martes, 17 de abril de 2012

La nacionalización de YPF, filial de Repsol, por el gobierno de Argentina

El gobierno de Argentina, presidido por Cristina Fernández de Kirchner, ha confirmado los rumores de los últimos días y ha anunciado la nacionalización de la empresa YPF, filial de la multinacional REPSOL. En este post recopilamos la información más relevante que hemos publicado estos días sobre esta cuestión.

En primer lugar conviene hacer algunas aclaraciones acerca de la propia medida, pues de momento las informaciones son imprecisas. Se habla tanto de “expropiación” como de  “nacionalización” y de “compra”, sin precisar mucho más. Las definiciones son importantes y deben acompañar a los conceptos, pero hasta el momento la información disponible nos indica que se trata, efectivamente, de una nacionalización –por lo tanto pagada, pero sin precio asignado hasta el momento- por parte del gobierno argentino. No se trata de una decisión voluntaria por parte de las dos partes, sino de una decisión unilateral que, no obstante, asigna un precio a la entidad por adquirir[1].

En segundo lugar, YPF es una entidad que no es propiedad al cien por cien de la multinacional Repsol. En realidad Repsol controla en torno al 57% de YPF, lo que la convierte en el socio mayoritario y el que tiene poder de control y gestión, pero no es el beneficiario pleno de la actividad de YPF. El resto de la empresa es propiedad de capital privado argentino y de capital flotante (propiedad de capital argentino y extranjero).
En tercer lugar, la historia es importante. YPF fue fundada en 1922 por el Estado argentino y fue de titularidad pública hasta 1992, cuando comenzó el proceso de privatización auspiciado por los organismos internacionales –especialmente el Fondo Monetario Internacional- en el marco de los llamados planes de ajuste. La empresa terminó de privatizarse en 1999 cuando Repsol –otra empresa que fue en otro tiempo pública, en este caso española- se hizo con la mayoría de las acciones de YPF.

Durante la etapa de la “sustitución de importaciones” -a partir años treinta- YPF jugó un rol fundamental en la reestructuración de la economía argentina. La influencia de los autores dependentistas y neomarxistas llevó a Argentina a una estructura económica que la situó entre los países más avanzados del mundo en la época de posguerra, atrayendo a gran parte de los refugiados por la II Guerra Mundial. Su modelo de exportación de materias primas fue progresivamente sustituido por uno en el que la industria jugaba un rol crucial, proporcionando un modelo de crecimiento más sólido que permitió unas condiciones laborales estables y un incipiente sistema de protección social.

Tras la dictadura militar y la crisis estructural de los años setenta y ochenta, el gobierno argentino de Carlos Menem fue el responsable de la privatización, si bien fueron las políticas del Consenso de Washington las que inspiraron dicho proceso. Junto a esa privatización se dieron reformas estructurales que llevaron a la privatización de los planes de pensiones, reformas en el mercado de trabajo que precarizaron las condiciones laborales y otras reformas que llevaron a la gravísima crisis de 2000. Sólo después de que Argentina se rebelara contra el FMI y sus planes de ajuste, incluso acometiendo una quita de la deuda –no pagar parte de la deuda externa-, pudo el país volver a remontar aquella situación.

En cuarto lugar, Repsol no es técnicamente una empresa española, y en absoluto es propiedad de todos los españoles. Más del 50% de la multinacional es propiedad del capital extranjero (el 42% pertenece a fondos de inversión extranjeros –gestionados habitualmente por grandes bancos- y el 9’5% pertenece a la empresa mexicana PEMEX). El resto de la empresa es propiedad del grupo de capital privado español Sacyr (10%), de una entidad financiera española como Caixabank (12’83%) y de más capital privado español.

En quinto lugar, Repsol proporciona beneficios a la economía española que podrían considerarse nimios. Repsol declara en España el 25% de sus beneficios totales por todo el mundo, y en 2010 pagó impuestos aquí por valor de 949 millones de euros a un tipo impositivo efectivo del 26’8%. Ello quiere decir que ni siquiera paga el 30% que corresponde como tipo nominal por tributar en España. Repsol paga otro tipo de impuestos en los países donde opera, como Argentina o Libia, pero también tiene operaciones en paraísos fiscales. Y su operativa financiera muy probablemente no se contabilice en España.

En sexto lugar, el crecimiento y desarrollo de Repsol –que debe mucho a la privatización argentina de YPF- no es igual de beneficioso para todas las partes que conforman la multinacional. Mientras los beneficios contables han crecido un 11’97% entre 1998 y 2007, el salario medio de sus empleados sólo ha crecido un 1’71%. Eso quiere decir que los mayores beneficiados han sido los accionistas privados –fundamentalmente grandes empresas extranjeras y otras españolas- y no sus trabajadores.

En séptimo lugar, Repsol-YPF en tanto que empresa privada sólo persigue maximizar el beneficio en el corto plazo –para sus accionistas, además-, de modo que su estrategia empresarial no tiene por qué alinearse necesariamente con la estrategia de desarrollo de la economía argentina. Esta es precisamente una de las razones que aduce el gobierno argentino, que desea recuperar la empresa para poder usarla como instrumento efectivo de desarrollo.

En definitiva, hablamos de un fenómeno económico que debe analizarse desde un enfoque adecuado. No están enfrentados los intereses de dos naciones distintas, sino los intereses nacionales de Argentina y los intereses económicos de sujetos privados de distintas nacionalidades –y entre ellas, en menor grado, españoles-. Por lo tanto, es una falacia considerar esta medida económica como un ataque a España. Es una compra legal, que en todo caso podría estar minusvalorada –ya veremos-, y que afecta a los intereses de unos sujetos económicos –grandes empresas y bancos- que no comparten beneficios con el resto de la sociedad.

Esta no es la guerra de los trabajadores españoles. En todo caso queda pendiente ver si la gestión de YPF, a partir de ahora en poder del Estado argentino, será beneficiosa para los trabajadores argentinos o si, por el contrario, será YPF un instrumento al servicio de las oligarquías argentinas. No obstante, no es ese el tema que ahora nos ocupa.

Es una vergüenza que el gobierno español salga en defensa de los intereses de las grandes empresas españolas que poseen un capital minoritario de Repsol, en perjuicio de los intereses nacionales de un país soberano como Argentina. Más aún cuando mientras eso ocurre el gobierno está efectuando políticas de recortes que hacen recaer el peso de la crisis sobre la población española más desfavorecida.

Para el gobierno del PP el grado de atención y ayuda prestada depende del tamaño del bolsillo. Lo que debería hacer el PP, en vez de proteger los intereses de los más ricos, es replantearse su política económica y reflexionar acerca de si no es mejor opción de política económica imitar a Argentina y proceder a la recuperación de determinados instrumentos políticos. Instrumentos que deberían ponerse al servicio de los españoles en su conjunto, y no de unos pocos adinerados con capacidad para especular en distintos mercados financieros –entre ellos el de acciones.

Más información:


[1] La ventaja más obvia que conlleva la nacionalización de una empresa rentable es que más allá del coste de adquisición los beneficios de su actividad pasan a engordar las finanzas públicas. Se trata de una socialización de las ganancias, en oposición con las socializaciones de las pérdidas a las que nos tienen acostumbrados los gobiernos europeos y estadounidenses con respecto a las entidades financieras en tiempos de crisis.

Alberto Garzón Espinosa
agarzon.net

lunes, 16 de abril de 2012

Inversión colectiva, sicav’s y otras yerbas

El mundo de las instituciones de inversión colectiva es un pilar fundamental en el desarrollo del capitalismo financiero. El presente trabajo pretende alumbrar algunas de las cuestiones más discutibles de las medidas fiscales construidas para proteger estas instituciones.

¿De quiénes estamos hablando?
Las instituciones de inversión colectiva no nacen en el mundo fiscal sino en el financiero[1]; el sistema tributario lo que hace es dotarlas de un traje ignífugo para evitar que los impuestos las “achicharren”; todo ello en aras de favorecer la inversión nacional y con el miedo permanente a que si estas instituciones pagaran lo que en justicia deberían pagar, huirían a refugiarse a otras administraciones fiscales (la luxemburguesa es la “tierra prometida”) más compasivas con el capital financiero.

