viernes, 12 de agosto de 2011

La economía sumergida se dispara con la crisis

El Estatuto de los Trabajadores se asimila a una fortaleza. Intramuros, la fuerza laboral cuenta con alguna protección y ciertos derechos, aún en un marco de relaciones capitalistas. Fuera de las murallas, reinan la precariedad y la explotación de la mano de obra sin freno ni normas. Es el imperio de la economía sumergida. Aunque inherentes al modelo productivo vigente en el Estado español, las actividades llamadas “irregulares” o “informales” se han disparado en el actual contexto de crisis.

Un informe de la Fundación de Cajas de Ahorros (Funcas) de junio de 2011 cifra la economía “no oficial” en España en el 24% del PIB (más de 4 millones de trabajadores realizan labores en “negro”, según este estudio). Sin embargo, los datos comprenden hasta 2008, es decir, coinciden con el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y el inicio de la crisis. Sería necesaria, por lo tanto, una corrección al alza de las cifras debido a la recesión y habría que considerar además que, al ser una actividad que escapa al control oficial, se trabaja sobre todo con estimaciones.

Otra precisión. La economía sumergida tampoco es privativa ni mucho menos del Estado español. Ni es cierto el tópico que asocia economía “informal” a países de la periferia mundial. Un informe de la OSCE de junio de 2011 alerta de la proliferación de prácticas laborales fronterizas con el esclavismo. El caso reciente de 1.200 trabajadores agrícolas que laboraban en Nápoles en condiciones miserables, en una finca (más bien un campo de concentración) y vigilados por una milicia privada, muestra los extremos a los que pueden llegar la competencia salvaje y la carrera por la disminución de costes laborales en todo el mundo.

En el Estado español un análisis de la economía sumergida requiere considerar dos variables: los sectores económicos y el proceso productivo. Por sectores, las actividades “en negro” se centran en la clásica tríada compuesta por la agricultura, la construcción y la hostelería (muy vinculada al turismo); en menor medida, abarcan las industrias textil, del calzado, juguetera, el comercio minorista y las empleadas del hogar.

El segundo elemento que condiciona la economía sumergida –el proceso de producción- requiere la participación de pequeñas y medianas empresas y, sobre todo, la aplicación de métodos de fragmentación y subcontratación en cadena. De este modo una gran empresa matriz, que controla todo el proceso, ejerce una presión vertical sobre las pequeñas empresas con el fin de fijar los precios y ahorrar costes (de paso consigue eliminar la resistencia sindical). El resultado de este modelo es la concentración del trabajo no declarado (economía sumergida) en los eslabones finales de la cadena, aunque no exclusivamente.

Por ejemplo, en el sector de la construcción el promotor de una obra puede subcontratar con una empresa de albañilería, que a su vez subcontrata con un caravistero, con un especialista en tabiquería inferior (que a su vez subcontrata con empresas del yeso y de canalizaciones), con otro en colocación de tejas y por último con un especialista en soldado y alicatado. Éste es un modelo sencillo, ya que en las grandes infraestructuras pueden registrarse más de 40 subcontrataciones. Pero la lógica es siempre la misma: el lucro máximo, la selección de las ofertas más baratas por parte de la empresa matriz y la precariedad máxima en los eslabones inferiores. Hasta la década de los 70 la gran empresa matriz se encargaba directamente de todos los trabajos.

La economía sumergida constituye para las empresas, en términos marxistas, un “ejército de reserva”, al igual que los parados. De hecho, cumplen la misma función: presionan a la baja los salarios y configuran una mano de obra abundante, dócil y barata, muy útil para las empresas en tiempos de crisis. Desempleados y trabajadores “irregulares” pueden, de hecho, intercambiar su situación con relativa facilidad. Forman parte de una misma realidad.

Según Héctor Illueca, inspector de trabajo, “existe una gran hipocresía respecto a la economía sumergida; desde una perspectiva capitalista, no representa en ningún caso un problema, al contrario, permite reestructurar las relaciones capital-trabajo en un contexto de crisis a favor de las empresas; por lo tanto, más que un problema es la solución para el capitalismo”.

¿Y para la clase trabajadora? Un artículo en el diario Público de la catedrática emérita de Economía Aplicada de la UAB, Miren Etxezarreta, responde a la cuestión: “Bastantes de los casi cinco millones de parados que existen logran sobrevivir por medio de trampear con trabajos irregulares en la economía sumergida; de hecho, muchos de los parados se mantienen formando parte de la misma. Mucho más teniendo en cuenta que más de 1,3 millones de familias tienen a todos sus miembros en paro, que uno de cada tres parados lo es de larga duración, que el sector público está poniendo en práctica duros programas de ajuste y que se han eliminado prácticamente las ayudas para los que ya no tenían subsidio”. Sin contar con la deficiente salud laboral y el alto grado de siniestralidad que implica la economía “irregular”.

