miércoles, 15 de enero de 2014

Apuntes sobre el tratado de libre comercio UE-EE.UU.

Desde la Segunda Guerra Mundial, la eliminación de las barreras a la inversión y el comercio internacionales ha sido fundamental al proyecto hegemónico estadounidense [1]. El conflicto entre los dos bloques geopolíticos de la Guerra Fría obligó a Occidente a tolerar —e incluso impulsar— modelos desarrollistas y proteccionistas para mantener la estabilidad y la paz social en los países avanzados y el consenso de los países nacidos de la descomposición de viejos imperios. Sin embargo, con la progresiva erosión del movimiento obrero, tales compromisos han devenido innecesarios: todos los gobiernos han pasado a priorizar en su política económica la atracción de la inversión extranjera y la captura de mercados de exportación, alimentando una dinámica de competencia entre países que no deriva, como antaño, en guerra entre intereses imperiales, sino en una creciente acomodación a la voluntad e intereses del capital transnacional. Este proceso, que ha tenido en el FMI y el Banco Mundial sus mejores guardianes, fue armonizándose en el campo comercial e inversor con los acuerdos multilaterales de la Ronda de Uruguay (1986-1995), que llevaron a la formación de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

La OMC, sin embargo, ha resultado menos efectiva a los intereses neoliberales que las viejas instituciones de Bretton Woods: la Ronda de Doha, iniciada en 2001, languidece por los intereses divergentes del Norte y las nuevas potencias del Sur, particularmente en materia agrícola y de patentes.

Una estrategia globalizadora alternativa existía, de forma embrionaria, en la firma de tratados entre estados. Durante los años ochenta, y de forma más acelerada en los noventa, se vivió una auténtica explosión de tratados bilaterales de inversión (TBI) que protegían los intereses de los inversionistas extranjeros ante tribunales internacionales de arbitraje, lo que se justificaba por la “debilidad” de los ordenamientos jurídicos internos de uno (o ambos) países participantes, siendo los acuerdos entre países desarrollados una rareza. Entre 1989 y 1999, el número de TBI entre los países avanzados y el resto pasó de 260 a 737, y de 385 a 1.857 en total [2]. A partir del tratado ALCAN (que unía a México con Canadá y los EE.UU.), los TBI se han completado con el desmantelamiento de los aranceles y cuotas que impedían la libre circulación de mercancías entre los países firmantes, y es a la combinación de ambos pilares a la que alude la expresión Tratado de Libre Comercio (TLC). Estados Unidos ha firmado TLC con países sobre los que, con frecuencia, ejerce un fuerte tutelaje político y económico: en América Latina y los países árabes, y con Israel, Canadá, Australia y Corea del Sur. La mayoría de estos estados mantienen, a su vez, tratados de libre comercio con la UE, y ésta con la mayoría de sus vecinos europeos (entre los cuales quizá pronto contemos a Ucrania) y mediterráneos.

La Administración Obama ha manifestado también en este campo la voluntad de radicalizar el legado de sus predecesores, abriendo negociaciones simultáneas con sus aliados comerciales en el Pacífico (entre los que se incluye Japón) y la UE para formar dos grandes áreas de libre comercio que engloben los archipiélagos actuales en un sistema casi-global de gobernanza. Tras el pequeño rifirrafe causado por el escándalo de espionaje a líderes europeos, la Comisión Europea espera que el TLC entre la UE y los EE.UU. esté listo para su aprobación hacia finales de 2014, y el mismo Obama presiona desde hace tiempo a las Cámaras para que su ratificación sea lo más rápida posible. Todo esto ocurre en la mayor opacidad, a pesar de la magnitud de los cambios regulatorios que se avecinan: eliminación de todos los aranceles entre las dos primeras economías del mundo y establecimiento de reglas comunes —que con toda probabilidad servirían de estándares mundiales— en campos que van de la producción de alimentos a la protección a la inversión extranjera.

A pesar de que el título del tratado sugiere una ausencia de “libre comercio”, el nivel de integración comercial entre EE.UU. y la UE es ya muy elevado. Según el informe preliminar de la UE [3], no se considera que el efecto de la firma de este tratado supere el 0,5% del PIB europeo; y, de limitarse a cambios en el sistema arancelario, estas mejoras se estiman en apenas el 0,1% del PIB. Es más, las estimaciones de la UE deben analizarse con escepticismo. Formuladas bajo la hipótesis de una cantidad de trabajo fija [4], tales cálculos esconden de antemano un sesgo positivo: en plena crisis, es poco probable que las mejoras en la “eficiencia” que derivan de la apertura comercial estimulen la inversión y animen a los sectores más beneficiados a emplear los trabajadores de los sectores obsoletos. Por el contrario, lo más probable es que éstos pasen simplemente a engrosar las filas del paro. Además, los cambios en la actividad económica no conciernen, de forma homogénea, a todos los sectores y países europeos: España, con una estructura productiva relativamente atrasada y una actividad significativa en los sectores más negativamente afectados por los cambios arancelarios (automóviles, química, etc.), podría empeorar fácilmente su situación con este tratado. Dado lo delicado de la posición exterior española, cuyo equilibrio es fundamental (en ausencia de déficits públicos) para reducir la carga del sobrendeudamiento privado, no parece que sea el mejor momento para empeorar los problemas de competitividad del país. Y eso porque, en ausencia de políticas industriales, el ajuste recaería en la demanda interna, que se contraería junto a las importaciones para mejorar la balanza exterior. El resultado final, claro está, sería una depresión de la actividad económica.

En cualquier caso, el interés del acuerdo no reside tanto en su impacto macroeconómico, sino en lo que podrían parecer aspectos menores de un acuerdo comercial, pero que podemos suponer son, en realidad, el objetivo último de sus promotores. El País nos ofrece una indicación de ello cuando escribe: “Es una buena noticia que los dos bloques económicos más importantes del mundo avancen en la dirección de la libertad del comercio sin restricciones [...] poco importa ahora que el impacto concreto sea ese 0,5% del PIB que anticipaba el voluntarista presidente de la Comisión Europea” [5]. En efecto, el Tratado de Libre Comercio entre la UE y los EE.UU. debe permitir la creación de un marco jurídico internacional sobre derechos de propiedad intelectual y regulaciones de salud, consumo, medio ambiente, financiero, etc., que, bajo el principio de simplificar la maraña de normas divergentes, termine reduciéndolas a su mínima expresión y limite el control popular de las mismas.

Como ha señalado recientemente el Corporate Europe Observatory [6], el modus operandi de las negociaciones consiste en integrar a las grandes compañías y organizaciones patronales en la elaboración de las nuevas regulaciones y estándares del TLC (y también de los conflictos que éste, con los años, pueda generar); un privilegio que no se extiende a consumidores y trabajadores y que pervierte el interés general que los negociadores deberían representar [7]. Un ejemplo de lo que esto implica lo encontramos en cómo la City londinense defiende un acuerdo transatlántico a su medida [8]. El modelo británico, más desregulado, iría en contra de las propuestas de algunos Gobiernos europeos (si bien no de la Administración Obama, cuyo esfuerzo regulador en este campo se ha hecho pensando en los intereses de Wall Street) [9]. Sin embargo, parece contar con el apoyo de la Comisión Europea, toda vez que en sus propios cálculos debe ser el ya hipertrofiado sector financiero (banca y seguros) uno de los más beneficiados por el nuevo TLC.

Además de las finanzas, el analista Dean Baker [10] proporciona una lista de otros intereses patronales sensibles, entre los cuales: las patentes farmacéuticas, los derechos intelectuales sobre la cultura, los transgénicos, el ganado hormonado o las normas de fracking, que se sustraen del debate público hacia el oscuro mundo de las regulaciones “comerciales” (apartado en el que la Comisión Europea goza de gran discrecionalidad). Otro sector importante es el de los mercados públicos, especialmente en aquellos sectores en los que la gestión de propiedad pública es todavía dominante.

Por otra parte, parece probable que estas negociaciones generalicen los “investment-state dispute settlements” (ISDS) para arbitrar los conflictos entre Estado e inversores alrededor de los (vagamente definidos) intereses de los últimos en los cambios regulatorios. Estos conflictos se dirimirían al margen de la soberanía nacional y sus jurisdicciones habituales, por tribunales especiales, los ISDS, formados habitualmente por abogados de negocios de cuya imparcialidad no es difícil sospechar. Parece ser que la UE ha exigido garantías adicionales para estos mecanismos tales como la necesidad de que los juicios sean públicos y que los partícipes declaren la existencia de posibles conflictos de interés [11], pero no ha justificado la necesidad de su más que probable adopción (ya que las leyes nacionales y europeas deberían ser suficientes para armonizar el bien común y los intereses de los inversores).

Asociados generalmente a los TBI, los ISDS ya han dado amparo a juicios grotescos. El periodista George Monbiot [12] cita el caso de una compañía minera canadiense que exige compensación a El Salvador por negarle el derecho a explotar una mina que contaminaría el agua de la región; y también el de una tabacalera americana que denunció al gobierno australiano por introducir legislación antitabaco que la Corte Suprema juzgó válida (pero por la que ahora debe responder ante uno de estos tribunales sui generis en Hong Kong). Quizá el caso más emblemático sea el de Argentina, signataria de varios tratados bilaterales de inversión durante los años de Menem (1989-1999) que la expusieron, con la llegada del kirchnerismo, a numerosas demandas por parte de los grandes grupos transnacionales y fondos de inversión [13]. Varias medidas de emergencia (la congelación de precios públicos en servicios esenciales, como agua y electricidad, peajes y tarifas de telecomunicaciones...) y la restructuración de la deuda externa fueron llevados a los tribunales, con un coste (hasta 2008) de más de 1.000 millones de dólares.

Es pronto para saber cuál será el resultado final de las negociaciones del TLC, y los detalles del texto que deberá ser aprobado por el Parlamento Europeo. Pero hay pocos motivos para esperar un acuerdo positivo para los pueblos europeo y estadounidense o para los de otras naciones (especialmente aquellas que se habían resistido, hasta hoy, a este modo de asociación). Al fin y al cabo, no sería la primera vez que desde instituciones europeas se promocionasen tratados que, al profundizar la integración comercial, erosionaran el poder de las instituciones democráticas existentes mediante reglas favorables al capital. Por ello, sería deseable que el rechazo al TLC con los EE.UU. figurara abiertamente en los actos y reivindicaciones de la izquierda, y en su programa para las próximas elecciones europeas.



Notas

[1] Panitch, L.; Gindin, S., The Making of Global Capitalism: the Political Economy of American Empire. Verso, 2013.

[2] UNCTAD report Bilateral Investment Treaties 1959-1999 (2000). http://unctad.org/en/docs/poiteiiad2.en.pdf

[3] Comission Staff Working Document: Impact Assessment Report on the future of EU-US trade relations. Marzo de 2013. http://trade.ec.europa.eu/doclib/docs/2013/march/tradoc_150759.pdf

[4] Así aparece en el modelo que sirve de base al informe de la Comisión Europea. Véase: Francois, J. (ed.), CEPR: ReducingTransatlanticBarrierstoTrade and Investment: AnEconomicAssessment. Marzo de 2013. http://trade.ec.europa.eu/doclib/docs/2013/march/tradoc_150737.pdf

[5] “Libre Comercio Transatlántico”, El País, 07/04/2013. http://economia.elpais.com/economia/2013/04/05/actualidad/1365191795_833075.html

[6] Corporate Europe Observatory: Regulating –none of our business?, 16/10/2013. http://corporateeurope.org/publications/regulation-none-our-business

[7] Véase la carta abierta que varias organizaciones progresistas de ambos lados del Atlántico dirigieron a los negociadores: http://www.citizen.org/documents/public-citizen-letter-to-obama-alerting-to-tafta-concerns.pdf

[8] Quinn, J.; Rushton, K., “EU plots Transatlantic Bank Regulator”, The Daily Telegraph, 06/07/2013. http://www.telegraph.co.uk/finance/newsbysector/banksandfinance/10164821/EU-plots-transatlantic-bank-regulator.html

[9] Nasiripour, S., “Volcker Rule Finalized With Wall Street Responsible For Judging Compliance”, Huffington Post, 12/10/2013. http://www.huffingtonpost.com/2013/12/10/volcker-rule-finalized_n_4422292.html

[10] Baker, D., “The US-EU trade deal: don't buy the hype”, TheGuardian, 15/07/2013. http://www.theguardian.com/commentisfree/2013/jul/15/us-trade-deal-with-europe-hype

[11] Alonso, S., “Companies can lay down the law”. NRC Handelsblad, 18/11/2013. http://www.presseurop.eu/en/content/article/4329021-companies-can-lay-down-law

[12] Monbiot, G., “A Global banon Left-wing Politics”. The Guardian, 05/11/2013. http://www.monbiot.com/2013/11/04/a-global-ban-on-left-wing-politics/