En esa mezcla de necesidad y chantaje, el sistema tributario beneficia a estas instituciones, básica pero no exclusivamente, con una reducción de tipos exagerada, respecto del resto de los mortales. Y digo no exclusivamente, porque también las normas prevén otra serie de beneficios, tanto en tributos como el Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales, como en la tributación de los socios, lo que más tarde veremos. Con todo, la idea general (y correcta) es que los beneficios de estas instituciones tributan al 1%, mientras que los de las sociedades “productivas” lo hacen al 30%[2]. Normas contables distintas de las tributarias ya se encargan de que el beneficio sobre el que se tributa sea bastante menor que el beneficio realmente obtenido.

La Ley incluye dentro de estas instituciones a los siguientes grupos:
-      Las Sociedades de Inversión de Capital Variable, las tristemente célebres SICAV’s, que son sociedades anónimas cuyo objeto exclusivo es la adquisición, tenencia, disfrute, administración en general y enajenación de valores mobiliarios y otros activos financieros con el fin único de obtener una beneficio “financiero”[3], por no decir especulativo. Su nombre lo deben a que su capital, necesariamente tiene que ser “variable”, no fijo.

-      Los Fondos de Inversión (FI), muy conocidos entre el público en especial, en diferentes sabores (FIM, FIAMM, FONDTESOROS, de renta fija, variable, nacional, extranjera, de emergentes…) que son patrimonios pertenecientes a una pluralidad de inversores. Puesto que carecen de personalidad jurídica y de “cabeza” gestora, son “capitaneados” por una sociedad gestora que, por cierto, es la que se lleva la parte del león del beneficio, también “financiero”, de estos patrimonios[4].
-      Las sociedades de inversión inmobiliaria (SII): son sociedades anónimas que tienen por objeto exclusivo la inversión en inmuebles urbanos para su explotación en forma de arrendamiento.

-      Los Fondos de inversión inmobiliaria (FII): una mezcla de las dos anteriores: un patrimonio de una pluralidad de inversores que se invierte en inmuebles urbanos para su arrendamiento.

-      Fondos de titulación hipotecaria (FTH): patrimonios sin personalidad que invierten en participaciones hipotecarias.

-      Otros fondos: el fondo de titulación de activos resultantes de la moratoria nuclear, el fondo de garantías de Operaciones de Financiación de Inversiones en el Exterior, el Fondo de Inversiones en el Exterior y el Fondo para Operaciones de Inversión en el Exterior de la Pequeña y Mediana Empresa.

Para gozar del tipo del 1% y, en general, del régimen tributario más beneficioso establecido para las Instituciones de Inversión Colectiva,  se precisa, precisamente, el cumplimiento de la condición de  “colectiva” que acompaña al nombre. Por eso el artículo 29.5 de la Ley del Impuesto sobre sociedades exige que el número de partícipes sea igual o superior a 100. Para sociedades y fondos de inversión inmobiliaria se exigen requisitos adicionales respecto de los activos y los inmuebles que los representan. Para las SICAV’s la Ley no tributaria exige otros requisitos que más tarde veremos.

¿Sabía usted que…?
En el ejercicio 2.009, último del que hay datos estadísticos publicados por la Agencia Tributaria, el número de instituciones de inversión colectiva en territorio común (es decir, excluido País Vasco y Navarra) ascendía a 6.048, mientras que en 2.005 había 5.773. Al parecer la crisis no afecta a la creación de instituciones de inversión “especulativa”.

¿Sabía usted que la mitad de las instituciones de inversión colectiva no declaran base imponible alguna para tributar, siquiera al 1%. En 2.009, de las 6.048 existentes, sólo 2.551 declararon base imponible positiva. El 2.008 fue mucho peor: de las 6.282 existentes, sólo lo hicieron 1.678. En los mejores tiempos de crecimiento económico (2.005 y 2.006), con subidas espectaculares en bolsa, todavía una de cada tres no declaraba beneficio tributable?

¿Sabía usted que las instituciones de inversión colectiva, declararon en 2.009 un activo de 264.840,466 millones de euros[5], mientras que el activo no corriente (inversión) del resto de empresas “productivas” suponía 2.667.707,133 millones de euros?¿Recuerda que las instituciones de inversión colectiva no pueden participar de forma permanente en los fondos propios de otras sociedades y, por supuesto, tampoco pueden prestar dinero para que empresas productivas compren bienes de equipo? La conclusión es obvia: en España casi un 10% del capital disponible se dedica a inversión no productiva. Los datos en 2.006 eran aún más reveladores: más de un 20% se derivaba a la inversión no productiva.

Si no sabía nada de esto, y, ahora que lo sabe, le parece preocupante, continúe leyendo, porque esto no ha hecho más que empezar.

Lobos por corderos.
La gente tiene distinta percepción de lo “individual” y lo “colectivo” pero hay puntos dónde todo el mundo está de acuerdo: por ejemplo en el transporte. La distinción entre transporte individual (el coche) y el colectivo (tren, metro, autobús) parece clara.

El legislador ha querido dar mejor trato fiscal a las instituciones de inversión colectiva precisamente por el carácter de “inversión colectiva” frente a la individual. En el sentido común la distinción está clara: la compra de acciones o bonos que un particular realiza, o la imposición de un plazo fijo es una inversión individual; la que realizan un conjunto amplio de personas a un “fondo común” para que adquiera esos productos financieros es una inversión colectiva, a la que la Ley tributaria quiere beneficiar: un “revival” del “capitalismo popular” que tantos éxitos ha propiciado al sistema para el adocenamiento social.

¿Qué pensaríamos de aquel individuo que se desplaza en un medio de transporte individual (por ejemplo en una limusina o en un deportivo de alta gama) por el carril reservado al transporte colectivo?¿Y qué pensaríamos si, al ser requerido por la policía local exhibiera un documento que acredita a su vehículo como medio de transporte colectivo, y la policía tuviera que dejar que siguiera circulando? Esto es, exactamente, lo que sucede con las SICAV’s.

Concebidas como instituciones colectivas, las SICAV´s, en realidad, son instituciones de inversión individual en las que se refugian los grandes patrimonios. Aparentan una condición de “colectividad” inexistente y con ella, pueden circular libremente, al tipo reducísimo del 1%.

La Ley Tributaria recordemos (art.28.5 de La Ley del Impuesto sobre Sociedades) establecía como requisito para la tributación atenuada el contar con 100 o más partícipes. La Ley no tributaria (Ley 35/2.003) exige además que las participaciones (los títulos de propiedad de esas instituciones) “rulen” de mano en mano, es decir, que no pertenezcan siempre a las mismas personas, para lo que establece la obligación de negociación de las acciones unos determinados días y que se produzca un cierto intercambio de manos. La intención de la Ley es loable: conseguir que las SICAV’s sigan siendo instituciones de inversión “colectiva” aunque un poco más “de élite” que un fondo de inversión, como el autobús o el “shuttle” que te lleva al aeropuerto, algo un poco más refinado, pero transporte colectivo al fin y al cabo.

La práctica indica otra cosa: las grandes fortunas vieron aquí su oportunidad, pervirtiendo la Ley. Consiguieron que los requisitos de “rotación”, de cambio de manos, desaparecieran del ordenamiento, de forma que sólo quedara el de los 100 inversores. Y este requisito también fue fácilmente salvable mediante la invención de los “mariachis”, un conjunto de entre noventa y noventa y nueve “convidados de piedra”, cuya única finalidad de llegar a la cifra mágica de cien inversores (que hace a la institución “colectiva”),  puestos a disposición gustosamente por la banca privada entre sus empleados. Lógicamente la participación de estos “mariachis” en el capital social de la SICAV es insignificante (el 1% en el mejor en el mejor de los casos), pero, puesto que la Ley sólo hablaba de número pero no de porcentaje de participación, el requisito se podía entender cumplido.