La inspección de Trabajo y Seguridad Social ha realizado cerca de 150.000 actuaciones en el primer trimestre de 2011, de las que un 9% (13.528) han concluido en sanciones, en la mayoría de los casos, por la situación de trabajadores a los que no se había dado de alta en la seguridad social. Sólo dos provincias, Santa Cruz de Tenerife y Alicante, concentran –por su dependencia del turismo- el 20% del empleo no declarado. El perfil de trabajador “irregular” se ajusta básicamente a dos tipos: empleado inmigrante sin permiso de trabajo y trabajador nacional al que el empresario no da de alta en la Seguridad Social (o que realiza una actividad ordinaria en la empresa pero con la figura de “falso autónomo”).

Los inspectores han detectado casos como el de una docena de trabajadores inmigrantes que desarrollaban actividades en restaurantes y locutorios de Barcelona sin contrato ni cotización a la seguridad social, en empresas sin licencia de actividad o que la tenían para otro tipo de negocio. O el de 71 empleados inmigrantes en una finca de cítricos de Castellón que trabajaban por debajo del mínimo salarial establecido legalmente y a los que les facilitaron tres viviendas en las que vivían hacinados a cambio de 120 euros mensuales. En Elda (Alicante), la inspección constató en julio que en una empresa del calzado operaban 20 trabajadores sin contrato ni alta en la seguridad social, y a los que se les debía una mensualidad. Se trata de ejemplos que están a la orden del día.

En una coyuntura de depresión económica y con un deterioro progresivo de las relaciones laborales, ¿Cómo actúa el gobierno frente a la economía sumergida? “Con gran hipocresía, ya que no se pretende para nada atajar el problema”, asegura Héctor Illueca. El Decreto-Ley del 29 de abril aprobado por el ejecutivo a instancias de la UE establecía un plazo de tres meses para la regularización del empleo clandestino, es decir, una amnistía para las empresas que afloraran el trabajo “irregular”. El Decreto, del que aún se desconocen los resultados, ha suscitado muchas críticas ya que hace tabula rasa de las ilegalidades empresariales, aunque aumente las multas ante las situaciones de empleo “irregular”.

Pero el problema es de fondo. La economía sumergida en general y el Decreto gubernamental en particular, se asocian a las competencias del Ministerio de Trabajo. Es decir, se interpreta como un problema estricto de trabajo no declarado y ausencia de cotizaciones a la seguridad social. Pero la economía sumergida es, sobre todo, según Illueca, “un gigantesco y masivo fraude fiscal, que no se quiere abordar, porque supondría implementar una reforma impositiva que afectaría inevitablemente a los empresarios y a las grandes fortunas”.

El Informe de la Lucha contra el Fraude Fiscal que realizan los técnicos del Ministerio de Hacienda (GESTHA) abunda precisamente en esta idea: trabajadores y pensionistas ganarían –según las declaraciones de IRPF- un 75% más que empresarios y profesionales liberales que, según este informe, presentan declaraciones con ingresos cercanos a los 1.000 euros o incluso por debajo de esta cantidad. Esto pone evidencia la existencia de un fraude “estructural y masivo”, concluyen los técnicos del Ministerio de Hacienda. Pero la reforma fiscal es uno de los grandes tabúes que bajo ningún concepto se quiere afrontar. Tienen muy claro que la crisis ha de cargarse sobre las espaldas de las clases populares.

Enric Llopis

Rebelión

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=133888



Crisis de fe (en el dinero)

Auguran los profetas del Apocalipsis una catástrofe financiera similar a la que en 1929 despojó al mundo de sus ahorros, pero tampoco hay que ponerse en lo peor. Por más que vivamos días de grave tribulación financiera, la situación no es muy distinta de la que hace tres años –en el comienzo de la crisis– obligó al emperador George W. Bush a acudir en socorro de algunas de las más importantes catedrales de la banca de Estados Unidos. Entonces, como hoy, cundía el pánico en las bolsas y el capitalismo parecía venirse abajo; pero en realidad se trataba de una mera cuestión de fe.

Son los fieles de la religión monetaria quienes sostienen con sus creencias la estabilidad del sistema. Así lo proclama al menos la leyenda "In God We Trust" ("Confiamos en Dios") que preside solemnemente los billetes de dólar: esas milagrosas estampitas que abren puertas, ablandan voluntades y obran toda suerte de portentos propios de su teológica condición.