[13] Phillips, T., “Argentina versus el Banco Mundial: ¿Juego limpio o partido arreglado?”. Center for International Policy, 2008. http://www.cipamericas.org/archives/1434

 [Ramon Boixadera i Bosch es economista]
Mientras Tanto

Desde la Segunda Guerra Mundial, la eliminación de las barreras a la inversión y el comercio internacionales ha sido fundamental al proyecto hegemónico estadounidense [1]. El conflicto entre los dos bloques geopolíticos de la Guerra Fría obligó a Occidente a tolerar —e incluso impulsar— modelos desarrollistas y proteccionistas para mantener la estabilidad y la paz social en los países avanzados y el consenso de los países nacidos de la descomposición de viejos imperios. Sin embargo, con la progresiva erosión del movimiento obrero, tales compromisos han devenido innecesarios: todos los gobiernos han pasado a priorizar en su política económica la atracción de la inversión extranjera y la captura de mercados de exportación, alimentando una dinámica de competencia entre países que no deriva, como antaño, en guerra entre intereses imperiales, sino en una creciente acomodación a la voluntad e intereses del capital transnacional. Este proceso, que ha tenido en el FMI y el Banco Mundial sus mejores guardianes, fue armonizándose en el campo comercial e inversor con los acuerdos multilaterales de la Ronda de Uruguay (1986-1995), que llevaron a la formación de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
La OMC, sin embargo, ha resultado menos efectiva a los intereses neoliberales que las viejas instituciones de Bretton Woods: la Ronda de Doha, iniciada en 2001, languidece por los intereses divergentes del Norte y las nuevas potencias del Sur, particularmente en materia agrícola y de patentes.
Una estrategia globalizadora alternativa existía, de forma embrionaria, en la firma de tratados entre estados. Durante los años ochenta, y de forma más acelerada en los noventa, se vivió una auténtica explosión de tratados bilaterales de inversión (TBI) que protegían los intereses de los inversionistas extranjeros ante tribunales internacionales de arbitraje, lo que se justificaba por la “debilidad” de los ordenamientos jurídicos internos de uno (o ambos) países participantes, siendo los acuerdos entre países desarrollados una rareza. Entre 1989 y 1999, el número de TBI entre los países avanzados y el resto pasó de 260 a 737, y de 385 a 1.857 en total [2]. A partir del tratado ALCAN (que unía a México con Canadá y los EE.UU.), los TBI se han completado con el desmantelamiento de los aranceles y cuotas que impedían la libre circulación de mercancías entre los países firmantes, y es a la combinación de ambos pilares a la que alude la expresión Tratado de Libre Comercio (TLC). Estados Unidos ha firmado TLC con países sobre los que, con frecuencia, ejerce un fuerte tutelaje político y económico: en América Latina y los países árabes, y con Israel, Canadá, Australia y Corea del Sur. La mayoría de estos estados mantienen, a su vez, tratados de libre comercio con la UE, y ésta con la mayoría de sus vecinos europeos (entre los cuales quizá pronto contemos a Ucrania) y mediterráneos.
La Administración Obama ha manifestado también en este campo la voluntad de radicalizar el legado de sus predecesores, abriendo negociaciones simultáneas con sus aliados comerciales en el Pacífico (entre los que se incluye Japón) y la UE para formar dos grandes áreas de libre comercio que engloben los archipiélagos actuales en un sistema casi-global de gobernanza. Tras el pequeño rifirrafe causado por el escándalo de espionaje a líderes europeos, la Comisión Europea espera que el TLC entre la UE y los EE.UU. esté listo para su aprobación hacia finales de 2014, y el mismo Obama presiona desde hace tiempo a las Cámaras para que su ratificación sea lo más rápida posible. Todo esto ocurre en la mayor opacidad, a pesar de la magnitud de los cambios regulatorios que se avecinan: eliminación de todos los aranceles entre las dos primeras economías del mundo y establecimiento de reglas comunes —que con toda probabilidad servirían de estándares mundiales— en campos que van de la producción de alimentos a la protección a la inversión extranjera.
A pesar de que el título del tratado sugiere una ausencia de “libre comercio”, el nivel de integración comercial entre EE.UU. y la UE es ya muy elevado. Según el informe preliminar de la UE [3], no se considera que el efecto de la firma de este tratado supere el 0,5% del PIB europeo; y, de limitarse a cambios en el sistema arancelario, estas mejoras se estiman en apenas el 0,1% del PIB. Es más, las estimaciones de la UE deben analizarse con escepticismo. Formuladas bajo la hipótesis de una cantidad de trabajo fija [4], tales cálculos esconden de antemano un sesgo positivo: en plena crisis, es poco probable que las mejoras en la “eficiencia” que derivan de la apertura comercial estimulen la inversión y animen a los sectores más beneficiados a emplear los trabajadores de los sectores obsoletos. Por el contrario, lo más probable es que éstos pasen simplemente a engrosar las filas del paro. Además, los cambios en la actividad económica no conciernen, de forma homogénea, a todos los sectores y países europeos: España, con una estructura productiva relativamente atrasada y una actividad significativa en los sectores más negativamente afectados por los cambios arancelarios (automóviles, química, etc.), podría empeorar fácilmente su situación con este tratado. Dado lo delicado de la posición exterior española, cuyo equilibrio es fundamental (en ausencia de déficits públicos) para reducir la carga del sobrendeudamiento privado, no parece que sea el mejor momento para empeorar los problemas de competitividad del país. Y eso porque, en ausencia de políticas industriales, el ajuste recaería en la demanda interna, que se contraería junto a las importaciones para mejorar la balanza exterior. El resultado final, claro está, sería una depresión de la actividad económica.
En cualquier caso, el interés del acuerdo no reside tanto en su impacto macroeconómico, sino en lo que podrían parecer aspectos menores de un acuerdo comercial, pero que podemos suponer son, en realidad, el objetivo último de sus promotores. El País nos ofrece una indicación de ello cuando escribe: “Es una buena noticia que los dos bloques económicos más importantes del mundo avancen en la dirección de la libertad del comercio sin restricciones [...] poco importa ahora que el impacto concreto sea ese 0,5% del PIB que anticipaba el voluntarista presidente de la Comisión Europea” [5]. En efecto, el Tratado de Libre Comercio entre la UE y los EE.UU. debe permitir la creación de un marco jurídico internacional sobre derechos de propiedad intelectual y regulaciones de salud, consumo, medio ambiente, financiero, etc., que, bajo el principio de simplificar la maraña de normas divergentes, termine reduciéndolas a su mínima expresión y limite el control popular de las mismas.
Como ha señalado recientemente el Corporate Europe Observatory [6], el modus operandi de las negociaciones consiste en integrar a las grandes compañías y organizaciones patronales en la elaboración de las nuevas regulaciones y estándares del TLC (y también de los conflictos que éste, con los años, pueda generar); un privilegio que no se extiende a consumidores y trabajadores y que pervierte el interés general que los negociadores deberían representar [7]. Un ejemplo de lo que esto implica lo encontramos en cómo la City londinense defiende un acuerdo transatlántico a su medida [8]. El modelo británico, más desregulado, iría en contra de las propuestas de algunos Gobiernos europeos (si bien no de la Administración Obama, cuyo esfuerzo regulador en este campo se ha hecho pensando en los intereses de Wall Street) [9]. Sin embargo, parece contar con el apoyo de la Comisión Europea, toda vez que en sus propios cálculos debe ser el ya hipertrofiado sector financiero (banca y seguros) uno de los más beneficiados por el nuevo TLC.
Además de las finanzas, el analista Dean Baker [10] proporciona una lista de otros intereses patronales sensibles, entre los cuales: las patentes farmacéuticas, los derechos intelectuales sobre la cultura, los transgénicos, el ganado hormonado o las normas de fracking, que se sustraen del debate público hacia el oscuro mundo de las regulaciones “comerciales” (apartado en el que la Comisión Europea goza de gran discrecionalidad). Otro sector importante es el de los mercados públicos, especialmente en aquellos sectores en los que la gestión de propiedad pública es todavía dominante.
Por otra parte, parece probable que estas negociaciones generalicen los “investment-state dispute settlements” (ISDS) para arbitrar los conflictos entre Estado e inversores alrededor de los (vagamente definidos) intereses de los últimos en los cambios regulatorios. Estos conflictos se dirimirían al margen de la soberanía nacional y sus jurisdicciones habituales, por tribunales especiales, los ISDS, formados habitualmente por abogados de negocios de cuya imparcialidad no es difícil sospechar. Parece ser que la UE ha exigido garantías adicionales para estos mecanismos tales como la necesidad de que los juicios sean públicos y que los partícipes declaren la existencia de posibles conflictos de interés [11], pero no ha justificado la necesidad de su más que probable adopción (ya que las leyes nacionales y europeas deberían ser suficientes para armonizar el bien común y los intereses de los inversores).
Asociados generalmente a los TBI, los ISDS ya han dado amparo a juicios grotescos. El periodista George Monbiot [12] cita el caso de una compañía minera canadiense que exige compensación a El Salvador por negarle el derecho a explotar una mina que contaminaría el agua de la región; y también el de una tabacalera americana que denunció al gobierno australiano por introducir legislación antitabaco que la Corte Suprema juzgó válida (pero por la que ahora debe responder ante uno de estos tribunales sui generis en Hong Kong). Quizá el caso más emblemático sea el de Argentina, signataria de varios tratados bilaterales de inversión durante los años de Menem (1989-1999) que la expusieron, con la llegada del kirchnerismo, a numerosas demandas por parte de los grandes grupos transnacionales y fondos de inversión [13]. Varias medidas de emergencia (la congelación de precios públicos en servicios esenciales, como agua y electricidad, peajes y tarifas de telecomunicaciones...) y la restructuración de la deuda externa fueron llevados a los tribunales, con un coste (hasta 2008) de más de 1.000 millones de dólares.
Es pronto para saber cuál será el resultado final de las negociaciones del TLC, y los detalles del texto que deberá ser aprobado por el Parlamento Europeo. Pero hay pocos motivos para esperar un acuerdo positivo para los pueblos europeo y estadounidense o para los de otras naciones (especialmente aquellas que se habían resistido, hasta hoy, a este modo de asociación). Al fin y al cabo, no sería la primera vez que desde instituciones europeas se promocionasen tratados que, al profundizar la integración comercial, erosionaran el poder de las instituciones democráticas existentes mediante reglas favorables al capital. Por ello, sería deseable que el rechazo al TLC con los EE.UU. figurara abiertamente en los actos y reivindicaciones de la izquierda, y en su programa para las próximas elecciones europeas.

Notas
[1] Panitch, L.; Gindin, S., The Making of Global Capitalism: the Political Economy of American Empire. Verso, 2013.
[2] UNCTAD report Bilateral Investment Treaties 1959-1999 (2000). http://unctad.org/en/docs/poiteiiad2.en.pdf
[3] Comission Staff Working Document: Impact Assessment Report on the future of EU-US trade relations. Marzo de 2013. http://trade.ec.europa.eu/doclib/docs/2013/march/tradoc_150759.pdf
[4] Así aparece en el modelo que sirve de base al informe de la Comisión Europea. Véase: Francois, J. (ed.), CEPR: ReducingTransatlanticBarrierstoTrade and Investment: AnEconomicAssessment. Marzo de 2013. http://trade.ec.europa.eu/doclib/docs/2013/march/tradoc_150737.pdf
[5] “Libre Comercio Transatlántico”, El País, 07/04/2013. http://economia.elpais.com/economia/2013/04/05/actualidad/1365191795_833075.html
[6] Corporate Europe Observatory: Regulating –none of our business?, 16/10/2013. http://corporateeurope.org/publications/regulation-none-our-business
[7] Véase la carta abierta que varias organizaciones progresistas de ambos lados del Atlántico dirigieron a los negociadores: http://www.citizen.org/documents/public-citizen-letter-to-obama-alerting-to-tafta-concerns.pdf
[8] Quinn, J.; Rushton, K., “EU plots Transatlantic Bank Regulator”, The Daily Telegraph, 06/07/2013. http://www.telegraph.co.uk/finance/newsbysector/banksandfinance/10164821/EU-plots-transatlantic-bank-regulator.html
[9] Nasiripour, S., “Volcker Rule Finalized With Wall Street Responsible For Judging Compliance”, Huffington Post, 12/10/2013. http://www.huffingtonpost.com/2013/12/10/volcker-rule-finalized_n_4422292.html
[10] Baker, D., “The US-EU trade deal: don't buy the hype”, TheGuardian, 15/07/2013. http://www.theguardian.com/commentisfree/2013/jul/15/us-trade-deal-with-europe-hype
[11] Alonso, S., “Companies can lay down the law”. NRC Handelsblad, 18/11/2013. http://www.presseurop.eu/en/content/article/4329021-companies-can-lay-down-law
[12] Monbiot, G., “A Global banon Left-wing Politics”. The Guardian, 05/11/2013. http://www.monbiot.com/2013/11/04/a-global-ban-on-left-wing-politics/
[13] Phillips, T., “Argentina versus el Banco Mundial: ¿Juego limpio o partido arreglado?”. Center for International Policy, 2008. http://www.cipamericas.org/archives/1434