Sólo faltaba, para que la operación fuera redonda, cambiar al policía que vigila el “carril bus” por otro corrupto. Y eso es precisamente lo que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero llevó a cabo, en 2.005, con la Disposición Adicional 3ª de la Ley 23/2.005, de la siguiente forma:

En principio hay que indicar que, puesto que de lo que estamos hablando es de un beneficio fiscal, la Ley General Tributaria confiere las potestades de control, a la encargada de controlar el cumplimiento de todo el sistema tributario estatal: a la Agencia Tributaria. Pero como esa Administración había estado sistemáticamente persiguiendo este tipo de “fraude de ley” era preciso cambiar de “poli”, buscando otro más permisivo. Lo que hizo la disposición de la antecitada Ley fue despojar a la Administración Tributaria de la potestad de control sobre un tipo de contribuyentes, y sus conductas, las SICAV´s, para entregárselo a otro órgano de control más complaciente, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV).

La felonía se hizo de una forma sibilina, propia de un gobierno que siempre “ponía el intermitente a la izquierda para luego girar a la derecha”. En principio, solo la CNMV puede privar del régimen especial de tributación a una SICAV y lo tiene que hacer mediante la revocación o suspensión de la autorización previamente concedida por esa misma Comisión. Cuando la Administración Tributaria, en la comprobación de una de estas SICAV, apreciara la existencia de circunstancias que pudieran determinar la revocación o suspensión de esa SICAV, podrá comunicar a la CNMV esa circunstancia, la cual dispone de un plazo de seis meses para pronunciarse al efecto. Si la CNMV se pronuncia negativamente la Administración Tributaria no puede regularizar a la SICAV; si, transcurridos los seis meses la CNMV no se ha pronunciado, la Administración Tributaria puede regularizar, pero si posteriormente, la CNMV se pronuncia negativamente a los intereses de la Administración Tributaria, ésta tendrá que revocar el acto de liquidación (artículo 219 de la Ley General Tributaria). Como se aprecia la Administración Tributaria queda en una postura de sumisión ante la CNMV, un órgano que repetidas veces ha mostrado su nulo interés por lo tributario, que, casualmente, siempre perjudica la libre circulación de capitales.

Así vivimos hasta el momento presente. Lo cierto es que la solución legal parece clara: bastaría con establecer un porcentaje máximo de participación en la SICAV (por ejemplo un 8%) y devolver las competencias de control a la Administración Tributaria, algo por cierto evidente, porque es legalmente, la encargada de realizar el control tributario respecto de todos los contribuyentes.

La madre del cordero.
Para justificar la reducción de tipos de una institución de inversión colectiva (y en realidad de cualquier sociedad) se recurre al argumento, en parte cierto, en parte falaz, de la doble imposición ISS-IRPF. Se dice que las rentas percibidas por una sociedad pagan dos veces: la primera vez como beneficio en la sociedad (por el impuesto sobre sociedades), la segunda vez como beneficio en el socio (en el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas), cuando se reparte el dividendo.

Lo cierto es que esto puede ser deseable: la mayoría de las actividades se pueden realizar directamente sin interponer una persona jurídica y si la persona física decide emplear voluntariamente una sociedad, debe asumir una mayor tributación, entre otras cosas porque dificulta el control tributario, y elude o puede eludir parte de su responsabilidad.

En la práctica el legislador, compasivamente, ha instituido fórmulas para paliar esa doble imposición, especialmente cuando los dividendos se reparten entre sociedades (sobre todo entre matrices y filiales), aunque también existe en el IRPF, mediante la exención por cobro de dividendos prevista en el artículo 7.y de la Ley del Impuesto, que, con su limitación a 1.500 euros, supone un beneficio importante para cerca del 90% de contribuyentes que cobran menos de 1.500 euros por dividendos al año y perjudica proporcionalmente, al que más cobra por este concepto.

La argumentación de los defensores de la tributación al 1% de las Instituciones de Inversión Colectiva, que son los que se encuentran en este grupito es clara: tributa el beneficio al 1% y luego tributa en el IRPF, en la base imponible del ahorro al 27%, en el caso de mayor tributación, luego la tributación está ya en el entorno del 28%, por cierto, inferior a la de muchas de las rentas del trabajo.

Existe una particularidad adicional en este tipo de sociedades refugio de grandes patrimonios: como sociedades en cierta forma “patrimoniales”, el reparto de beneficios es algo extraño, pues lo que se hace, en todo caso es agrandar la fortuna, ya que de lo que se vive es de otras rentas. Estas sociedades, son, para los grandes patrimonios, una especie de “hucha de cerdito” en la que, normalmente, se mete y se incrementa el dinero y que sólo  en caso de emergencia se rompe. Por lo que veremos a continuación, las rentas obtenidas por estas entidades, en su mayor parte, no van a tributar en el IRPF.

El paraíso a la vuelta de la esquina.
Y con el resto de inversores colectivos (“el capitalismo popular”) ¿qué pasa? Pues que ese trato de favor no deja también de ser discutible.

Imaginemos dos pequeños inversores, de edad avanzada, uno de los cuales decide invertir sus ahorros en sucesivos plazos fijos, mientras que el segundo lo hace en un fondo de inversión.

Si seguimos su tributación año a año nos encontramos con que el primero de ellos tributará en el IRPF por los intereses que obtiene en cada ejercicio (aunque los acumule al principal en las nuevas imposiciones a plazo)  mientras que el segundo no tributa de ninguna manera aunque el valor liquidativo de su participación en el fondo de inversión haya subido significativamente.

Si al cabo de unos cuántos años los dos fallecen a la vez y a mitad de año, nos encontraremos que los herederos del primero todavía tendrán que tributar por los intereses percibidos hasta el fallecimiento y luego tendrán, en su caso, que tributar por el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones por la herencia percibida y entre ella por el capital que ha ido acumulando a base de imposiciones a plazo.

En el segundo contribuyente la única tributación que se va a producir es la del Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones. La eliminación de la llamada “plusvalía del muerto” hace ya un montón de años, de hecho en este caso y por diferencia con el primer contribuyente, implica que lo que se ganó en el fondo de inversión hasta el fallecimiento quede sin tributar (o con la tributación del 1% en el fondo que antes se explicó).

¿Beneficios? Una parte para el que escogió la segunda y sus herederos que han conseguido que los frutos de un capital invertido no tributen en el IRPF del titular. Otra parte para las entidades gestoras de los fondos de inversión (ya vimos que eran patrimonios sin “cabeza”, patroneados por auténticos sinvergüenzas, las gestoras, que cobran abusivas comisiones por su gestión[6]).

Los paraísos fiscales se pueden definir como aquellos territorios de baja tributación y/o sin intercambio de información con otras administraciones. Los fondos de inversión cumplen desde luego la primera parte de la definición (nula tributación): de ahí que un compañero de gran prestigio afirme que los primeros paraísos fiscales los tenemos a la vuelta de la esquina, sin necesidad de viajar a exóticas islas caribeñas: basta con acercarse a una sucursal bancaria.

La solución, de nuevo, tampoco es muy complicada: bastaría con hacer tributar las ganancias derivadas de los fondos de inversión, no cuando se produce la alteración patrimonial (“la venta del fondo”) sino a final de cada ejercicio por diferencia de valores liquidativos entre el valor a final y al principio del ejercicio. Eso sí, el sector financiero se vería seriamente afectado al encarecer tributariamente un producto que hoy tiene buena venta (y alta rentabilidad para ellos) precisamente porque no paga impuestos.

El cuento de nunca acabar.
Cada vez que se aborda la pretensión de conseguir una tributación más justa de las rentas del capital se plantea la misma amenaza: el traslado a otra jurisdicción fiscal más permisiva con la baja tributación del capital[7]. En esta competencia fiscal a la baja, como en las “rulas” de pescado gallegas, cada Estado procura establecer la tributación mínima a partir de la cual el capital empieza a moverse.

En este sentido la armonización fiscal europea de la imposición sobre el capital parece imprescindible, de la misma forma que la lucha contra los paraísos fiscales. En cuanto los tenedores de estos capitales perciban que no van a tributar menos por desplazar sus capitales a otros territorios, dejarán de hacerlo.

