 estamos en el año 2 de una depresión mundial que aún no toca fondo. Las injecciones de dinero a la Banca son en primer lugar inefectivas, y en segundo lugar irresponsables -los dineros se entregan sin responsabilidad alguna, sin que se exija nada, sin que se espere nada a cambio. El mismo equipo económico responsable de estos colapsos continúa en control del poder y es quien decide que ha de hacerse. aunque la reforma ha sido siempre la respuesta del proceso, es crecientemente evidente que ni las instituciones de los Estados Unidos ni su clase política, incluyendo al presidente Barack Obama, son capaces, o tienen la motivacion, de reformar el sistema.

Mario R. Fernández. Rebelión

domingo, 26 de julio de 2009

Coge el 'bonus' y corre

Si me vuelvo a encarnar, ya sé lo que quiero ser en la siguiente vida: banquero. Y si es posible, banquero de un banco grande.


Permítanme esta boutade para llamar la atención sobre un hecho que tiene cada vez más probabilidades de convertirse en una inquietante realidad. Se trata de la posibilidad de que, al final, la mayor parte de los que nos han metido en esta crisis se salgan de rositas. Y, lo que es peor, que salgamos de ella sin haber solucionado una de las causas que más han contribuido a generarla: el mecanismo de retribución mediante bonus a los altos directivos de las instituciones financieras. Sería la forma más segura de garantizar la próxima crisis.


No es demagogia. Es evidente que los banqueros no tienen ningún sentimiento de culpa. Ni de mala conciencia por el hecho de estar utilizando masivamente recursos públicos procedentes de los impuestos de los ciudadanos. De ahí que quieran volver a las andadas. Vean si no el anuncio de Goldman Sachs, una de las grandes empresas financieras de Wall Street que ha recibido ayudas públicas. Ha anunciado que tienen intención de volver a repartir enormes bonus entre la alta dirección de la empresa. Es decir, la conducta que ha sido uno de los factores que más ha contribuido a lo que estamos sufriendo.


La rabia que ha producido ese anuncio ha obligado al presidente Barak Obama a denunciar la falta de "remordimiento" de los banqueros por los "riesgos excesivos" y la "irresponsabilidad" con que actúan. Aunque, de momento, no ha pasado de la denuncia.


En ninguna otra profesión sucede lo que en estas instituciones que forman el núcleo del nuevo capitalismo que se desarrolló en el último cuarto de siglo al calor de la desregulación financiera. Una enfermera o un médico que con su inexperiencia o negligencia provocan daños a un paciente son apartados de su puesto de trabajo, pierden su reputación profesional y han de responder civil y penalmente por las consecuencias de su conducta. Igual sucede con cualquier otro profesional. Excepto con los banqueros. Cuanto más gorda la arman, más probabilidad tienen de que las autoridades vengan en su auxilio. Ya saben, a un banco no se le puede dejar caer por sus "consecuencias sistémicas". Es el paraíso de la irresponsabilidad profesional.


Vean el caso español. Con los avales públicos y con la creación del Fondo de Reestructuración Ordenada de la Banca (FROB) (¡vaya nombre!), nuestras autoridades han dejado claro que no permitirán que caiga ninguna institución bancaria. Y se sobreentiende que cuanto más grande sea el banco o caja, más se le ayudará. No se habla de que esas ayudas públicas vayan a tener algún tipo de consecuencias para los malos gestores. Al parecer, sólo será así en el caso de que la institución tenga que ser intervenida por la autoridad monetaria. Pero ni aun en esos casos tendrán que responder por su mala gestión, ni mucho menos devolver los bonus cobrados anteriormente por una buena gestión que se ha demostrado no ser tal. Y hasta cobrarán por salir. El mundo al revés.


¿Quiere decir esto que se debería dejar caer a los bancos y cajas que hayan sido mal gestionados? No. Estoy de acuerdo en que los bancos son una especie de "bien público" que a todos interesa que no caigan y que hay que rescatarlos, aun al coste de utilizar ingentes recursos públicos.


Pero una cosa son los bancos, y otra, los banqueros. La de banquero no puede seguir siendo la única actividad sin riesgo profesional, y placentera a la vista de las elevadas recompensas presentes y futuras (pensiones) que produce.


Algunos piensan que las conductas fraudulentas e imprudentes son casos concretos. Y que casos como el de Madoff ya están pagando por ello. Y que muerto el perro, desaparecida la rabia.


Es verdad, hay banqueros honorables y buenos gestores. Pero hay que reconocer que detrás de las conductas propensas al riesgo y al fraude financiero hay un mecanismo corporativo que actúa como célula cancerosa. Se trata de la forma como se retribuye a la alta dirección, mediante incentivos basados en bonus por los beneficios a corto plazo, aunque sean vendiendo productos fraudulentos. Mientras no se extirpe ese mecanismo, seguirán produciendo metástasis en forma de crisis.