El dólar y el euro –su reciente competidor en los altares– serían simples trozos de papel sin valor alguno de no estar sostenidos por la devoción de su multitud de feligreses en todo el planeta. Esa fe es la que ahora parece flaquear. La crisis bancaria derivada de la especulación con los pisos y las hipotecas ha convertido en escépticos a muchos de los antiguos creyentes en la santidad de la moneda, con las enojosas consecuencias que de ello se desprenden. Si la feligresía incrédula empieza a desconfiar de San Euro y San Dólar, lo lógico es que estos pierdan el aura santificante que les daba su valor. Y de ahí a la quiebra de la teología monetaria no hay más que un paso.

Avala esta hipótesis el hecho de que la gente antaño devota haya comenzado a renegar también de su tradicional confianza en la banca. Nada más natural. Los bancos son las modernas catedrales de nuestro tiempo en las que se guarda el oro –troceado en sagradas formas de onzas y lingotes– dentro de cámaras acorazadas que evocan la imagen de un sagrario de enormes proporciones. El dinero habita en estos templos como un trasunto del Dios que tiene su casa en las iglesias.

De la divina condición de los cuartos nos había dado ya noticia Quevedo hace siglos en su oda al poderoso caballero Don Dinero: un metal que a pesar de su vileza obraba entonces y todavía hoy prodigios tales que el de mover la pluma de los jueces, recoser virgos o convertir en sabio a un bachiller español. Infelizmente –o no– el oro dejó de ser patrón de referencia y su sustituto es el dólar: un billete que exige a los usuarios confianza en Dios y, sobre todo, en el valor metafísico de un pedazo de papel.

Lo que los expertos llaman ahora pánico no es otra cosa que una cierta pérdida de fe en la papelería. El estallido de las burbujas inmobiliarias y financieras hizo que mucha gente perdiese su confianza en los bancos y, con ella, la certeza antes incontestable de la santidad del dólar, el euro, el yen y demás corte celestial de las finanzas. Es el santoral –y por tanto, el sistema– lo que está en crisis.

Nada nuevo, contra lo que pudiera parecer. Si hace tres años fue el conservador Bush el que se vio obligado al rescate de algunos grandes bancos de su país que habían caído en el pecado de la insolvencia, hoy es el liberal Barack Obama quien tranquiliza a los fieles con el argumento de que Estados Unidos siempre será un país de Triple A y no hay nada de lo que el mundo deba preocuparse. Lo malo, si acaso, es que al inquilino de la Casa Blanca le empieza a pasar lo mismo que al español Zapatero: cada vez que habla sube el pan o, peor todavía, baja la Bolsa.

Aun así, no parece que este caos financiero de agosto vaya a desembocar en una recesión de proporciones casi cósmicas como la desatada por el crac de 1929. Basta con que los descreídos recuperen la fe y vuelvan a confiar en Dios como aconseja el lema del dólar. Aunque ni Obama ni los demás líderes mundiales ayuden gran cosa a ese propósito.

Anxel Vence

Faro de Vigo

http://www.farodevigo.es/opinion/2011/08/10/crisis-fe-dinero/570385.html




martes, 9 de agosto de 2011

Prima de riesgo y especulación . Vídeo-explicación


Prima de riesgo y especulación .
Vídeo-explicación
http://www.youtube.com/watch?v=_YHmkzo1-fk

Fuente:

¿Estás harto de ver la noticias de la prima de riesgo? Aquí se explica qué es, y porque se utiliza como herramienta para beneficio de los especuladores, así como es resultado en parte de la campaña de difamación del FMI y la UE contra la economía finaciera pública española.

lunes, 8 de agosto de 2011

Mano invisible y espíritus animales

Buena parte de las teorías económicas y de los modelos que se generan a partir de ellas y que acaban en medidas de política pública, están aún basadas en la noción expuesta hace 235 años por un filósofo moral escocés llamado Adam Smith.

La creación de riqueza, decía Smith, se sustentaba en el principio de que la persecución del interés individual llevaba al beneficio colectivo. La división del trabajo y la extensión del mercado mediante el mecanismo de los precios mantenían unida y articulada a una sociedad, como los átomos que componen la materia del universo. Así operaba la mano invisible.

Hace más de 70 años, y con los efectos en pleno de la devastadora crisis de los años de 1930, el economista inglés, Maynard Keynes encontró una interpretación de lo que ocurría en los espíritus animales, o sea, en el complejo proceso que lleva a los individuos a tomar decisiones en función de cómo se forman las expectativas en un entorno de gran incertidumbre.