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Desde la Segunda Guerra Mundial, la eliminación de las barreras a la inversión y el comercio internacionales ha sido fundamental al proyecto hegemónico estadounidense [1]. El conflicto entre los dos bloques geopolíticos de la Guerra Fría obligó a Occidente a tolerar —e incluso impulsar— modelos desarrollistas y proteccionistas para mantener la estabilidad y la paz social en los países avanzados y el consenso de los países nacidos de la descomposición de viejos imperios. Sin embargo, con la progresiva erosión del movimiento obrero, tales compromisos han devenido innecesarios: todos los gobiernos han pasado a priorizar en su política económica la atracción de la inversión extranjera y la captura de mercados de exportación, alimentando una dinámica de competencia entre países que no deriva, como antaño, en guerra entre intereses imperiales, sino en una creciente acomodación a la voluntad e intereses del capital transnacional. Este proceso, que ha tenido en el FMI y el Banco Mundial sus mejores guardianes, fue armonizándose en el campo comercial e inversor con los acuerdos multilaterales de la Ronda de Uruguay (1986-1995), que llevaron a la formación de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
La OMC, sin embargo, ha resultado menos efectiva a los intereses neoliberales que las viejas instituciones de Bretton Woods: la Ronda de Doha, iniciada en 2001, languidece por los intereses divergentes del Norte y las nuevas potencias del Sur, particularmente en materia agrícola y de patentes.
Una estrategia globalizadora alternativa existía, de forma embrionaria, en la firma de tratados entre estados. Durante los años ochenta, y de forma más acelerada en los noventa, se vivió una auténtica explosión de tratados bilaterales de inversión (TBI) que protegían los intereses de los inversionistas extranjeros ante tribunales internacionales de arbitraje, lo que se justificaba por la “debilidad” de los ordenamientos jurídicos internos de uno (o ambos) países participantes, siendo los acuerdos entre países desarrollados una rareza. Entre 1989 y 1999, el número de TBI entre los países avanzados y el resto pasó de 260 a 737, y de 385 a 1.857 en total [2]. A partir del tratado ALCAN (que unía a México con Canadá y los EE.UU.), los TBI se han completado con el desmantelamiento de los aranceles y cuotas que impedían la libre circulación de mercancías entre los países firmantes, y es a la combinación de ambos pilares a la que alude la expresión Tratado de Libre Comercio (TLC). Estados Unidos ha firmado TLC con países sobre los que, con frecuencia, ejerce un fuerte tutelaje político y económico: en América Latina y los países árabes, y con Israel, Canadá, Australia y Corea del Sur. La mayoría de estos estados mantienen, a su vez, tratados de libre comercio con la UE, y ésta con la mayoría de sus vecinos europeos (entre los cuales quizá pronto contemos a Ucrania) y mediterráneos.
La Administración Obama ha manifestado también en este campo la voluntad de radicalizar el legado de sus predecesores, abriendo negociaciones simultáneas con sus aliados comerciales en el Pacífico (entre los que se incluye Japón) y la UE para formar dos grandes áreas de libre comercio que engloben los archipiélagos actuales en un sistema casi-global de gobernanza. Tras el pequeño rifirrafe causado por el escándalo de espionaje a líderes europeos, la Comisión Europea espera que el TLC entre la UE y los EE.UU. esté listo para su aprobación hacia finales de 2014, y el mismo Obama presiona desde hace tiempo a las Cámaras para que su ratificación sea lo más rápida posible. Todo esto ocurre en la mayor opacidad, a pesar de la magnitud de los cambios regulatorios que se avecinan: eliminación de todos los aranceles entre las dos primeras economías del mundo y establecimiento de reglas comunes —que con toda probabilidad servirían de estándares mundiales— en campos que van de la producción de alimentos a la protección a la inversión extranjera.
A pesar de que el título del tratado sugiere una ausencia de “libre comercio”, el nivel de integración comercial entre EE.UU. y la UE es ya muy elevado. Según el informe preliminar de la UE [3], no se considera que el efecto de la firma de este tratado supere el 0,5% del PIB europeo; y, de limitarse a cambios en el sistema arancelario, estas mejoras se estiman en apenas el 0,1% del PIB. Es más, las estimaciones de la UE deben analizarse con escepticismo. Formuladas bajo la hipótesis de una cantidad de trabajo fija [4], tales cálculos esconden de antemano un sesgo positivo: en plena crisis, es poco probable que las mejoras en la “eficiencia” que derivan de la apertura comercial estimulen la inversión y animen a los sectores más beneficiados a emplear los trabajadores de los sectores obsoletos. Por el contrario, lo más probable es que éstos pasen simplemente a engrosar las filas del paro. Además, los cambios en la actividad económica no conciernen, de forma homogénea, a todos los sectores y países europeos: España, con una estructura productiva relativamente atrasada y una actividad significativa en los sectores más negativamente afectados por los cambios arancelarios (automóviles, química, etc.), podría empeorar fácilmente su situación con este tratado. Dado lo delicado de la posición exterior española, cuyo equilibrio es fundamental (en ausencia de déficits públicos) para reducir la carga del sobrendeudamiento privado, no parece que sea el mejor momento para empeorar los problemas de competitividad del país. Y eso porque, en ausencia de políticas industriales, el ajuste recaería en la demanda interna, que se contraería junto a las importaciones para mejorar la balanza exterior. El resultado final, claro está, sería una depresión de la actividad económica.
En cualquier caso, el interés del acuerdo no reside tanto en su impacto macroeconómico, sino en lo que podrían parecer aspectos menores de un acuerdo comercial, pero que podemos suponer son, en realidad, el objetivo último de sus promotores. El País nos ofrece una indicación de ello cuando escribe: “Es una buena noticia que los dos bloques económicos más importantes del mundo avancen en la dirección de la libertad del comercio sin restricciones [...] poco importa ahora que el impacto concreto sea ese 0,5% del PIB que anticipaba el voluntarista presidente de la Comisión Europea” [5]. En efecto, el Tratado de Libre Comercio entre la UE y los EE.UU. debe permitir la creación de un marco jurídico internacional sobre derechos de propiedad intelectual y regulaciones de salud, consumo, medio ambiente, financiero, etc., que, bajo el principio de simplificar la maraña de normas divergentes, termine reduciéndolas a su mínima expresión y limite el control popular de las mismas.
Como ha señalado recientemente el Corporate Europe Observatory [6], el modus operandi de las negociaciones consiste en integrar a las grandes compañías y organizaciones patronales en la elaboración de las nuevas regulaciones y estándares del TLC (y también de los conflictos que éste, con los años, pueda generar); un privilegio que no se extiende a consumidores y trabajadores y que pervierte el interés general que los negociadores deberían representar [7]. Un ejemplo de lo que esto implica lo encontramos en cómo la City londinense defiende un acuerdo transatlántico a su medida [8]. El modelo británico, más desregulado, iría en contra de las propuestas de algunos Gobiernos europeos (si bien no de la Administración Obama, cuyo esfuerzo regulador en este campo se ha hecho pensando en los intereses de Wall Street) [9]. Sin embargo, parece contar con el apoyo de la Comisión Europea, toda vez que en sus propios cálculos debe ser el ya hipertrofiado sector financiero (banca y seguros) uno de los más beneficiados por el nuevo TLC.
Además de las finanzas, el analista Dean Baker [10] proporciona una lista de otros intereses patronales sensibles, entre los cuales: las patentes farmacéuticas, los derechos intelectuales sobre la cultura, los transgénicos, el ganado hormonado o las normas de fracking, que se sustraen del debate público hacia el oscuro mundo de las regulaciones “comerciales” (apartado en el que la Comisión Europea goza de gran discrecionalidad). Otro sector importante es el de los mercados públicos, especialmente en aquellos sectores en los que la gestión de propiedad pública es todavía dominante.
Por otra parte, parece probable que estas negociaciones generalicen los “investment-state dispute settlements” (ISDS) para arbitrar los conflictos entre Estado e inversores alrededor de los (vagamente definidos) intereses de los últimos en los cambios regulatorios. Estos conflictos se dirimirían al margen de la soberanía nacional y sus jurisdicciones habituales, por tribunales especiales, los ISDS, formados habitualmente por abogados de negocios de cuya imparcialidad no es difícil sospechar. Parece ser que la UE ha exigido garantías adicionales para estos mecanismos tales como la necesidad de que los juicios sean públicos y que los partícipes declaren la existencia de posibles conflictos de interés [11], pero no ha justificado la necesidad de su más que probable adopción (ya que las leyes nacionales y europeas deberían ser suficientes para armonizar el bien común y los intereses de los inversores).
Asociados generalmente a los TBI, los ISDS ya han dado amparo a juicios grotescos. El periodista George Monbiot [12] cita el caso de una compañía minera canadiense que exige compensación a El Salvador por negarle el derecho a explotar una mina que contaminaría el agua de la región; y también el de una tabacalera americana que denunció al gobierno australiano por introducir legislación antitabaco que la Corte Suprema juzgó válida (pero por la que ahora debe responder ante uno de estos tribunales sui generis en Hong Kong). Quizá el caso más emblemático sea el de Argentina, signataria de varios tratados bilaterales de inversión durante los años de Menem (1989-1999) que la expusieron, con la llegada del kirchnerismo, a numerosas demandas por parte de los grandes grupos transnacionales y fondos de inversión [13]. Varias medidas de emergencia (la congelación de precios públicos en servicios esenciales, como agua y electricidad, peajes y tarifas de telecomunicaciones...) y la restructuración de la deuda externa fueron llevados a los tribunales, con un coste (hasta 2008) de más de 1.000 millones de dólares.
Es pronto para saber cuál será el resultado final de las negociaciones del TLC, y los detalles del texto que deberá ser aprobado por el Parlamento Europeo. Pero hay pocos motivos para esperar un acuerdo positivo para los pueblos europeo y estadounidense o para los de otras naciones (especialmente aquellas que se habían resistido, hasta hoy, a este modo de asociación). Al fin y al cabo, no sería la primera vez que desde instituciones europeas se promocionasen tratados que, al profundizar la integración comercial, erosionaran el poder de las instituciones democráticas existentes mediante reglas favorables al capital. Por ello, sería deseable que el rechazo al TLC con los EE.UU. figurara abiertamente en los actos y reivindicaciones de la izquierda, y en su programa para las próximas elecciones europeas.

Notas
[1] Panitch, L.; Gindin, S., The Making of Global Capitalism: the Political Economy of American Empire. Verso, 2013.
[2] UNCTAD report Bilateral Investment Treaties 1959-1999 (2000). http://unctad.org/en/docs/poiteiiad2.en.pdf
[3] Comission Staff Working Document: Impact Assessment Report on the future of EU-US trade relations. Marzo de 2013. http://trade.ec.europa.eu/doclib/docs/2013/march/tradoc_150759.pdf
[4] Así aparece en el modelo que sirve de base al informe de la Comisión Europea. Véase: Francois, J. (ed.), CEPR: ReducingTransatlanticBarrierstoTrade and Investment: AnEconomicAssessment. Marzo de 2013. http://trade.ec.europa.eu/doclib/docs/2013/march/tradoc_150737.pdf
[5] “Libre Comercio Transatlántico”, El País, 07/04/2013. http://economia.elpais.com/economia/2013/04/05/actualidad/1365191795_833075.html
[6] Corporate Europe Observatory: Regulating –none of our business?, 16/10/2013. http://corporateeurope.org/publications/regulation-none-our-business
[7] Véase la carta abierta que varias organizaciones progresistas de ambos lados del Atlántico dirigieron a los negociadores: http://www.citizen.org/documents/public-citizen-letter-to-obama-alerting-to-tafta-concerns.pdf
[8] Quinn, J.; Rushton, K., “EU plots Transatlantic Bank Regulator”, The Daily Telegraph, 06/07/2013. http://www.telegraph.co.uk/finance/newsbysector/banksandfinance/10164821/EU-plots-transatlantic-bank-regulator.html
[9] Nasiripour, S., “Volcker Rule Finalized With Wall Street Responsible For Judging Compliance”, Huffington Post, 12/10/2013. http://www.huffingtonpost.com/2013/12/10/volcker-rule-finalized_n_4422292.html
[10] Baker, D., “The US-EU trade deal: don't buy the hype”, TheGuardian, 15/07/2013. http://www.theguardian.com/commentisfree/2013/jul/15/us-trade-deal-with-europe-hype
[11] Alonso, S., “Companies can lay down the law”. NRC Handelsblad, 18/11/2013. http://www.presseurop.eu/en/content/article/4329021-companies-can-lay-down-law
[12] Monbiot, G., “A Global banon Left-wing Politics”. The Guardian, 05/11/2013. http://www.monbiot.com/2013/11/04/a-global-ban-on-left-wing-politics/
[13] Phillips, T., “Argentina versus el Banco Mundial: ¿Juego limpio o partido arreglado?”. Center for International Policy, 2008. http://www.cipamericas.org/archives/1434