Otro mecanismo a valorar es encarecer el coste de estos “movimientos”. Si mover el capital a estos territorios de baja tributación es tan fácil y barato como contar con internet y pulsar unas cuantas teclas en el ordenador, el incentivo para hacerlo es muy alto. Si se introdujeran controles formales y materiales (mediante un impuesto a estas transacciones) el coste de movilización podría compensar la menor tributación, frenando los movimientos de huida hacia la menor tributación. En esta línea, un impuesto sobre las transacciones financieras (ITF) podría ser de gran utilidad.

Hasta ahora la libre circulación de capitales se ha considerado un paradigma de la sociedad de libre mercado y de la Unión Europea. Quizá, visto las injusticias e inequidades que plantea esa libertad, entre ellas las tributarias analizadas en este artículo, sea hora de poner límites a esta libertad: después de todo, todas las libertades tienen sus límites.

León a 9 de marzo de 2.012


[1] Ley 35/2.003de 4 de noviembre, de Instituciones de Inversión Colectiva y Real Decreto 1.309/2.005 por el que se aprueba el Reglamento de la Ley 35/2003, de 4-11-2003, de instituciones de inversión colectiva y adapta el régimen tributario de las instituciones de inversión colectiva  (última redacción dada por Real Decreto 749/2010)
[2] Tipos inferiores para Empresas de reducida dimensión, microempresas, cooperativas…
[3] No pueden usarse para financiar, por ejemplo, empresas productivas mediante una participación permanente en sus capitales.
[4] SICAV’s y Fondos de Inversión (FI) se consideran, de acuerdo con la Ley de Instituciones de Inversión Colectiva, instituciones de inversión colectiva “financieras”, frente a las instituciones de inversión colectiva basadas en inmuebles, que se consideran “no financieras”.
[5] Un importante deterioro. En 2.006 declaraban 396.213,650 millones de euros.
[6] Y además invisibles, porque se incorporan como menor valor de “cotización” (valor liquidativo), dando la impresión de que estas comisiones no existen, cuando su detracción es la causante de que el precio de la participación esté más bajo de lo que debiera si esas comisiones fueran moderadas.
[7] A veces no es preciso ni abandonar el Estado Español: el número de SICAV’s domiciliadas en País Vasco y Navarra, al parecer, es similar al de las domiciliadas en el resto de España. Su régimen foral las protege más allá de posibles cambios políticos en Diputaciones Forales como  la de Guipúzcoa, hoy en manos de Bildu.

Agustín Guillermo Turiel Martínez. ATTAC Castilla-León
Inspector de Hacienda del Estado
Attac Acordem

Economía verde o economía fúnebre

Sumidos en una múltiple crisis global, financiera, económica, alimentaria y de devastación ambiental y caos climático, oímos desde los gobiernos y las empresas que la ‘solución’ será una nueva ‘economía verde’. O como dijo Obama parafraseando a Franklin Roosevelt frente a la crisis de 1929, se trata de un ‘green new deal’ (un nuevo acuerdo verde), donde todos serán escenarios de ganar-ganar.

Según esto, se podrán recuperar los inversionistas del capital financiero, gracias a la creación de nuevos mercados financieros con la naturaleza (ampliando la venta de servicios ambientales y los mercados de carbono), y se podrán recuperar los capitalistas de la producción gracias al uso de nuevas tecnologías que servirán para producir en forma más ‘verde’, lo cual también remediará los problemas ambientales. Con más tecnología, nos dicen, se podrá aumentar la producción agrícola y dar de comer a la población mundial. Veamos qué se esconde.

La apuesta por la ‘economía verde’
Ninguno de los escenarios descritos trata de revisar las causas de las crisis, ni de cuestionar los patrones de producción y consumo que están en sus raíces. Y las ‘ganancias-ganancias’ a las que se refieren, son para los mismos que ha provocado las crisis y se han lucrado con ellas. Son las mismas viejas empresas transnacionales contaminantes, las que ahora también controlan las tecnologías y los nuevos mercados, las que abren esta llamada ‘economía verde’ buscando nuevas fuentes de negocios con los desastres.

Sin embargo, para muchas personas y organizaciones, ‘economía verde’ tiene un significado positivo, asociado a producción agrícola orgánica, energías renovables, tecnologías limpias. En efecto, existe una diversidad de propuestas de economías alternativas, socialmente justas, culturalmente apropiadas y ecológicamente sustentables. Pero esta nueva noción de ‘economía verde’ que se está manejando desde los gobiernos y empresas, va por un camino distinto. Se trata básicamente de renovar el capitalismo frente a las crisis, aumentando las bases de explotación y privatización de la naturaleza.

Para ello, integra al discurso parte de las reivindicaciones de los movimientos sociales, pero re-apropiadas por las corporaciones. Por ejemplo, es verdad que, como una opción más, promueve la agricultura orgánica –la cual es mejor que la química, sin duda– pero bajo el supuesto de que para hacerlo ‘masivamente’ se necesitarían grandes extensiones o hasta monocultivos ‘orgánicos’, certificados y controlados por transnacionales que puedan abastecer grandes cadenas de distribución y mercados centralizados. Paradójicamente, así se hará mucho más insegura la soberanía alimentaria. Al depender de transnacionales, hoy podrán producir orgánico pero mañana producirán, como siempre, lo que les dé más dinero, sea orgánico, transgénico o químico. Ya sin opciones locales, sin soberanía en las semillas, sin campesinas y campesinos que defiendan sus derechos en cada localidad, su monopolio está asegurado.

De todos modos, el planteamiento de la ‘economía verde’ es mucho más amplio e incluye un gran empuje a nuevas tecnologías arriesgadas (como nanotecnología, biología sintética, geoingeniería), una apropiación aún mayor de la naturaleza (rebautizada como ‘biomasa’ cuando en muchos casos es ‘agromasa’), y una nueva forma de hacer que la gente común y el dinero público vuelva a financiar a las grandes empresas en crisis.

Los negocios del negocio verde
Básicamente, esta nueva ola de ‘economía verde’, se basa en tres pilares: una mayor mercantilización y privatización de la naturaleza y los ecosistemas, integrando sus funciones, -redefinidas como ‘servicios’- a los mercados financieros; la promoción de nuevas tecnologías y la vasta expansión del uso de biomasa; y un marco de políticas que permitan y subsidien con recursos públicos esos desarrollos privatizadores.

La Diputación de Bizkaia subvencionará ‘negocios verdes’
El departamento de Agricultura de la Diputación Foral de Bizkaia, la Asociación de Forestalistas de Bizkaia y la Sociedad Cooperativa Lorra han firmado un convenio de colaboración mediante el cual la bioenergía obtenida a partir de astillas de madera procedentes de los montes de Bizkaia podrá servir para calentar las plantas hortícolas que se cultivan en los invernaderos vizcaínos. Esto, que los firmantes visten de iniciativa de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, junto a la mejora de la “competitividad” (con dinero público) de forestalistas e invernaderistas, es doblemente engañoso, porque en realidad se está apoyando un modelo de horticultura intensiva en el uso de energía, basado en la “calefacción”, que es insostenible, así como un modelo forestal, basado también en plantaciones intensivas de pino y eucalipto, que socava la propia fertilidad de la tierra, entre otros daños.
Como se puede leer en muchos informes que apuestan por la ‘economía verde’, la Biodiversidad se presenta como un ‘nuevo mercado multibillonario’, al que las empresas deben poner atención; y para economías emergentes, como Brasil, India, China que poseen una enorme biodiversidad, supone nuevas oportunidades de negocios comerciando con la biodiversidad.

La mercantilización/financiarización de la naturaleza es una tabla de salvación para los inversores especulativos, porque abre nuevos mercados financieros (mercados de carbono, mercados de servicios ambientales), muy necesarios para banqueros, frente al naufragio de otros mercados financieros especulativos.

Los esquemas de pagos por servicios ambientales y de comercio de carbono, a los que nos referimos, no han servido en ningún caso para aliviar la crisis climática o la erosión de la biodiversidad. Por el contrario, han significado un empeoramiento, ya que las comunidades que entran en estos esquemas han perdido el control de sus tierras y territorios, que pasan a estar sujetos a las exigencias y reglas de los inversores que ‘pagan’ por los ‘servicios’ que brindan. Funciones básicas de la naturaleza se convierten en mercancías.