La crisis de 2008 se gestó en un ambiente en que se creía que los deudores y acreedores en los mercados financieros actuaban de manera racional y que eso permitía a ambos evaluar los riesgos que se creaban. La mano invisible, otra vez, establecía las cantidades y los precios de los créditos que se expandían de manera vertiginosa. La regulación estatal pareció irrelevante y la exuberancia aumentaba hasta hacerse irracional, dijo entonces el presidente de la Reserva Federal.

Las políticas de los gobiernos, como ocurría en Estados Unidos y varios países de Europa, alentaban esta situación manteniendo bajas las tasas de interés y acrecentando la deuda pública. Los resultados se mostraron en la expansión de los créditos hipotecarios y luego, como consecuencia de la intervención para contener las quiebras de bancos comerciales y de inversión aseguradoras, en el desbordamiento de la deuda de los gobiernos.

De la supuesta racionalidad de los participantes en los mercados se pasó de nuevo, rápidamente, a la manifestación de los espíritus animales. Esto, que parece material de un taller de creación literaria en la modalidad de literatura fantástica, es la forma en que hoy se trata de explicar, desordenadamente y sin rumbo, lo que sucede en los mercados financieros.

Vale la pena reflexionar sobre la naturaleza de la narrativa que se propone primero en los episodios de expansión, y después en los de crisis: de lo racional cuantificado, a los excesos incontrolados y, de ahí, a lo esperado con gran incertidumbre. Todo ello en una forma todavía primitiva de comprender los modos del comportamiento individual y colectivo.

En el terreno de la mano invisible, las acciones de los agentes económicos se acomodaban con lo que hacían los bancos centrales para administrar el valor del dinero y el precio del crédito y con la gestión financiera de los ministerios de Hacienda en cuanto a los presupuestos públicos, los déficit fiscales y la deuda de los gobiernos.

Todo esto explotó en septiembre de 2008, y la pésima gestión política y económica de la crisis desde entonces ponen de nuevo a la economía mundial al borde de una severa recesión.

En los mercados las señales hoy indican que hay que vender todo lo que sea riesgoso, es decir, casi todo, para centrarse en la liquidez y buscar refugios aunque sean frágiles. Otra vez el oro como un fetiche. Estas señales se agrandan frente a un liderazgo político escaso y hasta torpe.

Así, el efecto de manada produce una interesante contradicción. En este momento, la búsqueda de salvamento individual genera el malestar colectivo. Es la mano invisible en reversa, los espíritus animales en desbandada ante una incertidumbre rampante. En la estampida, los más grandes aplastan a los más pequeños. El desempleo no podrá ceder, los consumidores no podrán gastar, las deudas crecerán, los servicios públicos caerán. Esto no es un anuncio, así está ocurriendo. Los gobiernos y los legisladores parecen paralizados y cuando aciertan a moverse provocan más inquietud y turbulencias.

Y, en medio de tal confusión, una empresa privada, la calificadora de riesgos Standard & Poor’s, que junto con otras dos mantienen un oligopolio en ese mercado, rebaja la calificación de los bonos del Tesoro estadunidense echando más leña a la hoguera. S&P, Moody’s y Fitch ya estaban fuertemente cuestionadas por su papel en la calificación de las deudas hipotecarias y, luego, en los casos de las deudas públicas en Europa.

Así, el espacio de los mercados impone sus criterios y condiciones sobre el espacio de lo público, relegando al Estado y los gobiernos a una posición defensiva, forzando ajustes ante los abultados déficit fiscales y las enormes deudas de modo rápido y sobre los gastos sociales.

No se trata de justificar los excesos financieros de los gobiernos, pero cuando menos sí de reconocer que todos, los inversionistas privados, las empresas financieras y quienes gobiernan y aprueban los presupuestos y administran la política monetaria están en el mismo saco y bastante revueltos. Hoy, las políticas públicas son juzgadas por los calificadores privados de la deuda, mandan sobre todos.

Además de la crisis financiera que se profundiza, se desestructuran unas sociedades cada vez más polarizadas y se desarticula casi por completo el conjunto de reglas internacionales que ya no sirven para contener los conflictos

Leon Bendesky
La Jornada

domingo, 7 de agosto de 2011

Acuerdos en tiempo de descuento y dura ofensiva del capital

Estados Unidos y Europa tratan de contener con soluciones a medias la crisis que corroe sus economías. A pesar de las diferencias políticas, los principales dirigentes encontraron un punto de acuerdo: la solución a la crisis se descarga sobre los trabajadores y sectores populares.