[Ramon Boixadera i Bosch es economista]
- See more at: http://www.mientrastanto.org/boletin-120/notas/apuntes-sobre-el-tratado-de-libre-comercio-ue-eeuu#sthash.t3Gsjdpb.dpuf
Desde la Segunda Guerra Mundial, la eliminación de las barreras a la inversión y el comercio internacionales ha sido fundamental al proyecto hegemónico estadounidense [1]. El conflicto entre los dos bloques geopolíticos de la Guerra Fría obligó a Occidente a tolerar —e incluso impulsar— modelos desarrollistas y proteccionistas para mantener la estabilidad y la paz social en los países avanzados y el consenso de los países nacidos de la descomposición de viejos imperios. Sin embargo, con la progresiva erosión del movimiento obrero, tales compromisos han devenido innecesarios: todos los gobiernos han pasado a priorizar en su política económica la atracción de la inversión extranjera y la captura de mercados de exportación, alimentando una dinámica de competencia entre países que no deriva, como antaño, en guerra entre intereses imperiales, sino en una creciente acomodación a la voluntad e intereses del capital transnacional. Este proceso, que ha tenido en el FMI y el Banco Mundial sus mejores guardianes, fue armonizándose en el campo comercial e inversor con los acuerdos multilaterales de la Ronda de Uruguay (1986-1995), que llevaron a la formación de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
La OMC, sin embargo, ha resultado menos efectiva a los intereses neoliberales que las viejas instituciones de Bretton Woods: la Ronda de Doha, iniciada en 2001, languidece por los intereses divergentes del Norte y las nuevas potencias del Sur, particularmente en materia agrícola y de patentes.
Una estrategia globalizadora alternativa existía, de forma embrionaria, en la firma de tratados entre estados. Durante los años ochenta, y de forma más acelerada en los noventa, se vivió una auténtica explosión de tratados bilaterales de inversión (TBI) que protegían los intereses de los inversionistas extranjeros ante tribunales internacionales de arbitraje, lo que se justificaba por la “debilidad” de los ordenamientos jurídicos internos de uno (o ambos) países participantes, siendo los acuerdos entre países desarrollados una rareza. Entre 1989 y 1999, el número de TBI entre los países avanzados y el resto pasó de 260 a 737, y de 385 a 1.857 en total [2]. A partir del tratado ALCAN (que unía a México con Canadá y los EE.UU.), los TBI se han completado con el desmantelamiento de los aranceles y cuotas que impedían la libre circulación de mercancías entre los países firmantes, y es a la combinación de ambos pilares a la que alude la expresión Tratado de Libre Comercio (TLC). Estados Unidos ha firmado TLC con países sobre los que, con frecuencia, ejerce un fuerte tutelaje político y económico: en América Latina y los países árabes, y con Israel, Canadá, Australia y Corea del Sur. La mayoría de estos estados mantienen, a su vez, tratados de libre comercio con la UE, y ésta con la mayoría de sus vecinos europeos (entre los cuales quizá pronto contemos a Ucrania) y mediterráneos.
La Administración Obama ha manifestado también en este campo la voluntad de radicalizar el legado de sus predecesores, abriendo negociaciones simultáneas con sus aliados comerciales en el Pacífico (entre los que se incluye Japón) y la UE para formar dos grandes áreas de libre comercio que engloben los archipiélagos actuales en un sistema casi-global de gobernanza. Tras el pequeño rifirrafe causado por el escándalo de espionaje a líderes europeos, la Comisión Europea espera que el TLC entre la UE y los EE.UU. esté listo para su aprobación hacia finales de 2014, y el mismo Obama presiona desde hace tiempo a las Cámaras para que su ratificación sea lo más rápida posible. Todo esto ocurre en la mayor opacidad, a pesar de la magnitud de los cambios regulatorios que se avecinan: eliminación de todos los aranceles entre las dos primeras economías del mundo y establecimiento de reglas comunes —que con toda probabilidad servirían de estándares mundiales— en campos que van de la producción de alimentos a la protección a la inversión extranjera.
A pesar de que el título del tratado sugiere una ausencia de “libre comercio”, el nivel de integración comercial entre EE.UU. y la UE es ya muy elevado. Según el informe preliminar de la UE [3], no se considera que el efecto de la firma de este tratado supere el 0,5% del PIB europeo; y, de limitarse a cambios en el sistema arancelario, estas mejoras se estiman en apenas el 0,1% del PIB. Es más, las estimaciones de la UE deben analizarse con escepticismo. Formuladas bajo la hipótesis de una cantidad de trabajo fija [4], tales cálculos esconden de antemano un sesgo positivo: en plena crisis, es poco probable que las mejoras en la “eficiencia” que derivan de la apertura comercial estimulen la inversión y animen a los sectores más beneficiados a emplear los trabajadores de los sectores obsoletos. Por el contrario, lo más probable es que éstos pasen simplemente a engrosar las filas del paro. Además, los cambios en la actividad económica no conciernen, de forma homogénea, a todos los sectores y países europeos: España, con una estructura productiva relativamente atrasada y una actividad significativa en los sectores más negativamente afectados por los cambios arancelarios (automóviles, química, etc.), podría empeorar fácilmente su situación con este tratado. Dado lo delicado de la posición exterior española, cuyo equilibrio es fundamental (en ausencia de déficits públicos) para reducir la carga del sobrendeudamiento privado, no parece que sea el mejor momento para empeorar los problemas de competitividad del país. Y eso porque, en ausencia de políticas industriales, el ajuste recaería en la demanda interna, que se contraería junto a las importaciones para mejorar la balanza exterior. El resultado final, claro está, sería una depresión de la actividad económica.
En cualquier caso, el interés del acuerdo no reside tanto en su impacto macroeconómico, sino en lo que podrían parecer aspectos menores de un acuerdo comercial, pero que podemos suponer son, en realidad, el objetivo último de sus promotores. El País nos ofrece una indicación de ello cuando escribe: “Es una buena noticia que los dos bloques económicos más importantes del mundo avancen en la dirección de la libertad del comercio sin restricciones [...] poco importa ahora que el impacto concreto sea ese 0,5% del PIB que anticipaba el voluntarista presidente de la Comisión Europea” [5]. En efecto, el Tratado de Libre Comercio entre la UE y los EE.UU. debe permitir la creación de un marco jurídico internacional sobre derechos de propiedad intelectual y regulaciones de salud, consumo, medio ambiente, financiero, etc., que, bajo el principio de simplificar la maraña de normas divergentes, termine reduciéndolas a su mínima expresión y limite el control popular de las mismas.
Como ha señalado recientemente el Corporate Europe Observatory [6], el modus operandi de las negociaciones consiste en integrar a las grandes compañías y organizaciones patronales en la elaboración de las nuevas regulaciones y estándares del TLC (y también de los conflictos que éste, con los años, pueda generar); un privilegio que no se extiende a consumidores y trabajadores y que pervierte el interés general que los negociadores deberían representar [7]. Un ejemplo de lo que esto implica lo encontramos en cómo la City londinense defiende un acuerdo transatlántico a su medida [8]. El modelo británico, más desregulado, iría en contra de las propuestas de algunos Gobiernos europeos (si bien no de la Administración Obama, cuyo esfuerzo regulador en este campo se ha hecho pensando en los intereses de Wall Street) [9]. Sin embargo, parece contar con el apoyo de la Comisión Europea, toda vez que en sus propios cálculos debe ser el ya hipertrofiado sector financiero (banca y seguros) uno de los más beneficiados por el nuevo TLC.
Además de las finanzas, el analista Dean Baker [10] proporciona una lista de otros intereses patronales sensibles, entre los cuales: las patentes farmacéuticas, los derechos intelectuales sobre la cultura, los transgénicos, el ganado hormonado o las normas de fracking, que se sustraen del debate público hacia el oscuro mundo de las regulaciones “comerciales” (apartado en el que la Comisión Europea goza de gran discrecionalidad). Otro sector importante es el de los mercados públicos, especialmente en aquellos sectores en los que la gestión de propiedad pública es todavía dominante.
Por otra parte, parece probable que estas negociaciones generalicen los “investment-state dispute settlements” (ISDS) para arbitrar los conflictos entre Estado e inversores alrededor de los (vagamente definidos) intereses de los últimos en los cambios regulatorios. Estos conflictos se dirimirían al margen de la soberanía nacional y sus jurisdicciones habituales, por tribunales especiales, los ISDS, formados habitualmente por abogados de negocios de cuya imparcialidad no es difícil sospechar. Parece ser que la UE ha exigido garantías adicionales para estos mecanismos tales como la necesidad de que los juicios sean públicos y que los partícipes declaren la existencia de posibles conflictos de interés [11], pero no ha justificado la necesidad de su más que probable adopción (ya que las leyes nacionales y europeas deberían ser suficientes para armonizar el bien común y los intereses de los inversores).
Asociados generalmente a los TBI, los ISDS ya han dado amparo a juicios grotescos. El periodista George Monbiot [12] cita el caso de una compañía minera canadiense que exige compensación a El Salvador por negarle el derecho a explotar una mina que contaminaría el agua de la región; y también el de una tabacalera americana que denunció al gobierno australiano por introducir legislación antitabaco que la Corte Suprema juzgó válida (pero por la que ahora debe responder ante uno de estos tribunales sui generis en Hong Kong). Quizá el caso más emblemático sea el de Argentina, signataria de varios tratados bilaterales de inversión durante los años de Menem (1989-1999) que la expusieron, con la llegada del kirchnerismo, a numerosas demandas por parte de los grandes grupos transnacionales y fondos de inversión [13]. Varias medidas de emergencia (la congelación de precios públicos en servicios esenciales, como agua y electricidad, peajes y tarifas de telecomunicaciones...) y la restructuración de la deuda externa fueron llevados a los tribunales, con un coste (hasta 2008) de más de 1.000 millones de dólares.
Es pronto para saber cuál será el resultado final de las negociaciones del TLC, y los detalles del texto que deberá ser aprobado por el Parlamento Europeo. Pero hay pocos motivos para esperar un acuerdo positivo para los pueblos europeo y estadounidense o para los de otras naciones (especialmente aquellas que se habían resistido, hasta hoy, a este modo de asociación). Al fin y al cabo, no sería la primera vez que desde instituciones europeas se promocionasen tratados que, al profundizar la integración comercial, erosionaran el poder de las instituciones democráticas existentes mediante reglas favorables al capital. Por ello, sería deseable que el rechazo al TLC con los EE.UU. figurara abiertamente en los actos y reivindicaciones de la izquierda, y en su programa para las próximas elecciones europeas.

Notas
[1] Panitch, L.; Gindin, S., The Making of Global Capitalism: the Political Economy of American Empire. Verso, 2013.
[2] UNCTAD report Bilateral Investment Treaties 1959-1999 (2000). http://unctad.org/en/docs/poiteiiad2.en.pdf
[3] Comission Staff Working Document: Impact Assessment Report on the future of EU-US trade relations. Marzo de 2013. http://trade.ec.europa.eu/doclib/docs/2013/march/tradoc_150759.pdf
[4] Así aparece en el modelo que sirve de base al informe de la Comisión Europea. Véase: Francois, J. (ed.), CEPR: ReducingTransatlanticBarrierstoTrade and Investment: AnEconomicAssessment. Marzo de 2013. http://trade.ec.europa.eu/doclib/docs/2013/march/tradoc_150737.pdf
[5] “Libre Comercio Transatlántico”, El País, 07/04/2013. http://economia.elpais.com/economia/2013/04/05/actualidad/1365191795_833075.html
[6] Corporate Europe Observatory: Regulating –none of our business?, 16/10/2013. http://corporateeurope.org/publications/regulation-none-our-business
[7] Véase la carta abierta que varias organizaciones progresistas de ambos lados del Atlántico dirigieron a los negociadores: http://www.citizen.org/documents/public-citizen-letter-to-obama-alerting-to-tafta-concerns.pdf
[8] Quinn, J.; Rushton, K., “EU plots Transatlantic Bank Regulator”, The Daily Telegraph, 06/07/2013. http://www.telegraph.co.uk/finance/newsbysector/banksandfinance/10164821/EU-plots-transatlantic-bank-regulator.html
[9] Nasiripour, S., “Volcker Rule Finalized With Wall Street Responsible For Judging Compliance”, Huffington Post, 12/10/2013. http://www.huffingtonpost.com/2013/12/10/volcker-rule-finalized_n_4422292.html
[10] Baker, D., “The US-EU trade deal: don't buy the hype”, TheGuardian, 15/07/2013. http://www.theguardian.com/commentisfree/2013/jul/15/us-trade-deal-with-europe-hype
[11] Alonso, S., “Companies can lay down the law”. NRC Handelsblad, 18/11/2013. http://www.presseurop.eu/en/content/article/4329021-companies-can-lay-down-law
[12] Monbiot, G., “A Global banon Left-wing Politics”. The Guardian, 05/11/2013. http://www.monbiot.com/2013/11/04/a-global-ban-on-left-wing-politics/
[13] Phillips, T., “Argentina versus el Banco Mundial: ¿Juego limpio o partido arreglado?”. Center for International Policy, 2008. http://www.cipamericas.org/archives/1434

[Ramon Boixadera i Bosch es economista]
- See more at: http://www.mientrastanto.org/boletin-120/notas/apuntes-sobre-el-tratado-de-libre-comercio-ue-eeuu#sthash.t3Gsjdpb.dpuf

¿Es viable el capitalismo sin burbujas?