Son mercados muy atractivos para las empresas contaminantes y los inversores de riesgo, porque además de abrir nuevas ganancias con la reventa de bonos de carbono en mercados secundarios, les permite seguir con las mismas actividades contaminantes y aparecer como si cumplieran con las regulaciones sobre cambio climático, los techos de emisiones de gases de efecto invernadero, etc.

Los mercados de carbono y de servicios ambientales, en lugar de ser un reconocimiento a las y los campesinos (como se los quiere presentar), son en realidad una forma de sustituir políticas públicas de apoyo a la agricultura diversa, campesina, descentralizada, ecológica, por mecanismos de mercado a merced de empresas contaminantes que quieran pagarlo, a quien cumpla sus condiciones.

El milagro tecnológico y la biomasa
El segundo pilar, la propuesta tecnológica, es complementario y clave frente a las crisis, porque revitaliza la industria productiva con fuentes de ganancias extraordinarias, mientras profundiza en la ilusión de que no es necesario revisar las causas de las crisis: todo se podría resolver con más tecnología. Tecnologías que además están patentadas en manos de grandes empresas –incluso las de energías consideradas limpias, como solar o eólica.

Además, muchas de las tecnologías consideradas para hacer la producción más ‘eficiente’, implican el uso de nanotecnología, una industria que pese a cientos de estudios que muestran la toxicidad de las nanopartículas y nanocompuestos sobre la salud y el ambiente, no está regulada en ninguna parte del mundo. Tampoco se considera su costo energético real, tomando todo el ciclo de vida de los productos nanotecnológicos, ni cómo manejar la nueva basura tóxica que generan, entre otros factores.

Otra nueva tecnología subyacente a las propuestas de economía verde es la ingeniería genética, que implica desde más cultivos transgénicos para agrocombustibles y resistentes al clima, hasta biología sintética (la construcción en laboratorio de genes, pasos metabólicos o microbios sintéticos enteros, para producir nuevas sustancias industriales). Los usos más inmediatos se basan en el procesamiento de celulosa, una materia prima que antes no era ‘viable’ por ineficiente y costosa. Con microbios producto de la biología sintética es posible procesar cualquier fuente de carbohidratos –como celulosa– para hacer polímeros que se pueden convertir luego en combustibles, productos farmacéuticos, plásticos u otras sustancias industriales. Así, toda la naturaleza, todo lo que esté vivo o lo haya estado, es visto como “biomasa”, la nueva materia prima universal para procesar con biología sintética. 

La disputa industrial por acaparar cualquier fuente de biomasa natural o cultivada (agromasa) ya está en marcha y es una de las mayores amenazas nuevas a la naturaleza, a los pueblos, a las fuentes de agua y a la alimentación del planeta.

Actualmente, el 24% de la biomasa planetaria está mercantilizada (y la biología sintética quiere apropiarse del resto) lo que significa una apropiación de la biomasa que supera el ritmo y capacidad de regeneración. Por si fuera poco, la mayoría de la llamada ‘biomasa’, está en los trópicos y en términos geopolíticos, en los países del Sur global.

Esta tecnología, que se basa en una fuente de recursos ilusoriamente ‘renovable’, viene a exacerbar los acaparamientos de tierra y la disputa por suelo, agua y nutrientes que ya se había agudizado por la promoción y subsidio de los agrocombustibles. Ahora, si cualquier forma de cultivo, de plantación o de naturaleza, puede ser la materia prima de combustibles, fármacos, forrajes y muchas sustancias industriales, la disputa con las tierras indígenas y campesinas y áreas naturales crecerá exponencialmente.
¿Manipular el clima?
El extremo en términos de riesgos en nuevas tecnologías lo plantea la geoingeniería. En lugar de frenar las causas de la crisis climática, la propuesta es manipular el clima planetario para enfriar la tierra. Propone crear nubes volcánicas artificiales que actúen como sombrilla para los rayos solares, usar masivamente biomasa para quemar y fertilizar el suelo como sumidero de carbono (biochar), muchas más plantaciones de monocultivos de árboles y cultivos transgénicos reflectantes, la fertilización de los mares con hierro o urea para absorber carbono, etc. Todas las propuestas son a mega escala, porque de lo contrario no afectarían el clima global –aunque tendrían graves impactos locales. Los efectos de manipular un sistema global, poco conocido y de alta complejidad como el clima, podrían ser devastadores para muchos países que nunca sabrán que ocurrió. Daría a quien tuviera los recursos y la tecnología para desarrollar geoingeniería, la posibilidad de adueñarse del termostato global.
Conclusión
En general, estas propuestas de “economía verde”, funcionan como un paraguas de muchas tecnologías y propuestas que se basan o usan recursos biológicos, queriendo crear la ilusión de que serán una transición de una economía basada en combustibles fósiles a otra más ambientalmente amigable y que las tecnologías permitirán superar cualquier problema, sin cambiar las causas ni los patrones de consumo y producción. Esto no sucederá jamás, porque son las mismas empresas globales, con las mismas intenciones. Las petroleras no dejarán, por voluntad propia, de explotar petróleo hasta se acabe la última gota. Solamente agregarán otras fuentes de energía a los negocios que ya tienen en marcha, y cobrarán además créditos de carbono por ello.

La biología sintética está viabilizando nuevas configuraciones corporativas: 6 de las 10 mayores petroleras del mundo –incluyendo BP, Chevron, Exxon-, 6 de las 10 mayores químicas –como BASF, Dow, Bayer, Total, DuPont- 6 de las mayores empresas de agronegocios –como Cargill, ADM, Bunge, Louis Dreyfuss; y todas las transnacionales de transgénicos –como Monsanto, Syngenta, Dow, Bayer– están por detrás y en acuerdos con empresas nuevas como Amyris, Butamax, Codexis, que son quienes están desarrollando la tecnología.

Pese a que la mayoría de la biomasa y los recursos de los que se pretenden apropiar sean efectivamente de color verde, estas propuestas de ‘economía verde’ empeorarán gravemente los problemas sociales, ambientales y de la biodiversidad, con el avance corporativo sobre la naturaleza y los cultivos.

Por el contrario, los millones de campesinos, campesinas, indígenas, pastores y pescadores artesanales, las comunidades locales y forestales, por milenios han sabido relacionarse con la naturaleza y la biodiversidad, en formas diversas y ecológicamente sustentables. No es un proceso pasado, sino presente e imprescindible. Si queremos realmente salir de las crisis, tenemos que cuestionar sus causas y apoyar los derechos integrales de estas personas actores de la biodiversidad, que son quienes actualmente alimentan a más del 70 por ciento del planeta.

Silvia Ribeiro
Soberanía Alimentaria

PARA SABER MÁS
¿Quién controlará la economía verde? Grupo ETC
Los nuevos amos de la biomasa y el asalto a la biodiversidad
Silvia Ribeiro pertenece al grupo ETC

domingo, 15 de abril de 2012

Los Presupuestos Generales de “los mercados”

Las cuentas correspondientes a los Presupuestos Generales del Estado han supuesto, en resumen, un importante recorte en los servicios públicos del Estado de Bienestar, así como en partidas de gasto que jugaban un papel clave para la generación del poco empleo que el Estado podía aún crear. Ya se anticipan cientos de miles de despidos, efectos secundarios de estas medidas. La principal razón que se esgrime es el cumplimiento de unas cifras de déficit público y deuda acordadas con los demás países de la Zona Euro. Pero a casi nadie escapa ya que estas decisiones, plazos y exigencias han venido marcados por el comportamiento de lo que muchos denominan “los mercados”.

El mercado es una institución que explica parte de las revoluciones burguesas e industriales de los siglos XVIII y XIX. En este lugar físico se encuentran una oferta y una demanda libres que, obedeciendo a un supuesto instinto egoísta del ser humano, se ponen automáticamente de acuerdo para fijar los precios de los productos que allí se encuentran. Por ejemplo, si tenemos cien patatas para dos compradores, el precio de estas será muy bajo: es probable que muchos de los ausentes se hayan retirado del lugar por el mal color y aspecto de estos tubérculos, por lo que los pocos céntimos con los que se adquirirían vendrían a ser un índice aproximado y cuantitativo de su calidad.