La crisis mundial sigue su curso inexorable. Jugando al límite de sus posibilidades los líderes europeos y norteamericanos han alcanzado acuerdos provisionales que dejan muchas incógnitas a futuro, mientras que la única certeza es que los pueblos seguirán pagando las crisis.

Deudas paralelas

El titular de la Reserva Federal estadounidense, Ben Bernake advirtió que el default americano podría “provocar una gran crisis a nivel mundial”. Por dos veces en menos de 24 horas el FMI, repitiendo argumentos usados en la crisis europea, alertó que la situación norteamericana “…afectaría a la economía global”, y su directora, Christine Lagarde, llamó a republicanos y demócratas a “…hallar una solución urgente”, mientras que China reclamó a “… los parlamentarios a que dejen de jugar con fuego y actúen responsablemente”.

Es que se trata de una situación inédita de la economía mundial. No es solo la posibilidad de que los EEUU entraran en default, esto es sinceraran que no pueden pagar su deuda, sino que coincidiera con otro acontecimiento del mismo signo: la crisis de la deuda de los estados europeos.

Es claro que ambas situaciones son resultado de la crisis mundial que se desenvuelve sin solución de continuidad desde 2007/2008, pero la convergencia temporal a la que asistimos en estos días y las dificultades políticas para encontrar una solución a las mismas es la que le da este carácter inédito y pone en evidencia, desde otra perspectiva, lo que hemos señalado desde esta columna varias veces: la profundidad de la crisis que no es solo financiera, su carácter estructural y de largo plazo.

Tanto en EEUU como en Europa las soluciones “encontradas” fueron motivo de fuertes disputas políticas, pero son solo acuerdos de corto plazo, para salir de la emergencia y ganar tiempo pero que en absoluto resuelven la cuestión de fondo

Salvando el default

La disputa entre republicanos y demócratas, incentivada por la cada vez mayor presencia del conservadurismo fundamentalista del Tea Party, finalmente saldó en un acuerdo para elevar el techo del endeudamiento – de 14.3 a 16.4 billones de dólares- saliendo del riesgo de default inmediato, y reducir el déficit fiscal en 2.4 billones de dólares.

Esta reducción del déficit no se logrará por mayores ingresos ni por el recorte de gastos improductivos, por el contrario los republicanos impusieron su lógica de “cut, cap and balance” (recorta, limita y equilibra) negándose a reponer los impuestos a los ricos que fueran sacados por la administración de G. Bush (h) y que implican nada menos que1.8 billones de dólares. Consiguieron más, que la reducción de gastos se haga sobre los planes sociales y el sistema de pensiones, asestando así un duro golpe a los demócratas. El presidente Obama logró una reducción de 350.000 millones en los gastos de defensa y que los acuerdos lleguen hasta el 2013, esto es luego de las elecciones. Pero volvió a claudicar en sus propuestas, como antes lo hiciera con el programa de salud, con la reforma financiera o con la prórroga de las exenciones impositivas a los poderosos, y esto le ha significado distanciamiento, sino ruptura, con el ala izquierda de su partido.

Salvando el euro

La deuda pública promedio de la eurozona es del 80 por ciento de su PBI consolidado, con picos como en Grecia 150, Italia 126, Bélgica 98, Francia 84. Mientras que casi todos los países muestran fuertes déficit fiscales y diferentes políticas nacionales.

En el bloque subyace un problema político y es que a pesar de la integración y la moneda única priman las diferentes políticas nacionales de los países integrantes. Las soluciones del tipo neokeynesianas fueron rechazadas por Alemania cuyo canciller Angela Merkel, al igual que Barak Obama en EEUU, ve caer su popularidad en picada en pleno período preelectoral. Pero tampoco pasó la solución que buscaba profundizar las medidas neoliberales, por temor a una expansión de la indignación social que ya recorre España y Grecia.

Finalmente en el limite de las negociaciones un acuerdo franco-alemán logró salvar la crisis y acordar un nuevo salvataje para Grecia, esta vez por 158.000 millones de euros y a mayores plazos. Al mismo tiempo aseguraron la contribución privada al salvataje incluyendo una porción “voluntaria” de los bancos. Mientras que el francés Sarkozy, también en campaña, ve subir su popularidad al lograr ampliar las atribuciones del Fondo Europeo de Estabilización Financiera (FEEF).

Lograron así aliviar el peso de los servicios de la deuda y alejaron el fantasma de la ruptura del euro. Zafaron de la coyuntura pero no resolvieron el futuro más mediato.