Parece ser que la economía de Estados Unidos está atrapada en un proceso de estancamiento secular. Muchos economistas coinciden con este diagnóstico. Se pronostican por lo menos 15 años de lento crecimiento y alto desempleo. ¿Cómo se puede romper esa inercia?
 
Para empezar, una aclaración. El desempleo en Estados Unidos disminuyó de 7 a 6.7 por ciento entre noviembre y diciembre del año pasado. ¿No contradice eso el pronóstico sobre el largo periodo de estancamiento en Estados Unidos? El desempleo se redujo porque un número elevado de desempleados abandonó o no inició la búsqueda de empleo. Por definición el desistimiento implica una reducción en el número de desempleados. La reducción del desempleo se explica por la desesperanza de los desempleados y no por una economía en expansión.
El espectro del estancamiento secular preocupa a economistas como Larry Summers (ex jefe de asesores de la Casa Blanca con Obama) y Paul Krugman (premio Nobel de economía). Summers ha alertado sobre el peligro de ver a la economía estadunidense (y de Europa) entrar en un proceso de estancamiento similar al de Japón a partir de 1991.

Summers piensa que en el futuro la economía de Estados Unidos podría no crecer sin la ayuda de burbujas o episodios inflacionarios en los precios de distintos tipos de activos. Su análisis utiliza la noción de una tasa natural de interés, especie de tasa de interés de largo plazo para la época dorada del capitalismo (y una idea vieja cuyos orígenes se remontan a la obra de Wicksell). Según Summers, las tasas de interés de la Reserva Federal en la última década no han podido aproximarse a la tasa natural: esto significa que aún con tasas bajas, la economía no ha podido crecer y lo único que permite la expansión son las burbujas que son un incentivo para aumentar la tasa de inversión.

Esta línea de análisis es sorprendente. ¿Cómo pueden ser las burbujas algo bueno para la economía?

Las burbujas son episodios en los que de manera persistente el precio de un activo excede de manera significativa el valor neto de los beneficios que puede generar. Las burbujas se forman cuando la compra de un activo se realiza no con base en la tasa de ganancia asociada con dicho activo, sino porque se anticipan mayores precios futuros de dicho activo (y se espera encontrar alguien a quien vender el activo). La formación de burbujas implica una retroalimentación positiva (expectativas de aumentos de precios conducen a aumentos de precios). Cuando el precio de esos activos se reduce abruptamente, la burbuja ha reventado.

Durante la gestión de Greenspan en la Reserva Federal se adoptó la visión de que mientras no se presentaran riesgos para la economía, la Fed reduciría las presiones inflacionarias (regla de Taylor). En un contexto de riesgos financieros severos la Fed podría desviarse de la regla de Taylor: así sucedió con la crisis en Asia (1997), Rusia (1998), del Nasdaq (2001) y la burbuja de bienes raíces (2007). Hoy se acepta que la presencia de burbujas en los precios de activos importantes (bienes raíces o títulos financieros) entrañan serios problemas a escala macroeconómica.

La Fed mantiene una postura asimétrica frente a la presencia de burbujas. Durante la fase de expansión de una burbuja la Fed ha decidido no aumentar la tasa de referencia para desinflar la burbuja (la razón es que las burbujas pueden tardar años en formación y un instrumento como la tasa de interés carece de la precisión para dirigirse a los sectores afectados). En cambio, al reventar la burbuja la Fed piensa que debe responder inmediatamente y reducir la tasa de interés para mitigar el impacto adverso en la economía.

Pero ahora lo que dice Summers es que las burbujas son indispensables para crecer en presencia de tasas de interés cercanas a cero. Sólo que las burbujas entrañan varios problemas. El más importante (no el único) es que las burbujas tienen efectos regresivos en la distribución del ingreso. El crecimiento entre 2002-2007 estuvo basado en una gran burbuja que solamente benefició a los súper ricos.

Summers y Krugman consideran que el estancamiento secular en Estados Unidos puede deberse a factores demográficos (envejecimiento de la población), a un ritmo más lento de cambio tecnológico (lo que es una circularidad), a un dólar sobrevaluado o al déficit comercial (y a la manipulación cambiaria de China). Pero nunca mencionan la brutal desigualdad del ingreso y el estancamiento en los salarios (Krugman se acerca al mencionar tímidamente la necesidad de contar con más redes sociales, pero no le alcanza el aliento para hablar de salarios).

Lo que necesita una economía capitalista madura para crecer es un proceso redistributivo que permita sustentar la demanda agregada de manera duradera. Eso se puede lograr con un proceso redistributivo que reduzca drásticamente la desigualdad y un programa de largo plazo de gasto público que modernice la infraestructura y conserve el medio ambiente. La palabra salarios está fuera del alcance de Summers y Krugman. Preferible hablar de burbujas.

Alejandro Nadal
La Jornada

domingo, 12 de enero de 2014

Un Estado privatizado al servicio de los oligopolios

Desde la recuperación de la democracia ha sido como un "mantra" repetido por varios gobiernos, tanto del PSOE como del PP, la necesidad de acabar con el monopolio existente del Estado, en diversos sectores estratégicos como el energético, la telefonía, etc. así como acabar con la presencia pública en otros sectores como el bancario. Todo ello mediante una política de desregulación y / o privatización.

Esta política se ha intensificado cada vez más, y ahora el PP incluye en esta necesidad privatizar los servicios públicos esenciales como la sanidad, la educación e incluso el sistema de pensiones, los servicios sociales, o el sistema ferroviario o la distribución del agua de boca en ciudades y pueblos. Todo es susceptible de privatización en base a la falacia de que la gestión privada es más eficiente y de que la competencia beneficia al usuario.

Ya es hora, como hizo hace poco, el dirigente de IU, Cayo Lara de plantear a donde nos han conducido estas políticas que llevan al enriquecimiento de las compañías privadas y a un mayor coste para la ciudadanía.

Hoy nuestro país es un conglomerado de oligopolios de grandes empresas que dominan los principales sectores estratégicos productivos del estado en exclusivo beneficio propio. Ello no ha supuesto en absoluto una mejora del servicio a la ciudadanía ni en calidad ni en coste. Al mismo tiempo vemos como el estado dedica a compensar estos sectores oligopólicos mediante gastos millonarios, en caso de supuestas pérdidas.
Nos encontramos un país dominado por una política basada en socializar las pérdidas, incluso las supuestas, de las grandes empresas y oligopolios, mientras los beneficios son siempre privados.

Lo hemos visto recientemente en el caso de las empresas eléctricas y próximamente lo podremos ver en otro sector energético como es el del gas. Se ha dejado en manos del oligopolio eléctrico establecer el precio del servicio. Las mismas empresas, con la intermediación bancaria, son vendedoras como productoras y compradoras como comercializadoras, a la vez que han recibido y reciben sustanciosas subvenciones públicas para sus inversiones en determinadas formas de producción energética. La conclusión: el precio de la luz es de los más caros de la UE y las subidas del precio en los últimos años han sido, aproximadamente un 70% en 7 años y el supuesto déficit tarifario, que se debe aún a las empresas eléctricas, no baja sino que no para de subir (a finales de 2012 superaba los 30.000 millones de euros). La conclusión es que las compañeras eléctricas tienen cada año beneficios millonarios, mientras que los ciudadanos consumidores no ven ningún beneficio ni de coste ni de servicio en la actual situación de falsa competencia. Y más de 3 millones de ciudadanos se sitúan ya en la pobreza energética, es decir no pueden hacer frente al gasto de la electricidad y/o el gas.

Lo mismo ha ocurrido en el caso de la reestructuración bancaria. Primero fue la venta de la banca pública, después la liquidación de las cajas de ahorros, después una reconversión y reestructuración monopolística del sector hecha mediante un rescate de 40.000 millones de euros por parte de la UE que ahora tendremos que pagar todos. Y mientras los grandes bancos del oligopolio bancario no cumplen con su función de financiar la economía productiva ni las familias, sino que incluso cada día más establecen una mayor diferenciación de trato entre grandes clientes y el resto de clientes que considera poco rentables, incrementando de forma progresiva la exclusión bancaria. Un ejemplo de lo que decimos, el incremento medio de 1,5 euros de los pensionistas quedará absorbido por el incremento de 2 euros mensuales en la comisión bancaria por el mantenimiento de su libreta de ahorros.

Estos son dos casos donde se demuestra como la privatización no ha supuesto ni mayor competencia ni mejor servicio para la ciudadanía. Lo mismo podemos decir de procesos similares sobre el servicio del agua de boca en grandes ciudades del estado. Estas concesiones privadas van en dirección contraria a lo que se está produciendo en el resto de la UE, donde en muchos casos se está volviendo el servicio de distribución del agua a manos públicas por haberse demostrado que es más rentable y más eficiente.

Ahora el PP, a diferencia del PSOE, parece no tener bastante y está llevando a cabo un proceso de privatización de los servicios públicos básicos del estado del bienestar como son la sanidad o la educación. Quieren dejar la sanidad y la educación pública sólo como servicios mínimos prácticamente de beneficencia para quien no tenga recursos. En el caso de la sanidad no sólo se quiere potenciar la sanidad privada sino especialmente los seguros privados, bajo la excusa de la libertad de elección. Habría que añadir libertad de elección según las posibilidades económicas.

Lo mismo ocurre con la protección social, fundamentalmente en el intento de reducir las pensiones públicas de forma que la gente se vea obligada, para garantizar su vejez, a optar por planes de pensiones privados individuales. No dicen nada de los peligros y falta de seguridad de estos planes sometidos a las oscilaciones bursátiles. Como en el caso de la sanidad se trata de poner este sector en manos de las grandes empresas financieras y de seguros. Otro vez el estado poniéndose al servicio de los deseos de los "lobbies" empresariales.

Pero no tienen suficiente y ya anuncian otros procesos de privatización como el de la red ferroviaria, ¿En beneficio de quién? Nuevamente hay sectores empresariales que querrán monopolizar las partes rentables y rechazar las poco rentables. Sólo debería analizarse el ejemplo de la privatización del servicio ferroviario que Thatcher efectuó en Gran Bretaña y la caída radical de la calidad del servicio fruto de la privatización y segmentación de lo que era un servicio público unificado y bien gestionado.

Parece ser que no han tenido suficiente con el resultado de la "burbuja inmobiliaria" donde el estado a través del Sareb ha tenido que rescatar activos no rentables, pese a que no ha aprovechado para ponerlos al servicio de las necesidades sociales existentes. Mientras todo iba bien las grandes empresas constructoras y el sector financiero hacían su agosto. Cuando estalló la "burbuja" las constructoras han dado promociones enteras en dación de pago a los bancos, si esto no se permite a los particulares, y los bancos lo han pasado al estado mediante la creación del banco malo, el Sareb, las pérdidas del cual, en su caso, pagaremos todos. Ayudamos a los bancos mientras estos desahucian a las familias.

Lo mismo podemos decir de la obra pública, encargada a grandes constructoras que normalizaron lo que ahora es un escándalo en Panamá con el intento de sobrecoste por parte de Sacyr. En la obra pública es prácticamente inexistente el caso de obras que cumplen con lo presupuestado, siempre se han dado sobrecostes sobrevenidos. ¡Y no pasa nada!

Otro caso similar son las autopistas con constructoras y concesionarias que si hay beneficios se los embolsan, pero que si no funcionan bien ahí está el "papá" estado que ya se hará cargo de las pérdidas.

Parece, en definitiva, como si el país fuera propiedad de las grandes corporaciones representadas en el "Consejo Empresarial para la Competitividad" y que los gobiernos de ZP o de Rajoy hayan sido simplemente sus encargados de la gestión.

Quizás ha llegado la hora de decir basta. Y la izquierda que quiere ser alternativa, no la que se complace en ser simplemente alternancia, debe defender sin rodeos la necesidad, por eficiencia y por ahorro, del control y / o la gestión pública de servicios que son estratégicos para la sociedad, así como para volver a potenciar los servicios públicos esenciales, desde la sanidad y la educación a los servios de movilidad públicos. Evidentemente todo esto debería acompañarse por un sistema fiscal que permita un reparto equilibrado de la riqueza dentro del conjunto de la sociedad.