¿Cómo extirpar ese cáncer empresarial? Algunos defienden una mayor autorregulación de las propias empresas. Pero eso es lo que ha fallado estrepitosamente en esta crisis. Es algo sobre lo que comienzan a reflexionar algunos economistas. Hasta ahora, la teoría de la empresa suponía que las grandes corporaciones tipo Enron, Arthur Andersen, Lehman Brothers tenían un capital reputacional que impedía las conductas fraudulentas o de excesivo riesgo de sus directivos. Esa teoría hace aguas. Por otro lado, se suponía que los incentivos en forma bonus eran adecuados para estimular conductas eficientes y responsables. Pero hay un conflicto entre incentivo a corto plazo y ética en los negocios. Cuanto más alto es el incentivo, más coste tiene la ética.


Veo difícil que las cosas cambien. Al menos mientras no se eleve el "límite de indignación" social ante las exageradas retribuciones del que hablan Lucien Bebchuk y Jesse Fried (Pay without performance, 2004).


Mientras tanto, voy comprendiendo mejor algo que de pequeño le escuchaba en Vigo a mi abuela: "El barco, que sea grande, ande o no ande". Por eso, si tienen ocasión de reencarnarse, háganse banqueros. Si es posible, de un banco grande.


Antón Costas Comesaña es catedrático de Política Económica en la Universidad de Barcelona.

Fuente: El País



sábado, 25 de julio de 2009

Especulación y caciquismo

No puede haber cambio del modelo económico imperante sin corregir la marcada dimensión especulativa y caciquil que ha venido caracterizando a la economía española durante el pasado auge. ¿Por qué no ha mejorado sensiblemente la calidad de vida de la población cuando la economía española ha venido disfrutando de una financiación inusualmente barata y abundante? ¿Cuál ha sido el destino de esa financiación?

Una parte importante de la misma se invirtió en la compraventa de empresas y activos patrimoniales preexistentes como tarea mucho más prioritaria en la lucha por el poder y por la “creación de valor” de las grandes corporaciones que la de cuidar su propia actividad ordinaria, ligada a la venta de bienes o servicios. Las mismas empresas no financieras vinieron invirtiendo en adquirir activos financieros, más del doble de lo que destinaban a mejorar o ampliar sus infraestructuras y equipos, privilegiando así, la especulación frente a la fabricación de bienes o servicios, cada vez más subcontratada y precarizada. Las copiosas inyecciones de liquidez que se vienen practicando reanimarán, evidentemente, este juego especulativo si no se modifica el contexto que lo propicia.

Otra gran parte de la financiación ha venido alimentando la burbuja inmobiliario-financiera y la constelación de megaproyectos e infraestructuras generalmente asociados a ella. Una vez obtenidas las plusvalías de la recalificación de terrenos y/o los beneficios de la fase de construcción, suele evidenciarse el fiasco económico y el sinsentido de los megaproyectos, ahora subrayado por la crisis inmobiliaria. Numerosos exponentes de este proceder han venido desordenando el territorio al dictado de oligarquías político-empresariales que sembraban por doquier, con el apoyo del dinero público, parques temáticos, nuevas “ciudades” e infraestructuras, sin contar con las necesidades de la población ni con las vocaciones del territorio. Tal vez la operación denominada Reino de Don Quijote, en Ciudad Real, pase a la historia por haber contribuido a la bancarrota de Caja Castilla La Mancha, al forzarla, entre otras cosas, a financiar un ruinoso aeropuerto privado para que accedieran los ricos del mundo a jugar en el nuevo casino que servía de pretexto a la operación. Pero esto parece un juego de niños en comparación con la treintena de casinos y la megalópolis del juego que se pretendían instalar en el desierto de Los Monegros…

Afortunadamente la crisis vino a parar tamaños despropósitos. Pero, una vez pinchada la burbuja inmobiliaria, queda el negocio puro y duro de la construcción de infraestructuras inflado por el dinero público que fluye ahora con redobladas pretensiones anticíclicas, haciendo que la letra E de España avale las obras que sin ton ni son salpican el territorio. ¿Ha preguntado alguien a la ciudadanía cuáles son sus prioridades, antes de emprender un programa de este porte? No parece que así sea y, sin cambiar las reglas del juego, las nuevas inversiones seguirán alimentando la dimensión especulativa y caciquil de la economía española que nos ha llevado a la penosa situación actual.

José Manuel Naredo, Economista y estadístico

Fuente: Público