En Europa ya están las calificadoras de crédito hablando de un semidefault de Grecia, mientras que crece el temor a nuevos rescates. Esta vez de España e Italia, quinta y cuarta economías del bloque, demasiado grandes para ser restadas por un FEEF que no tiene demasiados fondos. En EEUU nadie, ni republicanos ni demócratas, quedo conforme con la solución consensuada, mientras se pronostica una agudización de la crisis y ya China manifestó su profunda desconfianza sobre el futuro de esa economía.

Uso capitalista de la crisis

A pesar de las diferencias políticas los principales dirigentes mundiales han encontrado un punto de confluencia y acuerdos. En todos los casos la crisis se descarga sobre los trabajadores y sectores populares. Es que el capital haciendo uso de la crisis ha desatado una verdadera guerra de clases.

En EEUU esta guerra toma la forma de una confrontación de los ricos y poderosos -que no aceptan pagar mayores impuestos- contra los trabajadores, los pensionados, los desocupados, los pobres -que ven desarmarse los restos de la protección social heredados del New Deal-. En Europa se trata de una guerra entre acreedores -los bancos y los rentistas- contra los deudores -en general ciudadanos contribuyentes- pero los efectos de esta confrontación se descargan mayoritariamente sobre los trabajadores, los jubilados y los más pobres de la sociedad – que ven como desmantelan los restos del Estado del Bienestar.

Todos son conscientes que las medidas adoptadas solo salvan a los bancos y benefician a los grandes capitalistas y a las corporaciones, también que las economías lejos de recuperarse ahondaran su crisis. Sumados los PBI de EEUU y Europa alcanzan al 50 por ciento del mundial, no es difícil comprender que la combinación de la austeridad europea y el recorte de gastos en EEUU contribuirán a la recesión ya en curso en ambos continentes, con el impacto que supone a nivel global. Si efectivamente la economía China se contrae, como algunos pronostican, el cartón estará lleno.

Siempre se ha dicho, y en América latina lo sabemos por experiencia, que los límites al ajuste dependen de la resistencia social a los mismos.

Eduardo Lucita. Integrante del colectivo EDI –Economistas de Izquierda

La Arena

http://www.laarena.com.ar/opinion-acuerdos_en_tiempo_de_descuento_y_dura_ofensiva_del_capital-64138-111.html

Nuestra reacción a las declaraciones del presidente del BCE. Grupo de Trabajo de Economía de Sol

Tras la rueda prensa ofrecida por el Sr. Trichet en el día de hoy, y ante el ataque que sufre constantemente la ciudadanía por parte de los especuladores financieros y el silencio, tanto del gobierno como de su supuesta oposición, los y las participantes del grupo de trabajo de Economía de Sol queremos manifestar que:

1.- Lamentamos, una vez más, que el Banco Central Europeo, una institución independiente de los gobiernos y, por tanto, de muy dudosa legitimidad democrática, tanto por sus mecanismos de elección de sus directivos, que siempre son personajes con estrechos vínculos con los operadores de los mercados especulativos, como por sus políticas, intente desviar la atención del cumplimiento de las autenticas responsabilidades que cualquier institución pública debería tener: el interés de la ciudadanía.

Los gobiernos democráticos no deberían tolerar que esta institución y sus ejecutivos interfieran en las políticas internas de los países exigiendo una y otra vez políticas de ajuste fiscal (políticas de recortes sociales) para las que ni el Sr. Trichet ni la institución que preside tienen legitimidad democrática alguna.

2.- Lamentamos que quienes deberían defender los intereses de la población española porque para ello reciben una remuneración procedente de nuestros impuestos y de nuestro trabajo, por incapacidad o por simple desidia a la hora de hacer lo que la ciudadanía les ha encomendado, se limiten a observar, callar y otorgar legitimidad a quienes actúan por simple avaricia, agencias de calificación y bancos internacionales fundamentalmente.

3.- Sentimos vergüenza ajena observando los juegos teatrales de retrasar vacaciones o culpar al otro por hacer lo que uno está de acuerdo en que haga. Los problemas no se resuelven observándolos con pasividad, sino actuando con firmeza contra sus causas y con contundencia contra sus responsables, y no contra quien es víctima de ellos utilizando programas de ajuste contra la población cuya ineficacia ya se ha contrasto suficientemente.

4.- Hemos exigido y seguiremos exigiendo la subordinación del poder financiero al democrático, transparencia y el control democrático de las actividades bancarias públicas y privadas: Y, por tanto,
a. La separación de actividades de inversión y especulativas.
b. La exigencia de responsabilidades penales y patrimoniales a gestores financieros, agencias de calificación e instituciones tales como Banco de España, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional.