Y eso no es revolucionario, es simplemente reformista, es volver a defender viejas posiciones defendidas en otro tiempo por la socialdemocracia clásica. Sólo hay que ver el magnífico documental "El espíritu del 45" sobre el gobierno laborista de Attllee-Bevan para tener una idea de lo que debería plantearse. Evidentemente habrá que tener en cuenta el momento actual, el hecho de la realidad de una Europa dominada por el neoliberalismo más feroz, pero es que posiblemente deba plantearse que debe irse a cambiar el paradigma no en un solo país sino llevar la alternativa de cambio en el ámbito del conjunto de la UE. Esta debería ser la tarea fundamental hoy de una izquierda alternativa tanto en España como en la UE y cada uno de sus países.

Manuel García Biel
Nueva Tribuna

La desigualdad destruye la cohesión social

La desigualdad socioeconómica se ha agravado con la crisis económica y las políticas de austeridad dominantes. Se han ampliado las brechas sociales en el conjunto de las sociedades desarrolladas y, particularmente, en los países europeos periféricos, como España. Aumentan la pobreza y la exclusión social, así como las distancias entre individuos ricos y pobres. En el ámbito mundial la polarización de la riqueza es cada vez mayor. Esta dinámica está destruyendo la cohesión social. Los sistemas políticos europeos pierden calidad democrática, disminuye la legitimidad de las élites gobernantes, se abren profundas brechas entre el Norte y el Sur y se cuestiona el proyecto común europeo.

Aquí, vamos a mostrar algunos datos sobre el incremento de la desigualdad socioeconómica, principalmente, en España, junto con algunas comparaciones con otros países. El principal indicador (con varias fuentes oficiales no homogéneas), que considera toda la estructura social, es el Índice Gini (entre el 0 -máxima igualdad- y el 1 -máxima desigualdad-; o bien, transformado en coeficiente -entre 0 y 100-). Lo completaremos con otros dos indicadores de Eurostat: la relación entre los ingresos del 20% superior y los del 20% inferior, y la evolución de la tasa de riesgo de pobreza.

El gráfico 1 señala el importante crecimiento de la desigualdad en España en los últimos años de crisis. El incremento entre el 31,3, del año 2007, y el 34, del año 2011, es casi del 10%, y la distancia con la media de la UE-15 se amplía. Por otro lado, el gran crecimiento económico de los años previos no se utilizó para mejorar el nivel de igualdad que se mantuvo similar desde principios de la década. Crecimiento no es sinónimo de igualdad y, en este caso, crisis económica y austeridad sí que produce desigualdad.

Gráfico 1. Coeficiente Gini
grafico-1 
  Fuente: Eurostat (2014).

Con los últimos datos disponibles de la ONU (algunos dispares con los de la OCDE y el Banco Mundial), podemos clasificar distintos países significativos del mundo, en cuatro segmentos por nivel de desigualdad:

- Países menos desiguales (coeficiente Gini de 22,6 a 25,4): Noruega 22,6; Eslovenia 23,7; Suecia 24,4; R. Checa, 24,9; Países Bajos, 25,4.

- Países con baja desigualdad, en torno a la media de la eurozona (30,5) y la UE-27 (30,7) (entre 28 y 35): Dinamarca, 28,1; Alemania, 28,3; Francia, 30,5; Italia, 31,9, Reino Unido, 33,0; España, 34,0 (el número 51 de 160 países); Grecia, 34,3; Portugal, 34,5;  Otros países del Este y musulmanes con menos desigualdad que España son: Ucrania, 26,4; Pakistán, 30,0; Egipto, 30,8; Polonia, 30,9; Croacia, 31.

- Países con alta desigualdad (entre 36 y 56): India, 36,8; Japón, 37,6; Cuba, 38,0; Venezuela, 39,0; Rusia, 40,1; Turquía, 44,8; EEUU, 46,9;  México, 47,6; Brasil, 54,7; Bolivia, 56,3.

- Países más desiguales (por encima de 60): China, 61,0; Global Mundo, 63,0; Sudáfrica, 63,1; Namibia, 63,9.

Los países menos desiguales del mundo están en Europa, en particular los de tradición socialdemócrata, seguidos por los continentales centroeuropeos.

Pero también el grueso de la U. E., comparando con el resto del mundo y la media global, está en el segundo bloque de baja desigualdad, incluido los anglosajones, los mediterráneos y algunos del Este. Tiene sentido hablar del modelo ‘social’ europeo, asociado a una menor desigualdad económica con grandes franjas intermedias y un Estado de bienestar, con amplios servicios públicos e importante protección social pública, todo ello dejando al margen los condicionamientos y ventajas históricas en su construcción y su desarrollo económico. Cabe mencionar también, en este bloque, tres países significativos, de Asia (Pakistán), norte de África (Egipto) y Europa del Este (Ucrania); los dos últimos con importantes revueltas sociales democratizadoras en un contexto de bloqueo económico y autoritarismo político-institucional.

En el tercer bloque, con alta desigualdad, aparece EE.UU., la principal potencia mundial. Según la ONU (que no coincide con el Banco Mundial), la evolución de su desigualdad ha sido la siguiente: en el año 1929, el coeficiente de Gini era de 45,0; en 1969 había bajado al 36,1; para 1989 este coeficiente se había elevado a 44,5, y en 2009, al 46,9. Según estos datos, en la década de los ochenta, se habría producido un fuerte aumento de la desigualdad y, en estos años de crisis, se estaría generando otro fuerte impacto regresivo. Se puede completar esta visión con el coeficiente de Gini referido al patrimonio que todavía da una relación más desigual y que ha ido en aumento: año 1983, 80,0; año 1989, 83,2; año 2007, 83,4; año 2009, 86,5.

Otro país significativo es Brasil, con una alta desigualdad (54,7), pero que ha bajado ligeramente (un 10%) desde el año 1998 (60,7). Aquí se puede decir que su gobierno de izquierdas, de más de una década, se deja notar algo en este aspecto, sin que por ello sirva de suficiente contención a las amplias demandas populares de mejores servicios públicos. 

Un país particular es Cuba. Su evolución ha sido la siguiente. En el año 1986 tenía un mínimo de desigualdad, con un coeficiente de 22,0; subió a un máximo de 55 en 1995, y fue bajando al 40,7 en 1999 para descender al dato último de 38,0, en 2002.

Dentro de los países más desiguales del mundo (la mayoría africanos y algunos latinoamericanos), hay que mencionar a Sudáfrica (63,1). A pesar de la desaparición del apartheid y el impulso antirracista de N. Mandela y su partido gobernante, el Congreso Nacional africano, esa realidad de gran desigualdad social expresa los límites de los cambios de la estructura económica y la persistencia de una minoría oligárquica (blanca con pequeños añadidos de color) junto con una mayoría (negra) pobre que permanece.

Un caso especial es China, con un gran incremento de la desigualdad social: el coeficiente Gini, ha ascendido fuertemente desde 1999 (39,2), pasando por 2004 (46,5), hasta el año 2009 (61,0); su aumento en esa década es de un 50%. Supone que aunque su gran crecimiento económico ha permitido una mejora sustancial del nivel de vida medio, incluido las amplias capas populares rurales, se han incrementado las distancias entre las capas dominantes (unos pocos millones de la élite económica e institucional), las llamadas clases medias (urbanas), que según diversas fuentes alcanzan los trescientos millones de personas y se están consolidando, y la mayoría de la población (más de mil millones) cuyo progreso es menor, y perciben las grandes desigualdades y el aumento de las distancias de los sectores acomodados y las élites.

Gráfico 2: Ratio s80/s20
(Relación entre la renta del 20% superior y la del 20% inferior)
grafico-2
Fuente: Eurostat (2014).

El gráfico 2 expone la evolución de la relación entre las rentas del 20% superior o más rico de la población y las del 20% inferior o más pobre. Al comparar los datos de España y la UE-15 (los países iniciales, más desarrollados, aunque también están incluidos Portugal y Grecia) y la UE-27 (el conjunto), vemos que la distancia es significativa, en torno a un 10% más, durante toda la década hasta el año 2008 (5,4). Pero en los últimos años, con la crisis, el desempleo y la debilidad de la protección social, en España se produce un incremento sustancial de la desigualdad, llegando a una relación de 7,2 puntos en el año 2012 (con los últimos datos disponibles y provisionales). Esos cuatro años suponen un incremento de un tercio en las distancias de los ingresos entre esos dos segmentos extremos, el porcentaje mayor en la UE, y nos sitúa en una distancia entre esos segmentos un 28% superior a la media europea.

Esta desigualdad es incluso superior a la de Grecia que la ha incrementado un 10% (de 6 puntos en el año 2007 a 6,6 en 2012), o Italia con un ligero aumento del 5% (de 5,3 a 5,5 puntos); y considerando que otros países han reducido esa diferencia de ingresos, como Portugal (de 6,5 a 5,8 puntos) y Alemania (de 4,9 a 4,3 puntos). Podemos añadir que el 20% más rico en España acapara el 44% de las rentas, y el 80% restante se reparte el 56%; es decir, los ingresos del sector más pudiente son el triple de la media del resto de la sociedad.

Como se puede comprobar en el gráfico 3, Eurostat ha incorporado un nuevo indicador (tasa) por debajo del cual se sitúa la población en riesgo de la pobreza y exclusión, que es el utilizado aquí; no mide solo la ‘pobreza monetaria’, habitual en las estadísticas sobre pobreza y que ronda en torno al 21%, sino que incorpora también otras condiciones de vida, como la vivienda.

Gráfico 3: Evolución de la tasa de riesgo de pobreza en España
grafico-3 
Fuente: Eurostat-AROPE (Estrategia 2020) (2014).

El porcentaje de la población total en riesgo de pobreza había disminuido ligeramente desde el año 2004 (24,4%) al 2008 (22,9%). Pero se incrementa fuertemente (cuatro puntos, el 17%) en estos cuatro años, hasta llegar al 27% en 2011 y al 26,9% (provisional), en 2012. Así, por debajo de ese umbral se sitúa más de una cuarta parte (26,8%) de la población española, o sea, casi doce millones de personas. Paradójicamente, la parte de los habitantes que resiste más este retroceso es la de 65 y más años, ya que sus pensiones de jubilación (no las de viudedad) son mayoritariamente bajas pero están ligeramente por encima de ese umbral (aunque van a sufrir los recortes de las reformas de pensiones aprobadas, e hijos y nietos empiezan a depender de esos ingresos). Al mismo tiempo, en la población adulta se incrementa la pobreza al aumentar el desempleo, y su tasa de pobreza corre pareja con la de la media. Es especialmente significativo el aumento del porcentaje de pobreza, en más de seis puntos (del 21,9% al 28,2%), entre la población menor de 16 años, gran parte en unidades monoparentales (mujeres en desempleo o inactivas), y que presenta un panorama muy difícil para una parte significativa de nuestra infancia.

En definitiva, se está produciendo un incremento de la desigualdad, que afecta a la cohesión de las sociedades europeas, particularmente de los países periféricos. Tiene implicaciones para la calidad democrática de sus sistemas políticos y las relaciones internacionales. Es una situación reconocida por personalidades como Obama para el que La desigualdad es el desafío que caracteriza a nuestra era. Pero también es una realidad percibida por la mayoría de las sociedades europeas. Según un reciente sondeo sobre desigualdad (ver diario El País, 6 de enero de 2014), en España, el 90% de la población opina que la brecha entre ricos y pobres ha crecido, el 89% que la actual situación económica favorece a los ricos y el 75% que la brecha entre ricos y pobres es un gran problema (los porcentajes respectivos para otros países significativos son: Grecia, 88%, 95% y 84%; Italia, 88%, 86% y 75%, y Alemania, 88%, 72% y 51%).

La mayoría de la sociedad, desde una cultura cívica de justica social, manifiesta su desacuerdo respecto a la estrategia liberal-conservadora de austeridad, que sufre un fuerte proceso de deslegitimación social. La pugna en Europa por acabar con los recortes sociales y laborales y promover la igualdad, una gestión política democrática y una salida justa de la crisis, con el horizonte de una democracia social avanzada, se convierte en un desafío para todas las fuerzas progresistas.


Antonio Antón. Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid
Público.es

sábado, 4 de enero de 2014

Importancia de la desigualdad social

La desigualdad social y, específicamente, la desigualdad socioeconómica, está adquiriendo, de nuevo, gran relevancia para la sociedad. Ha pasado al primer plano de las preocupaciones de la población y se refleja en el ámbito político. Ha sido reconocida como importante problema por personalidades mundiales como Obama y el Papa Francisco, así como por instituciones internacionales nada sospechosas de izquierdismo como el Banco Mundial y la OCDE. Podemos decir que, en el año 2013, se ha convertido en uno de los temas más significativos entre la opinión pública y reconocido en los medios de comunicación. La evidencia de esa realidad, la relevancia de la nueva cuestión social, se impone en las distintas esferas.