Algo así quieren hacernos creer con la economía española y con las subastas de deuda en el mercado financiero: para muchos -sobre todo para los que tienen participaciones o buen acceso a los principales medios de comunicación-, la prima de riesgo es una especie de termómetro que marca el nivel de gravedad de nuestra enfermedad económica; en este sentido, los recortes que están teniendo lugar serían más que merecidos y supondrían medidas dirigidas a restaurar en el menor tiempo posible la confianza en los fundamentos de la economía española: medicamentos amargos al gusto pero, a largo plazo, buenos para nuestra convalecencia. Las arcadas sentidas al ingerirlos se parecerían al picor cuando una herida empieza a curar: buenas señales.

No obstante, los termómetros pueden marcar lo que quieran si los pegamos a una estufa y las heridas infectadas también escuecen: ¿qué intereses están influyendo en el dictado de estos planes de empobrecimiento? Los mercados se nos presentan por los medios de comunicación social como una especie de ejercicio de democracia financiera, según la cual el dinero de los ahorradores libres de todo el mundo decide a dónde va y denota la fragilidad de los activos públicos o bonos de los países que consiguen menos demanda. Pero la idea de democracia financiera flaquea cuando quienes deciden qué es bueno o qué es malo son un puñado de grandes entidades que, interconectadas con infinidad de sociedades, compran y venden cientos de miles de millones de euros a toda velocidad y con acuerdos mutuos previos. No estamos ante un mecanismo de libre competencia, sino ante un conjunto de grandes actores, en muchas ocasiones, con estrategias premeditadas.

¿Somos víctimas de una conspiración de grandes entidades? Es poco probable: la deuda pública española asciende, aproximadamente, a un 65% del PIB español -de la riqueza del país-, pero la privada -empresas, banca y familias- se acerca al 300%, con lo que la suma de los dos componentes nos acerca a cuatro veces lo que hemos sido capaces de producir. Los inversores saben que la debilidad del Estado le llevará a ir haciendo pública parte de la deuda privada (nacionalización de la deuda), por lo que anticipan una posible quiebra futura. Pero la actividad especulativa y los planes de empobrecimiento patrocinados por Bruselas incrementan a su vez este riesgo. Llegados a este punto parece que nos encontramos en una situación sin salida.

¿Por qué se están tomando medidas en nuestro país que incrementan el riesgo de quiebra o depresión económica y social? Para acercarnos a la comprensión de este fenómeno deberíamos partir de la hipótesis de que el Estado y la política no están siendo del todo autónomos: la deuda pública está siendo comprada, sobre todo, por los grandes bancos españoles, que se hacen, de esta forma, poseedores de una buena parte de la columna de ingresos -por préstamos- de los mencionados Presupuestos Generales del Estado. De ahí que los que participan en la financiación de un país puedan tomar parte indirectamente en las decisiones sobre en qué se va a gastar ese dinero: sobre todo, en devolver cuanto antes los intereses que estas operaciones de préstamo generen. Si a esto sumamos los altos cargos del Gobierno que proceden de bancos como el Santander, el BBVA o Banesto, por el lado español, y otros como Barclays o Lehman, extranjeros, podremos entender que las decisiones estatales converjan en cierto modo con los intereses de las entidades acreedoras de la nación -aunque enormemente endeudadas con otras entidades-.

Deberíamos partir de un conocimiento de datos de este tipo para formular una definición alternativa de gobierno: nuestros actuales dirigentes -y los anteriores- se encuentran cada vez más lejos de sus programas políticos y de los intereses de los ciudadanos. Asistimos a rescates diarios de las finanzas del Estado por unos poderes  muy concentrados y que influyen decisivamente en las políticas públicas que se van a seguir adoptando. Los Presupuestos Generales de “los mercados” reflejan que una democracia endeudada hasta tal punto no merece tal calificativo. Todo parece indicar que no son solo los hombres y las mujeres del PP los que están al timón del país. Y que sus compañeros de viaje llevan ya mucho tiempo mandando: el mensaje del 15 de mayo de 2011 está más vigente que nunca.

Andrés Villena
Economista e investigador en Ciencias Sociales por la Universidad de Málaga
Público
http://blogs.publico.es/dominiopublico/5097/los-presupuestos-generales-de-los-mercados/

¿Cuánto paga Repsol en impuestos?

Como hemos visto en el último post, Repsol es una multinacional presente en muchos países y que es propiedad en más de un 50% de capital extranjero, es decir, de otras empresas y fondos de inversión de fuera de España. También es una multinacional que en su crecimiento no ha distribuido con equidad y en el seno de la empresa los beneficios obtenidos, ni en épocas de bonanza ni en épocas de crisis. Y también es una empresa que opera en paraísos fiscales a través de dos vías. En primer lugar porque su propia actividad productiva se realiza en territorio geográfico considerado paraíso fiscal y en segundo lugar porque probablemente sus operaciones financieras se realicen allí aprovechando lo anterior.

Ello nos da algunas pistas de por qué no debemos considerar a Repsol una empresa modelo y española. Pero todavía quedan algunos cabos sueltos por resolver. Y es que, efectivamente, Repsol contrata trabajadores en nuestro país y además paga aquí el impuesto de sociedades, todo lo cual contribuye de forma positiva a la economía española. Por ello necesitamos arrojar luz sobre esta cuestión.

Antes de comenzar cabe considerar que Repsol es un grupo empresarial compuesto por una gran cantidad de empresas y filiales que operan en distintos países. Mientras no observe lo contrario, las cuentas aquí expuestas se refieren al conjunto del grupo.

Repsol tuvo en 2010 un total de 60.430 millones de euros en ingresos. De esos ingresos hay que restar el gasto en aprovisionamientos (36.184 millones; 58’87%), el gasto en personal (9.916 millones; 16’40%) y otros gastos (4298 millones; 7’11%). Todo ello deja un resultado de explotación de 7.621 millones. Como también hay ingresos y gastos financieros, como consecuencia de operaciones de esa naturaleza -tales como beneficios y pago de préstamos-, el resultado financiero es de -1.008 millones de euros.

Es decir, Repsol tuvo en 2010 un total de 6.613 millones de euros en beneficios antes de impuestos. Eso es lo que declaró que había ganado. De ese total, 1.641 millones (24’8%) los obtuvo en España, 1.416 millones (21’41%) en Argentina y 3.556 (53’77%) en el resto de países. Esto nos dice que el “mercado” español no es ni una cuarta parte del beneficio de la multinacional.

Y ahora llega la parte de pagar impuestos. Las regulaciones fiscales varían entre países, en función de múltiples criterios, de forma que no se paga lo mismo en España que en Argentina o que en un paraíso fiscal. En el año 2010 el impuesto nominal a pagar era del 30% en España, del 28% en el régimen especial de Bizkaia, del 35% en Argentina, del 35% en EEUU, del 34% en Brasil, del 25% en Bolivia, del 50% en Venezuela, del 65% en Libia y del 25% en Ecuador, por poner algunos ejemplos. Pero esos porcentajes se aplican sobre la llamada base imponible, que no coincide con el resultado declarado por las entidades.

En efecto, Repsol declaró en España que había ganado 1.641 millones de euros, pero los legisladores españoles consideraron que había que sumar -por distintas razones- una cantidad importante de modo que se acabara pagando impuestos sobre una cantidad mayor. Finalmente, en 2010 la base imponible de Repsol en España subió a 3.534 millones de euros.

A esos 3.534 millones se les aplicó el tipo nominal español, del 30%, de modo que la llamada cuota íntegra fue de 1.060 millones de euros. Esa era la cantidad que Repsol hubiera tenido que pagar a las arcas públicas. Pero Repsol se acogió a una cantidad importante de deducciones fiscales, es decir, incentivos que el Estado proporciona y con los que permite pagar menos impuestos. Esas deducciones ascendieron a 913 millones de euros. Pero a la vez tuvo que pagar por ajustes complementarios en el impuesto. El resultado neto fue que Repsol pagó un total de 949 millones de euros. Eso significa que el tipo efectivo en España fue de un 26’85%. Y en el conjunto del mundo Repsol pagó con un tipo efectivo de 26’34%.