5.- Ya se ha demostrado a lo largo de los últimos años, y actualmente aún en Estados Unidos, que inyectar liquidez en el sistema financiero a través de los bancos no es la solución, porque esto es mucho más profundo que una simple crisis financiera.

En este sentido, hemos defendido, y lo seguiremos haciendo, que el Banco Central Europeo debe servir a los intereses de la ciudadanía como cualquier otra institución pública. Por tanto, debe comprar deuda DIRECTAMENTE a los estados miembros de la zona euro, bajo petición de sus gobiernos que son (o al menos deberían ser) quienes ejecutan las políticas económicas para servir a la ciudadanía y el BCE debe hacerlo, como máximo, al mismo tipo preferencial que otorga a los bancos.

La inacción del BCE da alas a la avaricia de los especuladores y contribuye al empobrecimiento de nuestras economías al regalarle a los bancos unos beneficios por el simple hecho de tomar el dinero del BCE y ponerlo en manos de los estados.
Si el Tratado de Lisboa prohíbe estas operaciones, exigimos su modificación para que sirva a la ciudadanía y no a los especuladores.

6.- Hemos manifestado anteriormente y reiteramos una vez más que el aumento de la deuda pública se debe fundamentalmente a las ayudas de cientos de millones de euros otorgadas a la banca, bien de forma directa, bien a través de préstamos privilegiados, mientras se adoptan drásticos recortes sociales. También a los crecientes tipos de interés que debe pagar el Estado por su deuda y que originan un incesante aumento de la misma. Dicho aumento es provocado por la acción combinada del Banco Central Europeo –en el que participan las autoridades del Banco de España- que, además de elevar los tipos de interés de referencia (como el Euribor), entrega dinero a la banca al 1% mientras se niega a ayudar a los gobiernos o lo hace a elevados tipos como en el caso de Grecia, ahogada por los banqueros, el FMI y el propio Banco Central Europeo.

En los niveles de usura de los tipos de interés tienen un especial papel las agencias de calificación, principalmente el oligopolio formado por Moodys, Fitch y Standard & Poor’s, auténticas agencias de especulación amparadas por las instituciones financieras internacionales.
Estas agencias:

a) Califican la solvencia con criterios oscuros, aunque siempre al servicio de las maniobras especulativas, poniendo al borde de la quiebra a los países del sur de Europa. Ellas mismas, en connivencia con sus clientes, los bancos y fondos de inversión, especulan con la deuda, con la ventaja de conocer previamente su evolución, ya que ésta depende precisamente de las calificaciones que ellas decidan y se benefician invirtiendo en deuda pública que paga el 6% con dinero público obtenido al 1%, lo que implica un expolio social del que son responsables el BCE y demás instituciones europeas.

b) Califican los productos financieros, como es el caso de la deuda pública que emite España y, al mismo tiempo, están presentando servicios de calificación a las entidades compradoras. Han puesto en duda la solvencia de las arcas públicas y la solidez del conjunto de la economía española, no así de las entidades crediticias o financieras que adquieren dicha deuda que, además, son sus clientes.

c) Relacionan, según demuestran suficientes indicios, la divulgación y publicidad de sus informes con reacciones especulativas.

d) Obtienen beneficios estimados en 3.000 millones de euros anuales, con márgenes de hasta un 50% que se producen por la alteración en el precio de los productos financieros y de la deuda estatal.- Modulan, manipulan y generan situaciones, contraviniendo la legalidad penal, para obtener unos beneficios tanto directos como indirectos.

e) Han sido demandadas judicialmente en varios países, incluido España, en donde la fiscalía interesó la desestimación de la querella con débiles argumentos, pero poniendo de manifiesto la falta de control por parte del Banco de España y de la Comisión Nacional del Mercado de Valores.

Por todo ello, consideramos que estas agencias, el Banco Central Europeo y el Banco de España deben ser considerados responsables de ocasionar graves perjuicios a la ciudadanía y por ello los repudiamos y avisamos que los ciudadanos españoles no reconocemos esta deuda odiosa, contraída por especuladores privados, asumida por el Estado sin consentimiento de la población, utilizando recursos públicos para ayudar ilegítimamente a la banca privada en detrimento de las personas, que se ven sometidas a pérdida de ingresos, rentas y derechos para pagarla, y que exigiremos responsabilidades en todas las instancias posibles a esas agencias, al Banco Central Europeo, al Banco de España y demás instituciones implicadas.