No obstante, existen desacuerdos sobre su dimensión, sus características y sus causas, cómo afecta a los distintos sectores sociales y cómo se está configurando la nueva estratificación social, los ganadores y los perdedores. Y, sobre todo y conectado con todo ello, qué posiciones normativas y dinámicas de cambio sociopolítico se están generando para deslegitimarla frente a los planes neoliberales para reforzarla o infravalorarla.

La deslegitimación de la desigualdad social
Existe un amplio rechazo ciudadano y masivas resistencias populares frente a la situación de desigualdad social, reforzada por la crisis socioeconómica y la política dominante de austeridad. Sus expresiones más directas son el paro masivo, la reducción del poder adquisitivo de los salarios medios y bajos y el recorte de los servicios públicos –sanidad, enseñanza…- y la protección social –pensiones y desempleo-. Afecta a la deslegitimación de los poderes públicos, por su gestión regresiva, pone el acento en la exigencia de responsabilidades de los causantes de la crisis socioeconómica y plantea un cambio de rumbo, más social y democrático. Es crucial el desarrollo de la pugna cultural por la legitimidad de la actuación de los distintos agentes respecto de la desigualdad social.

Para profundizar en su análisis y la oposición a la misma, hay que responder a varios interrogantes: a quién beneficia la distribución de rentas, recursos y poder; cuál es la nueva dinámica de segmentación social, y cómo se está configurando una cultura popular y una práctica social democratizadora y de resistencia frente a la involución institucional y socioeconómica. Pero con la realidad percibida, ya existe un mayor conflicto social entre, por una parte, los bloques de poder financieros y políticos, con la gestión antisocial e ineficaz de las principales instituciones económicas y políticas, y, por otra parte, las corrientes sociales indignadas, los movimientos de protesta social progresista y la izquierda social y política.

El debate político, social y académico sobre la desigualdad, sus consecuencias y sus causas, se conecta con el análisis e implementación de qué actitudes y reacciones se están produciendo en la ciudadanía, qué agentes sociales y políticos están interesados en su reducción y qué estrategias y medidas son las apropiadas para revertirla y construir un modelo económico y social más igualitario y un sistema político e institucional más democrático. El establishment económico e institucional continúa con una gestión antisocial y autoritaria, y aunque reconoce parcialmente la realidad de la desigualdad social y el malestar ciudadano, intenta eludir sus responsabilidades y desviar el camino, socialmente más adecuado, para revertirla.

Dada la gran legitimidad ciudadana de la reducción del paro y la creación de empleo decente, así como el gran apoyo popular a los derechos sociolaborales, la protección social y el Estado de bienestar, el Gobierno (y sectores afines) intenta anclar su política haciéndola pasar como medio necesario e inevitable para esos objetivos. Las medidas de destrucción de empleo, las reformas laborales o la reducción de la protección al desempleo dice que son mecanismos para ‘crear empleo’, intentando generar división entre la gente empleada y parada. Los recortes sociales en protección social –pensiones-, educación o sanidad y el proceso de deterioro de los servicios públicos los presenta como medios para la ‘sostenibilidad’ del Estado de bienestar.

Pero sus ideas de que el empleo (de mañana) se crea con el mayor desempleo de hoy, o que el Estado de bienestar se asegura desmantelándolo, no son aceptables para la mayoría ciudadana, a pesar de la gran ofensiva mediática. Esa disociación discursiva y ética de pretender justificar unas medidas regresivas como medios (negativos) para unos fines (positivos) de bienestar no termina de cuajar en la mayoría de la población, que manifiesta su desacuerdo con su carácter injusto y antisocial. Tampoco los portavoces progubernamentales son capaces de imponer la idea de que son sacrificios parciales y provisionales, en aras de un futuro mejor o para el interés general. Es más realista la idea, que sigue compartiendo la ciudadanía indignada, de que esas políticas regresivas son más coherentes con sus auténticos fines: por un lado, la reapropiación de riquezas y poder por las oligarquías económicas y políticas, y, por otro lado, la ampliación la desigualdad de la mayoría de la población, con una posición más precaria, subordinada e injusta.

Igualmente, las principales instituciones internacionales, como la OCDE, aun reconociendo elementos extremos de la desigualdad, pretenden neutralizar las opciones para su transformación, eludir las responsabilidades del mundo empresarial e institucional y situar su (pretendida) solución en los sobreesfuerzos individuales de la población: la ‘empleabilidad’, echando la responsabilidad del desempleo masivo en la inadaptación profesional de trabajadores y trabajadoras; o bien, a la opción de más esfuerzo educativo de los jóvenes, cuando existe una generación muy cualificada académicamente sin poder encontrar empleo decente y se redobla la desigualdad de oportunidades ante los auténticos problemas educativos.

Siguiendo esas orientaciones, la Ley Wert (y previsiblemente la inmediata reforma universitaria) profundiza la dinámica segmentadora y elitista y debilita el carácter integrador de la escuela pública. En un campo tan sensible para el desarrollo de capacidades e igualdad de oportunidades del alumnado, se acentúan las tendencias regresivas: fracaso escolar y abandono educativo prematuro, segmentación de las redes escolares y prioridad a la privada-concertada, división temprana de itinerarios, desdén institucional hacia alumnos con dificultades educativas y origen socioeconómico bajo e inmigrante, mayor segregación por sexo, retroceso de la laicidad, infravaloración de una formación profesional de calidad…. Se favorece a las élites y los privilegios de la Iglesia Católica y se refuerza el control social y el autoritarismo en la escuela, como ya viene aplicando el Gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid (ejemplos extremos, entro otros, son la imposición del nuevo equipo directivo en el Instituto Beatriz Galindo o la presión contra el director y el profesorado del Instituto Matías Bravo, de Valdemoro).

Grandes instituciones y Gobiernos europeos, al mismo tiempo que insisten en la continuidad de la austeridad, con sus efectos desigualitarios y de empobrecimiento, particularmente en el Sur, intentan sortear los procesos de deslegitimación popular. Los minusvaloran mientras no sean intensos y profundos. El mayor riesgo para los poderosos es la aparición de dinámicas de resistencia popular y democrática que cuestionen la estabilidad de su hegemonía política e institucional. Es cuando el poder establecido redobla su ofensiva política, autoritaria y mediática, frente a la reafirmación de la legitimidad ciudadana y la capacidad movilizadora y representativa de los movimientos sociales progresistas o agentes sociopolíticos que, al amparo de una amplia cultura cívica, cuestionan sus estrategias y su gestión liberal-conservadora. Se establece una pugna cultural y sociopolítica, soterrada o abierta, con gran desigualdad de poder y de futuro incierto, entre la ciudadanía activa, con fuerte apoyo popular, y la oligarquía de los poderosos, mientras permanecen confusos, pasivos o temerosos, sectores significativos de la sociedad. El proceso de deslegitimación de la desigualdad social, en España y a nivel europeo y mundial, ya ha comenzado. Falta consolidarlo y fortalecer la dinámica por la igualdad.

Relevancia de la nueva ‘cuestión social’
La cuestión social, con nuevas características, está adquiriendo de nuevo gran relevancia en la sociedad. La desigualdad socioeconómica se incrementa, pese a las interpretaciones liberales o posmodernas que aventuraban su superación o irrelevancia. Veamos algunos elementos que explican su dimensión y la importancia de sus implicaciones.

En primer lugar, se ha puesto de manifiesto la gravedad de la crisis socioeconómica y la reducción de empleos y rentas salariales, con paro masivo y descenso de la capacidad adquisitiva de los salarios medios y bajos. Esos ajustes en el mercado de trabajo conllevan una amplia transferencia de rentas hacia el capital, los beneficios empresariales y las élites económicas. Se han acompañado de una reestructuración regresiva del Estado de bienestar, con su segmentación y privatización parcial y la contención del gasto público social o su reducción por habitante. Al mismo tiempo, se han promovido reformas ‘estructurales’ y fiscales que disminuyen las transferencias de rentas y prestaciones sociales para capas populares y desfavorecidas y deterioran la calidad de los servicios públicos. Por tanto, se ha ampliado la desigualdad social y sus graves consecuencias para la mayoría de la población, con procesos de empobrecimiento, segmentación y desvertebración social.

Se produce en el contexto de una crisis sistémica, profunda y prolongada, y políticas regresivas de los gobiernos e instituciones europeas. La estrategia liberal conservadora es la dominante en la UE. Pone el énfasis en las medidas de austeridad que acentúan el estancamiento económico, con paro masivo, recorte de los derechos sociolaborales, mayor desequilibrio en las relaciones laborales, restricción del gasto público social, deterioro de los servicios públicos y los sistemas de protección social –pensiones y protección al desempleo- y una desigual distribución de los costes de la crisis, en beneficio del poder financiero que es quien la causó. Todo ello profundiza las brechas sociales y el impacto negativo para la situación económica y sociolaboral, las trayectorias vitales y las perspectivas inmediatas de la mayoría de la sociedad y, especialmente, de los jóvenes.

En segundo lugar, frente a la idea dominante en las instituciones internacionales sobre las características y causas de la desigualdad, que apuntan a factores impersonales como la globalización, la financiarización de la economía o la innovación tecnológica, hay que destacar la responsabilidad de sus causantes directos con el apoyo e instrumentalización a su favor de esos fenómenos: el poder financiero y los grandes inversores junto con la clase gobernante, desreguladora y gestora de la austeridad. Los rasgos principales y la causa inmediata del aumento de la desigualdad socioeconómica han venido por el incremento del desempleo, los bajos salarios y los recortes sociales y de la protección social. Y han obedecido a una consciente estrategia liberal-conservadora y antisocial del poder establecido, financiero, empresarial y político-institucional que, aprovechando esas circunstancias desfavorables para la población, han apostado por un reequilibrio de poder y distribución de rentas a su favor.

En tercer lugar, el significativo incremento de la desigualdad socioeconómica y la inaplicación de estrategias políticas adecuadas para revertirla, está influyendo, especialmente en los países del sur europeo, en la deslegitimación de los bloques de poder, financiero e institucional, representado por Merkel y la Troika (Comisión europea –CE-, Banco Central europeo –BCE- y Fondo Monetario Internacional –FMI-). La clase gobernante, especialmente en los países europeos periféricos, aparece como responsable de una gestión regresiva que perjudica a la mayoría de la población. Se percibe como problema no como solución. La disminución de la credibilidad ciudadana de los gestores gubernamentales y la pérdida de la confianza popular en los líderes políticos se acentúan al dar la espalda a la opinión mayoritaria de la sociedad, por incumplir sus compromisos con la ciudadanía y sus respectivos electorados y dejar en un segundo plano el interés de las personas y sus demandas.

En cuarto lugar, la desigualdad socioeconómica y la política de austeridad y recortes sociales y laborales se están confrontando con una amplia conciencia popular democrática y de justicia social. Se percibe la menor funcionalidad del sistema político para satisfacer las demandas populares, que desarrolla rasgos autoritarios. Así, el descontento social y la indignación ciudadana que produce la desigualdad y la crítica al carácter regresivo y poco democrático de la gestión gubernamental de las derechas, están generando un mayor desarrollo y legitimidad de la protesta social progresista, junto con la activación de una masiva acción colectiva, canalizada por distintos agentes sociopolíticos. Se prolonga el deterioro de la cohesión social, los derechos sociales y la integración sociocultural, se profundiza la mayor subordinación e incertidumbre de franjas amplias de la población y empeora su situación material. Se generan menores garantías para las trayectorias laborales y vitales de los jóvenes, particularmente de capas medias y bajas y, especialmente, de origen inmigrante. Todo ello desacredita a las élites económicas y políticas, sometidas a una exigencia cívica de regeneración y reorientación de su papel. Por tanto, existe una interacción entre el empeoramiento de las condiciones socioeconómicas de la población y la percepción de su carácter injusto, con el amplio rechazo popular, y la significativa exigencia de cambio social y político.

En consecuencia, para la sociedad, la desigualdad social se ha convertido en un problema fundamental. La actitud crítica de la mayoría de la ciudadanía ante ella, la amplitud de las protestas sociales progresistas y la acción de los diferentes agentes sociales y políticos ha cobrado una nueva dimensión, cuestionando la política de austeridad, los abusos de los mercados y el poder financiero y la falta de legitimidad de la gestión institucional dominante.

No obstante, la cuestión social presenta unas características distintas a las de otras épocas históricas, se produce en un contexto europeo y mundial particular y la conformación de las distintas fuerzas sociopolíticas tiene rasgos específicos. Se ha aludido a que ésta es una crisis sistémica, interpretada no como derrumbe, sino como dificultad de los sistemas o el poder, económico, político e institucional europeo, para cumplir su función social de asegurar el bienestar de la población y su legitimidad ciudadana. Pero, además de sus consecuencias negativas, es también oportunidad para el cambio, para potenciar opciones sociopolíticas transformadoras, frente al fatalismo que pretenden imponer los poderosos, con su discurso de la inevitabilidad de sus políticas regresivas y la demonización de las dinámicas, fuerzas y alternativas que resisten y apuestan por el cambio.