No es un tipo efectivo demasiado bajo, pues las deducciones a las que se acogen las empresas españolas hacen que al final el tipo efectivo medio (del conjunto de las grandes empresas) esté entre el 10% y el 15%. Pero Repsol opera en un sector con impuestos especiales, lo que permite explicar ese dato final. No obstante, un 26’85% no es el 30’00% del tipo nominal, de modo que existe lo que se llama “gasto fiscal” (dinero que el Estado deja de ingresar). Por no hablar de que el Impuesto de Sociedades es, en mi opinión y más aún en un contexto como este, demasiado bajo.

Ahora bien, ¿qué enseñanzas podemos sacar de todo esto? En primer lugar, que Repsol contribuye a los Estados con un total de 1.742 millones de euros, de los cuales 949 millones (54’47%) los paga en España. Ni todos los beneficios ni todos los impuestos los obtiene en España. En segundo lugar, Repsol utiliza paraísos fiscales y desconocemos las cifras reales que debería pagar en ausencia de esos mecanismos de evasión y elusión fiscal. En tercer lugar, la parte que no son impuestos es reinvertida o repartida entre accionistas que son por lo general bancos y grandes empresas -y mayormente extranjeras-. Y finalmente un apunte, la creación de puestos de trabajo es relativamente escasa (43.298 personas en el mundo, 19.761 personas en España).

En definitiva, en el proceso de desarrollo e internacionalización de Repsol se produce un crecimiento de la riqueza a distribuir. Esa distribución es muy desigual en el seno de la empresa (ver artículo anterior) y es también desigual en las relaciones entre empresa y Estado (aplicación del tipo efectivo). Es decir, en el proceso de desarrollo de Repsol hay distintos y desiguales ganadores, siendo los grandes capitales los que más ventaja obtienen, mientras que el Estado y los trabajadores quedan detrás y en mucha menor medida.

Faltaría incluir en este análisis aspectos ya tratados con anterioridad. Por ejemplo, el efecto que tienen las operaciones de Repsol sobre el medio ambiente, sobre la economía de destino y sobre el sistema financiero, todo lo cual son costes no necesariamente económicos que deben tenerse presentes. Y finalmente un elemento aún más importante: ¿no sería más adecuada una forma distinta de administrar Repsol? Es decir, cambiar esas distribuciones (dentro de la empresa y hacia fuera -Estado-) a partir de nuevas leyes que vayan desde la subida de impuestos hasta la nacionalización de la entidad. Sólo en esos casos, especialmente el segundo, tendría sentido hablar de una empresa al servicio del pueblo (siempre que los beneficios se reinvirtieran en el mantenimiento o creación de servicios públicos).

Alberto Garzón Espinosa
agarzon.net
http://www.agarzon.net/?p=1796

Lo que quieren los mercados

Los mercados quieren confiar, están deseosos por confiar y dicen que el camino que lleva a su confianza son draconianas reducciones del déficit público y reformas laborales. Los mercados piden lo que quieren y si se les satisface prometen arreglarlo todo en el futuro. Los mercados quieren satisfacción inmediata para que en el medio y largo plazo todos podamos optar de nuevo a una televisión de plasma. Mientras tanto, el corto plazo ha quedado reducido al tiempo en el que unos pasan de cero a cien millones en un segundo y otros ven como sus recursos se limitan a buscar en la basura. 

Los mercados piden y los gobiernos reaccionan para satisfacerlos. Ahora bien, la satisfacción no ofrece garantías y todo se resuelve en una cuestión de fe, de ahí la apelación al futuro, camuflado en el medio y largo plazo. No obstante, en el corto plazo, una vez legislado el primer tramo de satisfacción, los mercados aseguran que no es suficiente. En otras palabras, no se sienten satisfechos y su confianza requiere algo más, siendo la forma que tienen de decirlo mediante aumentos de primas de riesgo y caídas de bolsa. Ya lo hemos dicho antes, esto es tan solo un tramo, una etapa para que en el medio y largo plazo todos podamos acceder a un trabajo e ir a la discoteca para desahogarnos. Mientras tanto, en el corto plazo aumentan las familias sin ningún tipo de ingresos al tiempo que aumentan los beneficios en la compra de deuda soberana. 

La insatisfacción en los mercados es cada vez más enigmática, ya que a partir de ella cabe preguntar cual es el límite de recortes al que aspiran, cual es el porcentaje de déficit y precariedad laboral con el que sueñan y con el que están dispuestos a mostrar confianza. En este sentido, si antes decíamos que todo se resolvía en una cuestión de fe hacía las demandas de los mercados, ya que no hay garantías de que vayan a dar su confianza, estos se parecen cada vez más al dios de Abraham, al cual se le pidió que sacrificara a su hijo como modo de demostrar su fe. No obstante, si bien Abraham se mostró dispuesto a seguir los designios de Dios, éste en el último momento decide que no es necesario ir tan lejos. En el caso de los mercados, por el contrario, es evidente que no hay atisbos de que vayan a decir que no hace falta ir tan lejos y que se conforman con un cordero, con lo cual podemos decir que si el dios de Abraham se llamara mercados, éste pediría a la mujer después del hijo para finalmente pedirle directamente que se suicidara. Una petición detrás de otra. Más y más… 

Pero si contra la voluntad de Dios no se puede hacer nada, no debemos olvidar que los mercados están formados por nombres y apellidos, aunque nos quieran hacer creer otra cosa y muchas veces sean presentados como entes nebulosos que se parecen a aquello que a ha venido en llamarse fatalidad . Estos nombres y apellidos están determinados por una voracidad que es la expresión contemporánea de lo que Max Weber vino a llamar como “filosofía de la avaricia”, con la que definió del “espíritu del capitalismo”. Avaricia complacida por la clase política, la cual actúa como Abraham, es decir, realizando ciegamente los designios de dios. Así, cuando un gobierno anuncia reformas y dice que actúa, deberíamos leer más bien que el gobierno acata. 

Así pues, generar confianza en los mercados es como decirles ahí hay negocio, a pesar de que el negocio este formado por millones de personas que necesitan, en un primer momento, pan. Un buen negocio el de la alimentación. Que necesitan salud. Un buen negocio el de la sanidad. En este sentido, los gobiernos no harían sino proponer negocios seguros para los mercados o, en otras palabras, asegurar los negocios. Ahora bien, hay que repetir que los mercados no forman parte del Olimpo de los dioses sino que están formados por hombres de carne y hueso. Así, si antes afirmábamos que contra la voluntad de dios nada se puede hacer, de ahí la fatalidad, no podemos decir lo mismo que con la voluntad de los hombres, y más cuando se trata de una minoría la que la impone, por lo cual no podemos dejar de preguntarnos ¿por qué los gobiernos deben asegurar los negocios de unos pocos?, y más fundamentalmente, ¿por qué apoyar a unos gobiernos que no son sino meros ejecutores de la voluntad de mercados abiertamente hostiles?

Juan José Colomer Grau
Rebelión

miércoles, 11 de abril de 2012

Por qué hay que anular la deuda ilegítima

La crisis sacude a la Unión Europea hasta sus cimientos. Para muchos países la soga de la deuda pública se cierra en torno a sus cuellos, presos de los mercados financieros. Con la complicidad activa de los gobiernos, de la Comisión europea, del Banco Central Europeo y del FMI, las instituciones financieras que originaron la crisis especulan con las deudas de los Estados y exigen el reembolso al precio de una austeridad salvaje. Se ha lanzado una ofensiva brutal contra una serie de derechos económicos y sociales de la mayoría de la población. 