Queremos terminar este comunicado advirtiendo que, a pesar del intento de las autoridades españolas de desviar nuestra atención con la prohibición de acceso a la Puerta del Sol y los continuos intentos de recortar nuestros derechos constitucionales de libertad de expresión y reunión, seguimos activos y trabajando contra los ataques económicos que estamos sufriendo las personas que habitamos en este país.

Grupo de Trabajo de Economía de Sol

http://madrid.tomalaplaza.net/2011/08/04/respuesta-declaraciones-presidente-bce/

sábado, 6 de agosto de 2011

Las manos que mecen los mercados

Confusión de confusiones. Hay títulos de libros que son una premonición. La primera obra en la que se describen las operaciones en Bolsa se denomina así y fue escrita en Amsterdam en 1688 por un español, José de la Vega. Cuando este economista judío de origen cordobés publicó su ensayo aún no se hablaba de “los mercados”. Tres siglos después, y gracias a la crisis, esta expresión se ha transformado en una letanía. Se usa para describir de forma genérica y un tanto difusa a aquellos inversores que tienen la capacidad de condicionar el precio de los activos financieros. Pero, ¿quiénes forman ese ente abstracto denominado mercado?

Los actores principales son los fondos de inversión. La inversión colectiva maneja activos por valor de 18 billones de euros. El 41% de ese dinero está invertido en renta variable, el 21% en bonos y el 18% en renta fija a corto plazo (money market). Los intereses de los ahorradores anglosajones son los que priman: el 55% del dinero invertido en fondos procede de EE UU, el 32% de Europa y el 13% del resto de regiones mundiales.

La mayor gestora del mundo es Blackrock. Esta entidad maneja una suma de dinero equivalente a dos veces el PIB de España y su presidente, Laurence Fink, es uno de los hombres más influyentes (en octubre pasado le recibió el rey Juan Carlos en Zarzuela) del orbe financiero. En el área de renta fija la principal referencia es la gestora Pimco (patrimonio superior al billón de euros). Su presidente, Mohamed A. El-Erian, es columnista habitual del Financial Times y la carta mensual de su gestor estrella, Bill Gross, tiene una gran influencia en el mercado de deuda. Tras el pulso político vivido en Washington en torno al techo de deuda, Gross ha calificado a EE UU de “república bananera”. Este gestor ya lanzó una puya a España el pasado año al recordar que nuestro país había suspendido pagos 13 veces en los últimos 200 años.

Tras los fondos de inversión, los siguientes protagonistas son los fondos de pensiones. Los productos de jubilación manejan casi 14 billones de euros (invertidos principalmente en renta fija). Una de las gestoras de pensiones más emblemáticas es Calpers, que gestiona el dinero de los funcionarios de California y mueve más de 200.000 millones.

Otros actores que han ganado peso en el mercado durante los últimos años son los denominados fondos soberanos. Estos vehículos de inversión creados por países ricos en materias primas o con superávit fiscal tienen una política de inversión a largo plazo y destinan su dinero tanto a deuda (pública y privada) como a renta variable. Los 15 mayores fondos soberanos manejan activos valorados en 2,5 billones de euros. Los principales fondos corresponden a Abu Dhabi, Noruega, Arabia Saudí, China, Kuwait, Singapur, Rusia y Catar. Mirados con recelo hace unos años por Occidente por su opacidad y carácter estatal, los fondos soberanos son ahora cortejados por empresarios y gobernantes debido a su abundante liquidez.

El cuarto actor del mercado es el más pequeño por tamaño pero quizás el más influyente: los hedge funds o fondos de alto riesgo. Al cierre del primer semestre de 2011 esta industria manejaba activos por valor de un billón y medio de euros, aunque el uso de apalancamiento (deuda) y derivados multiplica por varias veces su impacto real en el mercado. Las mayores gestoras hedge del mundo son la británica Man Group (50.000 millones) y la estadounidense Bridgewater (44.000 millones). El presidente de esta última, Ray Dalio, advertía recientemente que las políticas monetarias expansivas de los mayores bancos centrales “provocarán un colapso de las divisas y de los mercados de bonos” en 2013. El desarrollo de la ingeniería financiera ha puesto al servicio de los hedge funds un amplio abanico de productos que les permiten apostar por la caída de un activo. Estas estrategias suelen lograr su objetivo: causar el pánico en el resto del mercado.

En el siglo XVII no existían estos tiburones, pero el autor del primer libro bursátil parecía intuirlos. El texto es un diálogo entre un filósofo, un mercader y un accionista en el que se describe el negocio de las acciones, “su origen, su etimología, su realidad, su juego y su enredo”. ¿Les suena?

David FernándezEl País.

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