En definitiva, adquiere especial relevancia la nueva ‘cuestión social’, con elementos comunes con otros momentos históricos de crisis e incertidumbre. Pero, tiene unas características específicas y un impacto sociopolítico particular, en el marco de unas tendencias sociales ambivalentes. La problemática de la desigualdad social, las condiciones materiales de la población (empleo, vivienda, educación, salud, protección social…) y los derechos sociales, económicos y laborales han pasado a primer plano de la actualidad. Son un foco de preocupación pública y sociopolítica, interpretado mayoritariamente desde una cultura cívica, frente a (o en combinación de) otras tendencias segregadoras o de competencia individualista e intergrupal. O bien, ante el incremento de las brechas sociales, se refuerzan dinámicas nacionalistas entre los países del Norte y del Sur o en el interior de los mismos. Todo ello está ligado, por una parte, al intento de reafirmación del poder financiero neoliberal, junto con una gestión política antisocial y poco democrática y el desvío de sus responsabilidades, y, por otra parte, a la persistencia de una cultura ciudadana democrática y de justicia social, la amplia indignación popular y la masiva protesta social de una ciudadanía activa.

Este conjunto de elementos constituye una nueva realidad social para cuyo análisis no son suficientes las interpretaciones dominantes y las teorías clásicas anteriores. Ello exige un esfuerzo de rigor analítico, elaboración de otros conceptos y un nuevo lenguaje. Supone un emplazamiento también para los pensadores progresistas, para avanzar en una nueva teoría social crítica que, en conexión con el debate social y la acción colectiva, permita una mejor interpretación de estas dinámicas y facilite instrumentos normativos para su transformación.

Antonio Antón.  Profesor Honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid 
Nueva Tribuna

jueves, 2 de enero de 2014

Ideas para una fiscalidad ecológica: 1

Qué es y por qué necesitamos una fiscalidad ecológica

El presente artículo es el primero de una serie que mientrastanto.e irá publicando en los próximos meses y en los que nuestro colaborador Miguel Ángel Mayo analizará en profundidad un tema que consideramos importante y de estricta actualidad: la fiscalidad ecológica.

* * *

“La fiscalidad ambiental es un instrumento para incentivar cambios de comportamiento.” Esta es la primera frase que debería aparecer en cualquier artículo relacionado con la tributación ecológica. Un tipo de fiscalidad, pues, que debe minimizar la idea de impuesto y maximizar la idea de finalidad.

El camino es claro: los impuestos ambientales, así como una eficaz reforma ecológica del resto de la fiscalidad, han de ser un instrumento hacia la sostenibilidad ambiental de nuestra sociedad. En efecto, estos impuestos deben contribuir a la puesta en práctica del principio “el que contamina, paga”, y a la armonización de las políticas económicas y ambientales. La nueva política fiscal ecológica ha de tener como objetivos avanzar hacia la equidad y la sostenibilidad, redistribuir la renta a favor de los más pobres, penalizar las actividades más insostenibles y promover nuevos sectores más intensivos en empleo y más sostenibles como la eficiencia energética, las energías renovables, el transporte público, el reciclaje, la educación, la sanidad y una nueva cultura del agua. En suma, una reforma fiscal ecológica bien concebida debe servir para aumentar el empleo y reducir el consumo de energía y recursos naturales. Sobre estos pilares (y dejando ahora al margen problemas como el afán recaudatorio, las injerencias política, el fraude de ley y, sobre todo, las conductas destinadas a aprovechar la normativa ecológica en beneficio propio), tenemos que rediseñar la fiscalidad ecológica. O, lo que es lo mismo, “los impuestos del futuro”.

Historia de la fiscalidad ecológica

El término “medio ambiente” fue utilizado por primera vez por el naturalista francés Étienne Geoffroy (1772-1844) para referirse al entorno físico que rodea a los seres vivos. Desde un punto de vista jurídico, el Derecho del Medio Ambiente vendría a ser el conjunto de normas que regulan los efectos de la actividad humana en la conservación y protección de la vida en la Tierra, ya que, evidentemente (aunque luego la realidad asombra), el ser humano debería priorizar en su actuación la conservación del medio ambiente en el que habita. Sin embargo, no fue hasta la década de los setenta del siglo pasado cuando surgió la preocupación legal por el medio ambiente. Así, el 1970 fue declarado “Año de protección de la Naturaleza”. Posteriormente, en 1972 se estableció un programa específico de las Naciones Unidas para el medio ambiente (PNUMA) y se celebró la Declaración de Estocolmo sobre el Medio Humano donde se proclamó lo siguiente: “El hombre es a la vez obra y artífice del medio que le rodea, el cual le da el sustento material y le brinda la oportunidad de desarrollarse intelectual, moral, social y espiritualmente (...) El hombre ha adquirido el poder de transformar, de innumerables maneras y en una escala sin precedentes, cuanto lo rodea. Los dos aspectos del medio humano, el natural y el artificial, son esenciales para el bienestar del hombre y para el goce de los derechos humanos fundamentales, incluso el derecho a la vida misma”.

Ese mismo año, en nuestro país se aprobó la Ley 38/1972, de 22 de noviembre, de Protección del Ambiente Atmosférico, en la que se reconocía expresamente que “la degradación del medio ambiente constituye, sin duda alguna, uno de los problemas capitales que la Humanidad tiene planteados en esta segunda mitad del siglo”.

A raíz de aquel intenso 1972, el proceso de reconocimiento y concienciación internacional fue imparable: se estableció la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (1983); se aprobó la resolución 1990/41, de 6 de marzo, de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, vinculando la conservación del medio ambiente con aquellos Derechos; se celebró la Cumbre para la Tierra de Río de Janeiro (1992) con el objetivo de conjugar la protección medioambiental con el desarrollo económico y social, y así un largo etcétera.

En los cuarenta largos años que han transcurrido desde la década de los setenta, el Derecho Internacional del Medio Ambiente ha experimentado una evolución a raíz del proceso de globalización. En los setenta se aplicaba una protección vertical sobre el medio ambiente, defendiendo determinados sectores como el suelo, la atmósfera, las aguas dulces, el medio marino, etc. Ya en los años ochenta, se optó por una regulación horizontal que establecía qué hacer con los residuos, con independencia del sector en que éstos se produjeran. Y desde los años noventa, hemos asistido a la globalización de unos problemas medioambientales que nos afectan a todos (deslocalización); al fin y al cabo, con independencia de que los gases de efecto invernadero se emitan en Shanghai, Bruselas, Sidney, Laos o Nueva York, sus consecuencias las sufrimos todos los habitantes del planeta porque la atmósfera no entiende de fronteras.

Sin duda, el economista británico Arthur Cecil Pigou –autor del concepto de “externalidad” formulado en la obra Economía del bienestar (1920)– fue el padre de los impuestos ecológicos. Además, conviene recordar el famoso y ya citado principio de “quien contamina, paga”: recomendación que fue introduciéndose en el argot europeo y que se formuló en 1972, en el seno de un Consejo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

La tributación medioambiental, tal y como la conocemos en la actualidad, surgió a comienzo de los años noventa en diversos países escandinavos preocupados por las emisiones a la atmósfera de dióxidos de carbono y de azufre. En 1993, la OCDE comenzó a marcar unas líneas básicas sobre fiscalidad y medio ambiente de forma que, hoy en día, casi todos sus Estados miembros disponen de esta imposición ambiental.

Respecto a la tributación medioambiental en España, tenemos por un lado los impuestos de ámbito nacional con trascendencia medioambiental, como los que gravan los hidrocarburos o la electricidad; y por el otro, existe otra —y complementaria— fiscalidad verde regulada por las administraciones autonómica y local en virtud del art. 136 de la Constitución, que les otorga competencia para legislar sobre tributos propios medioambientales (ámbito donde casi todas las comunidades han creado una desigual suerte de cánones, impuestos, ecotasas y tarifas que gravan el uso del agua, los residuos, la emisión de gases, los vertidos, etc., a veces con mejor, y a veces con peor fortuna, en palabras de los numerosos activistas y grupos ecologistas existentes).

Por una parte, el punto de partida está claro: una definición de medio ambiente como espacio en el que vivimos, y la necesidad de conservación del mismo compartida por todos (si bien el gran problema con el que nos encontramos ahora es una normativa medio ambiental fraccionada, desigual, poco coordinada y eminentemente insuficiente). Por otra parte, el punto final debería ser aún más claro: enviar un mensaje claro a todos los agentes sociales, complementando el conjunto de políticas encaminadas a la sostenibilidad ambiental y a la equidad social con el fin de reducir —e incluso eliminar— las actividades más insostenibles y promover las más ecológicas. En definitiva, una normativa ambiental donde la gestión de los elementos naturales sea pública y una ley de fiscalidad ecológica que penalice las actividades que supongan el deterioro del medio ambiente.

Necesidad de unos impuestos ambientales

El déficit fiscal de algunas Comunidades Autónomas, unido a la imposibilidad de establecer tributos no cedidos con una importante recaudación (IVA, IRPF), ha supuesto en algunas ocasiones el establecimiento de tasas medioambientales sobre las que sí tienen competencias. Esto es lo que se definiría como un uso recaudatorio del impuesto medioambiental, es decir, justamente lo contrario de lo que el impuesto ecológico debería perseguir. Si actuamos de esta manera, no sólo estaremos burlando la finalidad del impuesto, sino que su imposición perderá toda legitimidad y con ello estaremos sentenciando de muerte la verdadera y necesaria fiscalidad ecológica que todo país precisa para crecer de forma sostenible en el tiempo.

En primer lugar, los impuestos ambientales son necesarios para “internalizar los costes de las externalidadades”. Dicho con palabras más sencillas: gravar mediante impuestos los efectos negativos de actividades que no son pagadas ni por los productores ni por los consumidores, como el cambio climático, la contaminación atmosférica, las mareas negras, etc. Si no se gravan esas actividades con un tributo, se sobreconsumirá esa actividad insostenible, mientras que si se introduce un impuesto, el consumo de desplazará hacia otras alternativas y sostenibles. Además, el impuesto recaudado se destinaría a sufragar los gastos ambientales originados por esas actividades. El principal problema surge aquí en cuantificar la externalidad (por poner unos ejemplos: ¿cuál es el coste de una especie, de un biosistema, del calentamiento global?). Nuestro principal problema de cálculo debe de ser nuestra principal ventaja hacia la correcta fiscalidad ecológica. El valor de tales bienes es tan alto que todos los esfuerzos fiscales, normativos y de concienciación nos han de parecer poco a la hora de establecer los tributos que definan una correcta fiscalidad ecológica.

En segundo lugar, los impuestos ecológicos deben de ser pagados por aquellos que contaminen. Por consiguiente, aquellos que no lo hagan y que decidan realizar actividades alternativas que no dañen el medio ambiente, los podrán evitar. De este modo, se consigue la doble finalidad de reducir la contaminación y de financiar las acciones dirigidas a reparar el daño ocasionado por la contaminación.

En resumen, la fiscalidad medioambiental supone el traslado de una gran proporción de la fiscalidad desde las actividades que generan valor añadido a las que sustraen valor, como son las que tienen un uso extensivo de la energía y de recursos y que generan residuos y contaminación. Y se propone ofrecer incentivos tanto a los consumidores como a las empresas productoras para que modifiquen su comportamiento en la dirección de un uso más eficiente de los recursos, además de estimular la innovación y los cambios estructurales y reforzar el cumplimiento de la normativa de protección del medio ambiente.

Necesidad de una armonización fiscal ecológica

Pero ¿qué está ocurriendo realmente? ¿Por qué, ante unos principios tan universalmente aceptados acerca del medio ambiente y unas herramientas tan bien definidas bajo el principio “quien contamina, paga”, la fiscalidad ecológica aún no resulta todo lo eficaz (y universalmente aceptada) que debería ser?

Sin duda, nos encontramos ante numerosas e importantes barreras tanto políticas como económicas a la hora de introducir los impuestos ambientales: pérdida de competitividad de algunos sectores (unida a la pérdida de empleos en ese sector o región); un mayor impacto sobre los grupos de menores ingresos que pagan proporcionalmente más; existencia de grupos de presión mucho más influyentes en contra del impuesto ambiental que los grupos de presión favorables al mismo; y una larga lista de trabas a la implementación de una fiscalidad ecológica que realmente responda a la idea definida al comienzo de este artículo, esto es, que sea “un instrumento para incentivar cambios de comportamiento”.

El avance es difícil y el trabajo a realizar para definir y diseñar una fiscalidad ecológica óptima será un proceso largo y tortuoso; es por ello por lo que todos hemos de poner parte de nuestro esfuerzo en él, porque de su éxito depende tanto un crecimiento económico sostenible como la conservación del medio ambiente. La suerte está echada: o cambiamos de conducta o cambiamos de planeta.

Miguel Ángel Mayo es colaborador de mientrastanto.e y coordinador en Cataluña del Sindicato de Técnicos de Hacienda (Gestha)
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