La reducción de los déficit públicos no debe hacerse reduciendo los gastos públicos sociales, sino por medio del incremento de los ingresos fiscales, la lucha contra el fraude fiscal y gravando más el capital, las transacciones financieras, el patrimonio y las rentas de los ricos. Para reducir el déficit es necesario también reducir radicalmente los gastos producidos por el reembolso de la deuda pública, cuya parte ilegítima se debe anular. El recorte de los gastos debe aplicarse también al presupuesto militar, así como a los gastos socialmente inútiles y peligrosos para el medio ambiente. A cambio es fundamental incrementar los gastos sociales, en particular para paliar los efectos de la depresión económica. También se deben incrementar los gastos en las energías renovables y en determinadas infraestructuras como los transportes públicos, los centros educativos o los centros públicos de salud. Una política de relanzamiento por la demanda pública y por la demanda de la mayoría de los hogares también generará una mayor recaudación de impuestos. Pero, más allá, la crisis debe ser la oportunidad de romper con la lógica capitalista y de realizar un cambio radical de sociedad. La nueva lógica que hay que construir deberá dar la espalda al productivismo, incluir el factor ecológico, erradicar las diferentes formas de opresión (racismo, patriarcado…) y promover la propiedad común. 

Para eso es necesario construir un amplio frente anticrisis, tanto a escala europea como local, con el fin de agrupar las energías para crear una relación de fuerzas favorable a la puesta en práctica de soluciones radicales centradas en la justicia social y climática. La realización de una auditoría de la deuda pública efectuada bajo control ciudadano, combinada con una suspensión unilateral y soberana del reembolso de la deuda pública, permitirá llegar a la anulación o repudio de la parte ilegítima de la deuda pública y a una fuerte reducción del resto de la deuda. 

En primer lugar no hay que mantener las lealtades a la deuda decididas por los acreedores, en particular debido a las severas contrapartidas que implican. El plan de reducción de una parte de la deuda griega que se ha puesto en marcha en marzo de 2012 se condiciona a la aplicación de otra dosis de medidas que pisotean los derechos económicos y sociales de la población griega y la soberanía del país (1). Según un estudio realizado por la Troika, a pesar de la reducción de la deuda concedida por los acreedores privados, el endeudamiento público de Grecia llegará ¡al 164% del PIB en 2013! (2). Por lo tanto hay que denunciar la operación de reducción de la deuda griega tal como se está haciendo en la actualidad y oponer una alternativa: la anulación de la deuda, es decir, su repudio por parte del país deudor, es un acto soberano unilateral muy fuerte. 

¿Por qué el Estado endeudado debe reducir radicalmente su deuda pública procediendo a la anulación de las deudas ilegítimas? En primer lugar por razones de justicia social, y además por razones económicas que todos y cada uno pueden comprender y hacer suyas. Para salir bien de la crisis no es suficiente el relanzamiento de la actividad económica gracias a la demanda pública y de las familias. Porque si nos conformamos con ese tipo de política del relanzamiento unida a una reforma fiscal redistributiva, los ingresos fiscales suplementarios serían absorbidos ampliamente por el reembolso de la deuda pública. Las contribuciones que se impondrían a los más ricos y a las grandes empresas privadas se compensarían con largueza con la renta que sacan de las obligaciones del Estado de las cuales son, con mucho, los principales poseedores y beneficiarios (razón por la cual no quieren oír hablar de anulación de la deuda). 

Por lo tanto está claro que es necesario anular una gran parte de la deuda pública. La amplitud de esa anulación dependerá del grado de conciencia de la población víctima del sistema de la deuda (a ese nivel, la auditoría ciudadana desempeña un papel crucial), de la evolución de la crisis económica y política y sobre todo de las relaciones de fuerza concretas que se construyan en la calle, en las plazas públicas y en los centros de trabajo a través de las movilizaciones actuales y futuras. En algunos países como Grecia, Portugal, Irlanda y Hungría, la cuestión de la anulación de la deuda es un asunto de plena actualidad. Para España e Italia está a punto de serlo. Y pronto este tema será un punto central del debate político en muchos países. 

Las naciones que ya están sometidas al chantaje de los especuladores, del FMI y de otros organismos como la Comisión Europea, conviene que recurran a una moratoria unilateral del reembolso de la deuda pública. Esta propuesta se hizo popular en los países más afectados por la crisis. A finales de noviembre de 2010 en Dublín, una encuesta realizada a 500 personas indicaba que el 57% de los irlandeses encuestados se pronunció a favor de suspender el pago de la deuda (default, en inglés) antes que por la ayuda de emergencia del FMI y de Bruselas. «Default!, say the people» (¡Suspensión!, dice el pueblo) titulaba el Sunday Independent, principal semanario de la isla. Una moratoria unilateral de ese tipo debe combinarse con la realización de una auditoría ciudadana de las deudas públicas que debe permitir que se suministren a la opinión pública las pruebas y los argumentos necesarios para repudiar la parte de la deuda identificada como ilegítima. Como ha mostrado en CADTM en varias publicaciones, el derecho internacional y el derecho interno de los países ofrecen una base legal para una acción de ese tipo, soberana y unilateral. 

La auditoría también debe permitir que se determinen las diversas responsabilidades en el proceso de endeudamiento y que se exija que los responsables, tanto nacionales como internacionales, rindan cuentas ante la justicia. En todos los casos particulares es legítimo que las instituciones privadas y las personas de altas rentas que poseen los títulos de esas deudas soporten la carga de la anulación, porque tienen una amplia responsabilidad en la crisis, de la que por añadidura se han beneficiado. El hecho de que deban soportar esa carga solo es una vuelta justa hacia una mayor justicia social. Por lo tanto es importante crear un registro de los poseedores de títulos con el fin de indemnizar de entre ellos a las personas con rentas bajas y medias. 

Si la auditoría demuestra la existencia de delitos relacionados con el endeudamiento ilegítimo, sus autores deberán ser condenados con severidad a pagar las reparaciones y no se les debe permitir que se libren de las penas de cárcel en función de la gravedad de sus actos. Hay que llevar ante la justicia a las autoridades que asumieron préstamos ilegítimos. 

En cuanto a las deudas que no estén afectadas de ilegitimidad según la auditoría, convendría imponer un esfuerzo a los acreedores en términos de reducción del stock y de las tasas de interés, así como una ampliación del período de reembolso. También sería útil realizar una discriminación positiva a favor de los pequeños poseedores de títulos de deuda pública que habría que reembolsar de forma normal. Por otro lado, la parte del presupuesto del Estado destinada al reembolso de la deuda deberá tener un tope en función de la solvencia económica, la capacidad de los poderes públicos de reembolsar y el carácter irreducible de los gastos sociales. Podemos inspirarnos en lo que hizo Alemania después de la Segunda Guerra Mundial: El acuerdo de Londres de 1953, que consistía en particular en reducir el 62% del stock de la deuda alemana, estipulaba que la relación entre el servicio de la deuda y los ingresos de las exportaciones no debía sobrepasar el 5% (3). Se podría establecer una ratio de este tipo: la suma asignada al reembolso de la deuda no puede exceder el 5% de los ingresos del Estado. 

También es necesario crear un marco legal para evitar que se repita la crisis que empezó en 2007-2008: prohibición de socializar las deudas privadas, obligación de organizar una auditoría permanente de la política de endeudamiento público con participación ciudadana, imprescriptibilidad de los delitos relacionados con el endeudamiento ilegítimo, anulación de las deudas ilegítimas, adopción de la regla de oro de que los gastos públicos que permiten garantizar los derechos humanos fundamentales son irreducibles y están por encima de los gastos relativos al reembolso de la deuda…
Los caminos alternativos no faltan. 

Notas
(3) Éric Toussaint, Banque mondiale…, op. cit., capítulo 4.
Damien Millet (profesor de Matemáticas, portavoz de CADTM France, www.cadtm.org ) y Eric Toussaint (doctor en Ciencias Políticas, presidente de CADTM Bélgica, miembro del Consejo científico de ATTAC France) han escrito AAA , Audit, Annulation, Autre politique , Seuil, 2012. También dirigieron el libro colectivo La Dette ou la Vie, Aden-CADTM, 2011, que recibió el premio del Libro Político en la Feria del Libro Político de Liège en 2011.

Traducido para Rebelión por Caty R.